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El nacimiento de Cristo

“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar

lo malo y escoger lo bueno.”

(Isaías 7:14-15)



El reino de Judá se encontraba en una situación de peligro inminente. Dos monarcas se habían aliado en su contra, dos naciones se habían levantado para su destrucción. Siria e Israel habían venido a sitiar los muros de Jerusalén, con toda la intención de derrumbarlos por completo, y destruir totalmente la monarquía de Judá.


Acaz, el rey, sumido en graves problemas, utilizó todo su ingenio para defender la ciudad; y entre otras estratagemas que su sabiduría le llevó a inventar, cortó el suministro de agua del acueducto del estanque de arriba, para que los sitiadores fueran puestos en aprietos por la necesidad de agua. El rey sale por la mañana, sin duda acompañado de sus cortesanos, camina hacia el acueducto del estanque de arriba queriendo verificar el corte del suministro del agua. Pero ¡he aquí!, se encuentra con algo que hace a un lado sus planes y los vuelve inútiles.


Isaías sale a su encuentro y le dice que no tema a causa de esos dos cabos de tizón, pues Dios va a destruir por completo ambas naciones que se habían levantado en contra de Judá. Acaz no debía turbarse debido a la presente invasión, pues tanto él como su reino serían salvados. El rey miró a Isaías con ojos de incredulidad, tanto como para decirle: “aunque el Señor enviara carruajes desde el cielo, ¿sería algo así posible? ¿Podría animar el polvo y dar vida a cada piedra en Jerusalén para resistir a mis enemigos, podría hacerse esto?”


El Señor, viendo la pequeñez de la fe del rey, le dice que pida una señal: “Pide para ti señal de Jehová tu Dios, demandándola ya sea de abajo en lo profundo, o de arriba en lo alto. Que el sol se regrese diez grados, o que la luna se detenga en medio de su marcha de medianoche; que las estrellas se muevan en forma errática en el cielo en grandiosa procesión; demanda cualquier señal del cielo arriba o, si lo deseas, elige la tierra abajo; que las profundidades provean la señal, que una poderosa fuente de agua se desborde a través del océano sin caminos, y viaje por el aire hasta las propias puertas de Jerusalén; que los cielos lluevan una lluvia de oro, en vez del fluido acuoso que normalmente destilan; pide que el vellocino esté remojado sobre el piso seco, o seco en medio del rocío; cualquier cosa que quieras pedir, el Señor te concederá para la confirmación de tu fe.”


En vez de aceptar este ofrecimiento con toda gratitud, como Acaz debió hacerlo, él, con pretendida humildad, responde que no pedirá, y no tentará a Jehová. Por lo que Isaías, llenándose de indignación, le dice que puesto que no pedirá una señal, en desobediencia a Dios, he aquí, el Señor mismo le dará una señal. No simplemente una señal, sino la señal, la señal y maravilla del mundo, la marca del misterio más poderoso de Dios y de su sabiduría más consumada, pues, “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.”


Se ha dicho que el pasaje que he seleccionado como mi texto es uno de los más difíciles de toda la Palabra de Dios. Tal vez lo es; yo ciertamente nunca pensé que lo fuera hasta que leí lo que los comentaristas tenían que decir al respecto, y después de leer a los comentaristas quedé perfectamente confundido. Uno decía una cosa, y otro negaba lo que el primero decía; y si había algo que me gustaba, era tan evidente que había sido copiado por uno y por otro, y transmitido a través de todos ellos.


Un grupo de comentaristas nos dice que este pasaje se refiere enteramente a alguna persona que iba a nacer en unos pocos meses a partir de esta profecía, “pues,” dicen, “aquí dice: ‘antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada’ (Is. 7:16). Entonces,” dicen ellos, “esta era una liberación inmediata que Acaz requería, y hubo una promesa de un pronto rescate, que, antes que pasaran unos cuantos años, antes que el niño supiera desechar lo malo y escoger lo bueno, Siria e Israel, ambos, perderían a sus reyes.”


Bueno, eso me parece a mí un extraño desperdicio de un pasaje maravilloso, lleno de significado, y no veo cómo pueden sustentar su punto de vista, cuando encontramos al Evangelista Mateo citando precisamente este pasaje en referencia al nacimiento de Cristo, y diciendo: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel” (Mt. 1:22-23). Me parece a mí que este Emanuel que iba a nacer, no podía ser un simple mortal, y nada más, pues si van al siguiente capítulo, en el versículo ocho, encontrarán que dice: “y pasando hasta Judá, inundará y pasará adelante, y llegará hasta la garganta; y extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, oh Emanuel.”


Aquí hay un gobierno adscrito a Emanuel que no podría ser suyo si tuviéramos que suponer que el Emanuel del que se habla era ya sea Sear- Jasub, o Maher-Salal-Hasbaz, o cualquier otro de los hijos de Isaías. Por tanto, yo rechazo ese punto de vista acerca del versículo; para mi gusto, está muy por debajo de la altura de este grandioso argumento; no habla ni nos permite hablar ni siquiera de la mitad de la maravillosa profundidad que está implicada en este poderoso pasaje.


Además, encuentro que muchos comentaristas separan el versículo dieciséis de los versículos catorce y quince, y leen los versículos catorce y quince como relacionados exclusivamente con Cristo, y el versículo dieciséis con Sear-Jasub, el hijo de Isaías. Dicen que hubo dos señales; una fue que una virgen concebiría un hijo, que se llamaría Emanuel, que no es otro que Cristo; pero la segunda señal era que Sear-Jasub, el hijo del profeta, de quien Isaías dijo: “antes que este niño, que ahora presento ante ustedes, antes que este hijo mío pueda conocer el bien y el mal, muy pronto ambas naciones que ahora se han levantado contra ti perderán sus reyes.” Pero a mí no me gusta esa explicación, ya que me parece que está muy claro que tanto en un versículo como en los otros, se habla del mismo niño.


“Porque antes que el niño” —el mismo niño, no dice este niño en un versículo y luego aquel niño en otro versículo, sino antes que el niño, este mismo del que he hablado, Emanuel, antes que él— “sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada.”


Además, otro punto de vista, que es el más popular de todos, es entender el pasaje como referido a un niño que iba a nacer entonces, y luego, en el sentido más elevado, a nuestro bendito Señor Jesucristo. Tal vez ese es su verdadero sentido; tal vez esa es la mejor manera de allanar las dificultades. Pero yo pienso que si yo no hubiera leído nunca esos comentarios, sino que simplemente hubiera ido a la Biblia, y nada más, sin saber nada de lo que alguien hubiera escrito al respecto, yo hubiera dicho: “aquí está Cristo tan claramente presentado como es posible; nunca se pudo haber escrito su nombre tan legiblemente como lo veo aquí. ‘He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo.’ Esto es algo inusitado, una cosa milagrosa, y por lo tanto debe ser algo semejante a Dios. Ella ‘llamará su nombre Emanuel. Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno;’ y antes que el niño, el Príncipe Emanuel, sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada, y Judá sonreirá sobre la ruina de sus palacios.”


Entonces esta mañana voy a tomar mi texto como relacionado con nuestro Señor Jesucristo, y tenemos tres cosas aquí acerca de él; primero, el nacimiento; en segundo lugar, el alimento; y, en tercer lugar, el nombre de Cristo.


I. El nacimiento de Cristo


Comencemos con el nacimiento de Cristo: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo.” “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido” dijeron los pastores (Lc. 2:15). “Sigamos esa estrella que está en el cielo,” dijeron los magos del oriente, y lo mismo decimos nosotros hoy. En el día en que, como nación, celebramos el nacimiento de Cristo, vayamos y pongámonos junto al pesebre para contemplar el comienzo de la encarnación de Jesús.


Recordemos el momento en que Dios por primera vez se envolvió en forma mortal, y habitó entre los hijos de los hombres. No nos avergoncemos de ir a un lugar tan humilde, detengámonos en la posada del pueblo, y veamos a Jesucristo, el Dios-hombre, convertirse en un bebé muy pequeñito.


A. Una concepción milagrosa


Y primero que nada, al hablar de este nacimiento de Cristo, contemplamos una concepción milagrosa. El texto dice expresamente, “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo.” Esta expresión no tiene paralelo en la Sagrada Escritura; fuera de la Virgen María, de ninguna otra mujer podría decirse, y de ningún otro hombre pudo haberse escrito que su madre era una virgen. La palabra griega y la palabra hebrea, ambas, son muy expresivas de la virginidad verdadera y real de la madre, para mostrarnos que Jesucristo nació de una mujer, pero no de ningún hombre.


No vamos a elaborar sobre el tema, aunque es muy importante, y no debe dejar de mencionarse. De igual forma que la mujer, por su espíritu aventurero, fue la primera en transgredir, para que no fuera pisoteada y despreciada, Dios en su sabiduría estableció que la mujer, y únicamente la mujer, fuera la autora del cuerpo del Dios-hombre que debía redimir a la humanidad. A pesar que ella misma probó primero el fruto maldito, y tentó a su marido (puede ser que Adán probó ese fruto por amor a ella), para que no fuera degradada, para que estuviera en una base de igualdad con él, Dios ordenó que así debía ser, que su Hijo debía ser enviado “nacido de mujer.” Y la primera promesa fue que la simiente de la mujer, no la simiente del hombre, heriría la cabeza de la serpiente.


Más aún, había una sabiduría peculiar que ordenó que Jesucristo fuera el hijo de la mujer, y no del hombre, pues si hubiera nacido de la carne, “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6), y solamente carne, y por la generación carnal naturalmente habría heredado todas las debilidades y los pecados y las flaquezas que el hombre tiene desde su nacimiento; habría sido concebido en pecado, y formado en la iniquidad, al igual que el resto de nosotros. Por tanto no nació de varón; pero el Espíritu Santo cubrió con su sombra a la Virgen María, y Cristo es el único hombre, con la excepción de otro, que salió puro de las manos de su Hacedor, que puede decir siempre: “Limpio soy.”


Oh, y puede decir muchísimo más de lo que ese otro Adán pudo decir jamás concerniente a su pureza, pues él mantuvo su integridad, y nunca la abandonó, y desde su nacimiento hasta su muerte no conoció pecado, ni se encontró engaño en su boca. ¡Oh, qué maravilloso espectáculo! Detengámonos a mirarlo. ¡Un niño nacido de una virgen, qué combinación! Hay lo finito y lo infinito, hay lo mortal y lo inmortal, corrupción e incorrupción, lo humano y lo divino, el tiempo casado con la eternidad, Dios vinculado con la criatura; lo infinito del augusto Hacedor que viene a habitar a esta manchita de la tierra, él, que no tiene límites, que la tierra no puede contener, y que los cielos no pueden contener, sostenido en los brazos de su madre; él, que fijó los pilares del universo, y sujetó los clavos de la creación, descansando en un pecho mortal, dependiendo de una criatura para su alimentación. ¡Oh, nacimiento maravilloso! ¡Oh, concepción maravillosa! Estamos de pie y contemplamos y admiramos. Verdaderamente, los ángeles quisieran mirar en este tema, demasiado oscuro para que hablemos de él; ahí lo dejamos, una virgen ha concebido, y ha dado a luz un hijo.


B. La humilde ascendencia


Además, habiendo observado la concepción milagrosa en este nacimiento, debemos ver en seguida la humilde ascendencia. No dice: “He aquí que la princesa concebirá, y dará a luz un hijo,” sino una virgen. Su virginidad era su honor más alto, no tenía ningún otro. Cierto, ella era de linaje real, podía contar a David entre sus ancestros, y a Salomón entre aquellos que formaban parte de su árbol genealógico. Ella era una mujer que no merecía ser despreciada, pues aunque hablo de humilde ascendencia, ella llevaba la sangre real de Judá.


¡Oh, Niño, en tus venas corre sangre de reyes; la sangre de una antigua monarquía encuentra su camino desde tu corazón, a través de todas las venas de tu cuerpo! Tú naciste, no de padres insignificantes, si vemos su ancestro real, pues tú eres hijo de quien gobernó la monarquía más poderosa de su tiempo, es decir Salomón, y también eres descendiente de aquel que planeó en su corazón construir un templo para el poderoso Dios de Jacob.

La madre de Cristo tampoco fue, en cuanto a su intelecto, una mujer inferior. Entiendo que ella poseía una gran fuerza de mente, pues de otra forma no habría podido componer un fragmento de poesía tan dulce como ese que es llamado el Cántico de María, que comienza: “Engrandece mi alma al Señor” (Lc. 1:46). Ella es una persona que no debe ser despreciada.


Hoy en especial me gustaría expresar mis pensamientos acerca de una cosa que considero como una falla entre los protestantes. Debido a que los católicos romanos le rinden demasiado respeto a la Virgen María, y le rezan, tendemos a hablar de ella de una manera que la minimiza. Ella no debe ser colocada bajo un edicto de desprecio, pues ella pudo cantar verdaderamente: “Desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones” (Lc. 1:48). Yo supongo que las generaciones de protestantes están entre “todas las generaciones” que deben decirle bienaventurada.


Aunque ella no era una princesa, sin embargo su nombre, María, al ser interpretado, significa una princesa; y aunque ella no es la reina del cielo, sin embargo ella tiene el derecho de ser contada entre las reinas de la tierra; y aunque ella no es la dama de nuestro Señor, ciertamente camina entre las mujeres de renombre y poder de la Escritura.


C. Un nacimiento humilde


Sin embargo el nacimiento de Jesucristo fue humilde. ¡Es extraño que el Señor de la gloria no haya nacido en un palacio! ¡Príncipes, Cristo no les debe nada! ¡Príncipes, Cristo no es deudor de ustedes; ustedes no lo envolvieron en pañales, él no fue cubierto con mantos púrpura, ustedes no le prepararon una cuna de oro para mecerlo! ¡Reinas, ustedes no lo mecieron en sus rodillas, él no descansó en sus pechos! ¡Y ustedes, ciudades poderosas, que en aquel tiempo eran grandes y famosas, sus salones de mármol no fueron bendecidos con sus pequeños pasos infantiles!


Él salió de un pueblo pobre y despreciable, Belén; cuando estuvo allí, no nació en la casa del gobernador, ni en la mansión del hombre principal, sino en un pesebre. La tradición nos dice que su pesebre había sido excavado en una roca sólida; allí fue colocado, y muy probablemente los bueyes vinieron a alimentarse en ese mismo pesebre, comiendo del heno y del forraje que constituían su único colchón.


¡Oh, maravillosa inclinación de condescendencia, que nuestro bendito Jesús fuera ceñido con humildad y se inclinara tan bajo! ¡Ah!, si se humilló, ¿por qué tenía que inclinarse a un nacimiento tan humilde? Y si se humilló, ¿por qué tenía que someterse, no sólo a convertirse en el hijo de unos padres pobres, sino a nacer en un lugar tan miserable?


Esto nos da muchos ánimos. Si Jesucristo nació en un pesebre excavado en una roca, ¿por qué no habría de venir y vivir en nuestros corazones de piedra? Si él nació en un establo, ¿por qué el establo de nuestras almas no habría de convertirse en una habitación para él? Si nació en la pobreza, ¿no podrían los pobres de espíritu esperar que él sea su amigo? Si él soportó desde el principio esa degradación, ¿consideraría él un deshonor venir a sus criaturas más pobres y humildes, y habitar en el corazón de sus hijos? ¡Oh, no!, nosotros podemos recibir una lección de consuelo de su humilde origen, y podemos gozarnos que no fue una reina, ni una emperatriz, sino una humilde mujer la que se convirtió en la madre del Señor de gloria.


D. El glorioso día de su nacimiento


Debo hacer un comentario más sobre el nacimiento de Cristo antes de proseguir, y ese comentario será relativo al glorioso día de su nacimiento. Con toda la humildad que rodeó el nacimiento de Cristo, sin embargo hubo mucho que era glorioso, mucho que era honorable. Ningún otro hombre tuvo jamás un día de nacimiento como Jesucristo lo tuvo. ¿De quién más habían escrito los profetas y los videntes como escribieron de él? ¿Cuál nombre está grabado en tantas tablillas como el suyo? ¿Quién tuvo tal rollo de profecías, todas apuntando a él como Jesucristo, el Dios-hombre? A continuación recuerden en relación a su nacimiento: ¿cuándo colgó Dios una lámpara en el cielo para anunciar el nacimiento de César? Pueden nacer muchos Césares, y pueden morir, pero las estrellas nunca profetizarán sus nacimientos. ¿Cuándo se inclinaron los ángeles desde el cielo alguna vez, para cantar las sinfonías corales acerca del nacimiento de un hombre poderoso? Nunca; todos los demás son pasados por alto. Pero vean, hay una grandiosa luz brillando en el cielo, y se escucha un himno: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:14).

El nacimiento de Cristo no es despreciable, aun si consideramos a los visitantes que vinieron a rodear su cuna. Primero vinieron pastores, y, como ha sido comentado de manera singular por un viejo teólogo, los pastores no se perdieron en el camino, pero los magos sí se perdieron. Primero vinieron los pastores, sin ninguna guía ni dirección, a Belén; los magos, guiados por una estrella, llegaron a continuación. Los hombres representativos de los dos cuerpos de la humanidad, los ricos y los pobres, se arrodillaron alrededor del pesebre; y oro, incienso, y mirra, y todo tipo de regalos preciosos fueron ofrecidos al niño que era el Príncipe de los reyes de la tierra, a quien, en tiempos antiguos se le ordenó que se sentara sobre el trono de su padre David, y en el futuro maravilloso, que gobernara todas las naciones con su vara de hierro.


“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo.” De esta forma hemos hablado del nacimiento de Cristo.


II. El alimento de Cristo


El segundo tema que debemos abordar es, el alimento de Cristo: “Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.”


Nuestro traductores eran ciertamente estudiosos muy acuciosos, y Dios les dio mucha sabiduría, de tal forma que ellos conformaron nuestro lenguaje a la majestad del original, pero en este punto fueron culpables de una gran inconsistencia. Yo no veo cómo la mantequilla y la miel pueden lograr que un niño escoja lo bueno y deseche lo malo. Si es así, estoy seguro que la mantequilla y la miel deberían de subir de precio de manera notable, pues requerimos de muchos buenos hombres. Pero en el original no dice: “Comerá mantequilla y miel, para que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno” (Versión King James), sino, “Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno” (Reina Valera), o, mejor aún, “Comerá mantequilla y miel, cuando sabrá cómo desechar lo malo y escoger lo bueno” (Traducción propuesta por Spurgeon).


A. La propia humanidad de Cristo


Usaremos esta última traducción, y vamos a tratar de extraer el significado que está detrás de esas palabras. Nos deben enseñar, antes que nada, la propia humanidad de Cristo. Cuando él quiso convencer a sus discípulos que era de carne, y no un espíritu, tomó parte de un pez asado y un panal de miel, y comió delante de ellos. “Palpad,” les dijo, “y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc. 24:29). Algunos herejes enseñaban, incluso inmediatamente después de la muerte de Cristo, que su cuerpo era una mera sombra, que no era un hombre real, verdadero; pero aquí se nos dice que él comió mantequilla y miel, como lo hicieron los otros. De la misma manera que otros hombres eran alimentados con comida, así también Jesús; él era hombre verdadero como ciertamente era Dios verdadero y eterno. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (He. 2:17). Por tanto se nos dice que comió mantequilla y miel, para enseñarnos que realmente era un hombre verdadero, el cual después murió en el Calvario.


B. Nacido en tiempos de paz


La mantequilla y la miel nos enseñan, además, que Cristo debía nacer en tiempos de paz. Esos productos no se podían encontrar en Judea en tiempos de lucha; el asolamiento de la guerra barre con todos los hermosos frutos de la industria; los potreros que no tienen riego no producen pastos, y por tanto no podía haber mantequilla. Las abejas pueden construir su panal en el esqueleto de un león, y puede haber miel allí; pero cuando la tierra es turbada, ¿quién irá a recoger la miel? ¿Cómo podrá el niño comer mantequilla cuando su madre huye en el invierno, con el niño entre sus brazos? En tiempos de guerra no tenemos opciones de comida; en esos tiempos los hombres comen lo que se pueda conseguir, y el suministro es a menudo muy escaso.


Demos gracias a Dios porque vivimos en una tierra de paz, y veamos un misterio en este texto: que Cristo nació en tiempos de paz. El templo del dios Jano fue cerrado antes que el templo del cielo fuera abierto. Antes que el rey de paz viniera al templo de Jerusalén, la hórrida boca de la guerra fue tapada. Marte había enfundado su espada, y todo estaba en calma. Augusto César era emperador del mundo, nadie más lo gobernaba, y por tanto las guerras habían cesado, la tierra estaba en calma, las hojas no se movían en los árboles del campo, el océano de la contienda no era turbado por ninguna ola, los vientos hirvientes de la guerra no soplaban sobre el hombre para molestarlo, todo estaba en paz y calma, y entonces vino el Príncipe de paz, que en días futuros romperá el arco y cortará la lanza en pedazos, y quemará los carros en el fuego.


C. La precocidad de Cristo


Hay otro pensamiento aquí: “Comerá mantequilla y miel cuando sabrá cómo desechar lo malo y escoger lo bueno.” Esto debe enseñarnos la precocidad de Cristo, y con ello quiero decir que, aun cuando era un niño, aun cuando se alimentaba de mantequilla y miel, que son alimento infantil, podía discernir entre el bien y el mal. Usualmente no es sino hasta que los niños dejan el alimento de su infancia que pueden discernir entre el bien y el mal en el sentido pleno. Toma años para que las facultades maduren, para que el juicio se desarrolle, para que se convierta en hombre, de hecho, para hacerlo hombre. Pero Cristo, aun cuando era un bebé, aun cuando se alimentaba de mantequilla y miel, podía discernir entre el bien y el mal, desechaba uno, y escogía el otro.


¡Oh, qué poderoso intelecto había en ese cerebro! Mientras era todavía un bebé, seguramente debe haber habido chispazos de genio saliendo de sus ojos; el fuego del intelecto debe haber encendido ese rostro. Él no era un niño ordinario; ¡cómo hablaría su madre de todas las cosas maravillosas que el pequeño decía en su parloteo infantil! Él no jugaba como otros niños; no tenía interés en gastar el tiempo en diversiones ociosas; sus pensamientos eran elevados y maravillosos; él entendía los misterios; y cuando subió al templo, en su infancia, no fue encontrado como el resto de los niños, jugando en las plazas o en los mercados, sino sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. La suya era una mente rectora: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Jn. 7:46).


De tal manera que ningún niño jamás pensó como este niño; él era un niño sorprendente, la maravilla y el asombro de todos los niños, el príncipe de los niños: el Dios-hombre, aun cuando era un niño. Creo que se nos enseña esto en las palabras: “Comerá mantequilla y miel, cuando sabrá cómo desechar lo malo y escoger lo bueno.”


Quizá pueda parecer un comentario un poco ligero; pero antes de que termine de hablar acerca de esta parte del tema, debe decir cuán dulce es para mi alma creer que, conforme Cristo se alimentaba de mantequilla y miel, ciertamente mantequilla y miel caían de sus labios. Dulces son sus palabras para nuestras almas, más deseables que la miel del panal. Qué bien que coma mantequilla aquel cuyas palabras calman al que está atribulado, cuyas expresiones son como aceite sobre las aguas de nuestras aflicciones. Qué bien que coma mantequilla aquel que vino a sanar nuestros corazones quebrantados; y qué bien que se alimentó de la grosura de la tierra, aquel que vino a restaurar la tierra a su vieja fertilidad, y a suavizar toda carne con leche y miel, ah, miel en el corazón.


“¿Dónde más se encuentra esa dulzura Que he probado en Tu amor, Y que sólo encuentro en Ti?”

¡Tus palabras, oh Cristo, son como miel! Como una abeja, yo he volado de flor en flor para recoger dulzura, y confeccionar alguna esencia preciosa que fuera fragante para mí; pero he encontrado que la miel se escurre de tus labios; yo he tocado tu boca con mis dedos, y he llevado esa miel a mis labios, y mis ojos han sido iluminados, dulce Jesús; cada palabra tuya es preciosa para mi alma; ninguna miel se puede comparar contigo. ¡Qué bien que hayas comido mantequilla y miel!


Tal vez no debí haber olvidado decir que el efecto de que Cristo comiera mantequilla y miel fue mostrarnos que durante su vida no iba a diferir de otros hombres en su apariencia externa. Otros profetas, cuando vinieron, estaban vestidos con ásperas vestiduras, y su comportamiento era austero y solemne. Cristo no vino así; él vino para ser un hombre entre los hombres; festejaba con quienes festejaban, comía miel con quienes comían miel. No difería de nadie, y por esto fue llamado un hombre comilón, y bebedor de vino.

¿Por qué hizo eso Cristo? ¿Por qué se involucró así, como decían los hombres, aunque era verdaderamente una calumnia? Era porque quería que sus discípulos no tuvieran en alta estima la comida y la bebida, sino que más bien despreciaran estas cosas, y vivieran como otros lo hacían; porque quería enseñarles que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre. No es lo que el hombre come, con moderación, lo que puede lesionarlo, sino lo que un hombre dice y piensa; no es abstenerse de comer, no es la ordenanza carnal de: “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Col. 2:21), lo que constituye los fundamentos de nuestra religión, aunque sería un buen anexo para ella. Cristo comió mantequilla y miel, y su pueblo puede comer mantequilla y miel; más aún, cualquier cosa que Dios en su providencia le dé, es alimento para el hijo de Cristo.


III. El nombre de Cristo


Ahora llegamos a una conclusión con el nombre de Cristo: “Y llamará su nombre Emanuel.”


Queridos amigos, yo tenía la esperanza de tener suficiente voz hoy, para poder hablar acerca del nombre de mi Señor: tenía la esperanza de poder conducir mi veloz carruaje; pero, como ha perdido sus ruedas, debo contentarme con proseguir como pueda. A veces nos arrastramos cuando no podemos caminar, y caminamos cuando no podemos correr; pero ¡oh!, aquí tenemos un dulce nombre para nuestra conclusión: “Y llamará su nombre Emanuel.”


Las madres de tiempos antiguos ponían nombres a sus hijos que tuvieran un significado; no les ponían nombres de eminentes personas, a quienes muy probablemente llegarían a odiar, al punto de no querer saber nada de ellas. Tenían nombres llenos de significado, que registraban alguna circunstancia de su nacimiento. Por ejemplo Caín: “Por voluntad de Jehová he adquirido varón” (Gn. 4:1), dijo su madre; y lo llamó Caín, esto es, “Obtenido,” o “Adquirido.”


Tenemos a Set, esto es, “Sustituto,” pues su madre dijo, “Dios (dijo ella) me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel” (Gn. 4:25). Noé significa “Descanso,” o “Consuelo.” Ismael fue llamado así por su madre porque Dios la había escuchado. Isaac fue llamado “Risa” pues él trajo risas al hogar de Abraham. Jacob fue llamado el Suplantador, o el Taimado, porque quiso suplantar a su hermano. Podemos señalar muchos ejemplos similares; tal vez esta era una buena costumbre entre los hebreos, aunque la formación peculiar de nuestra lengua no nos permitiría hacer lo mismo, excepto en cierta medida.


Vemos, por tanto, que la Virgen María llamó a su hijo Emanuel, para que pudiera haber un significado en su nombre, “Dios con nosotros.” Alma mía, repite nuevamente esas palabras, “Dios con nosotros.” ¡Oh!, es una de las campanas del cielo, repitámosla una vez más: “Dios con nosotros.” ¡Oh!, es una nota extraviada de los sonetos del paraíso: “Dios con nosotros.” ¡Oh!, es el balbuceo de un serafín: “Dios con nosotros.” ¡Oh!, es una de las notas del canto de Jehová, cuando se goza en su iglesia con cantos: “Dios con nosotros.” Díganlo, díganlo, díganlo; este es el nombre de aquel que ha nacido hoy.


“¡Escuchen, los ángeles heraldos cantan!”


Este es su nombre, “Dios con nosotros,” —Dios con nosotros, por su encarnación, pues el augusto Creador del mundo caminó ciertamente sobre este globo; él, que hizo diez mil órbitas, cada una de ellas más poderosa y más vasta que esta tierra, se volvió un habitante de este pequeño átomo. Él, que era desde la eternidad hasta la eternidad, vino a este mundo de tiempo, y se quedó en una angosta franja de tierra en medio de dos mares sin límites.


“Dios con nosotros:” Él no ha perdido ese nombre, Jesús tenía ese nombre en la tierra y lo tiene ahora en el cielo. Él es ahora “Dios con nosotros.” Creyente, él es Dios contigo, para protegerte; tú no estás solo, porque el Salvador está contigo. Pónganme en el desierto, donde no crece la vegetación; todavía puedo decir: “Dios con nosotros.” Pónganme en el océano remoto, donde mi barca se balancee locamente sobre las olas; todavía diría: “Emanuel, Dios con nosotros.”

Súbanme a un rayo de sol, y déjenme volar más allá del mar occidental; yo todavía diría: “Dios con nosotros.” Dejen que mi cuerpo se hunda en las profundidades del océano, y que yo me esconda en sus cuevas; aún así, como hijo de Dios, yo diría: “Dios con nosotros.” Ay, y en la tumba, durmiendo allí en medio de la corrupción, aún allí puedo ver las pisadas de Jesús; él camina el sendero de todo su pueblo, y todavía su nombre es: “Dios con nosotros.”


Pero si quieren conocer este nombre tan dulce, deben conocerlo por medio de la enseñanza del Espíritu Santo. ¿Ha estado hoy Dios con nosotros? ¿De qué sirve venir a la capilla, si Dios no está allí? Mejor nos quedamos en casa si no tenemos la visita de Jesucristo, y ciertamente podemos venir, y venir, y venir, tan regularmente como esa puerta gira sobre sus gonces, a menos que sea “Dios con nosotros” por la influencia del Espíritu Santo. A menos que el Espíritu Santo tome de las cosas de Cristo, y las aplique a nuestro corazón, no es “Dios con nosotros.” De otra manera, Dios es un fuego consumidor. Yo amo a “Dios con nosotros.”


“Hasta que no vea a Dios en cuerpo humano, Mis pensamientos no encontrarán consuelo.”


Ahora pregúntense ustedes mismos, ¿saben ustedes lo que significa “Dios con nosotros”? ¿Ha estado Dios con ustedes en sus tribulaciones, por medio de la influencia consoladora del Espíritu Santo? ¿Ha estado Dios con ustedes al escudriñar las Escrituras? ¿Ha brillado el Espíritu Santo sobre la Palabra? ¿Ha estado Dios con ustedes en la convicción, trayéndolos al Sinaí? ¿Ha estado Dios con ustedes, consolándolos, trayéndolos de nuevo al Calvario? ¿Conocen el pleno significado de ese nombre Emanuel, “Dios con nosotros”? No; aquel que lo conozca mejor sabe muy poco de él. Ay, y quien no lo conoce es verdaderamente un ignorante; tan ignorante que su ignorancia no es una bendición, sino que será su condenación. ¡Oh, que Dios le enseñe el significado de ese nombre Emanuel, “Dios con nosotros”!


Ahora, lleguemos a una conclusión. “Emanuel.” Es el misterio de la sabiduría, “Dios con nosotros.” Los sabios lo miran y se maravillan; los ángeles desean verlo; la plomada de la razón no puede llegar ni a la mitad de la distancia de sus profundidades; el ala de águila de la ciencia no puede volar tan alto, y el ojo perforador del buitre de la investigación no puede verlo. “Dios con nosotros.” Es el terror del infierno. Satanás tiembla a su sonido; sus legiones vuelan con presteza, el dragón de alas negras del abismo se acobarda ante él. Dejen que venga a ustedes súbitamente, y si simplemente susurran esas palabras, “Dios con nosotros,” se cae de bruces, confundido y aturdido. Satanás tiembla cuando escucha ese nombre, “Dios con nosotros.”


Es la fortaleza del obrero; ¿cómo podría predicar el Evangelio, cómo podría doblar sus rodillas en oración, cómo podría el misionero ir a tierras remotas, cómo podría el mártir soportar la hoguera, cómo podría el confesor reconocer a su Señor, cómo podrían trabajar los hombres si se quitaran esas palabras? “Dios con nosotros.” Son el consuelo del que sufre, son el bálsamo de su dolor, el alivio de su miseria, el sueño que Dios da a quienes ama, el descanso después del trabajo y de la labor.


¡Ah!, y para terminar, “Dios con nosotros,” constituye el soneto de la eternidad, el aleluya del cielo, el clamor de los glorificados, el himno de los redimidos, el coro de los ángeles, el eterno oratorio de la grandiosa orquesta del cielo. “Dios con nosotros.”


“Dios Te salve Emanuel, todo divino, En Ti brillan las glorias de Tu Padre,
Oh Tú, el más brillante, dulce y hermoso,
Que hayan visto los ojos o que los ángeles hayan conocido.”

Ahora, una feliz Navidad a todos ustedes; y será una feliz Navidad si tienen a Dios con ustedes. No voy a decir nada hoy en contra de las festividades acerca de este día del nacimiento de Cristo. Yo sostengo que, tal vez, no es correcto celebrar este día, pero nunca estaremos en medio de aquellos que consideran un deber celebrarlo de una manera incorrecta así como otros lo celebran de una manera correcta. Pero mañana reflexionaremos acerca del día del nacimiento de Cristo; nos sentimos obligados a hacerlo, estoy seguro, independientemente de cuán vigorosamente nos aferremos a nuestro áspero puritanismo.


Y, “Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Co. 5:8). No festejen como si desearan celebrar el festival de Baco; no vivan mañana como si adorasen una deidad pagana. Festejen, cristianos, festejen, tienen derecho a festejar. Vayan al salón de festejos mañana, celebren el nacimiento de su Salvador; que no les dé vergüenza estar contentos, tienen derecho de ser felices.


Salomón dice, “Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza” (Ec. 9:7-8).

“La religión nunca fue diseñada Para disminuir nuestros placeres.”

Recuerden que nuestro Señor se alimentó de mantequilla y miel. Regresen a sus casas, gocen el día de mañana; pero, en sus festejos, piensen en el Hombre de Belén; permitan que él tenga un lugar en sus corazones, denle la gloria, piensen en la virgen que lo concibió, pero sobre todo piensen en el Hombre que nació, el Hijo dado. Concluyo diciendo otra vez: “¡Una Feliz Navidad para todos ustedes!”



Sermón #2392 predicado el domingo 24 de diciembre de 1854, por Charles Haddon Spurgeon, en la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

© Copyright Allan Roman. Traducido por Allan Roman; usado con permiso; www.spurgeon.com.mx. Impreso en los EE.UU. Se otorga permiso expreso para reproducir este material por cualquier medio, siempre que

1) no se cobre más que un monto nominal por el costo de la duplicación

2) se incluya esta nota de copyright y todo el texto que aparece en esta página.

A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.

Publicado originalmente en inglés bajo el título The Birth of Christ. En los Estados Unidos y en Canadá para recibir ejemplares adicionales de este folleto u otros materiales cristocéntricos, por favor póngase en contacto con:

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