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Si nuestras vidas fueran tan buenas como nuestras oraciones


(J.R. Miller, 1905)

Si tratáramos seriamente de vivir de acuerdo con nuestras oraciones, ¡tendría un poderoso efecto en nuestro carácter y conducta!



No hay ninguna oración que la mayoría de los cristianos hagan más a menudo, que la de ser como Cristo. Es una oración muy apropiada, y una que nunca deberíamos dejar de hacer. Pero si deseamos sinceramente ser transformados a la semejanza de Cristo, encontraremos que el deseo crece en gran intensidad en nuestra vida diaria, y la transforma. Afectará cada fase de nuestro comportamiento y conducta. Mantendrá ante nosotros continuamente, la imagen de nuestro Señor, y mantendrá siempre en nuestra visión--una nueva norma...

de pensamiento,

de los sentimientos,

de deseo,

de los actos,

de la palabra.

Nos mantendrá preguntando todo el tiempo, preguntas como estas,

"¿Cómo se sentiría Cristo sobre esto, si estuviera personalmente en mis circunstancias?

¿Qué haría Cristo, si estuviera hoy aquí donde yo estoy?".


Siempre existe el peligro de las burlas y las hipocresías en nuestras oraciones por las bendiciones espirituales. Los deseos son dignos de elogio. Dios los aprueba y nos concederá con gusto la mayor gracia que pidamos:

el aumento del amor,

la mayor fe,

el corazón más puro,

el nuevo avance en la santidad.

Pero son logros que no se nos conceden directamente, como regalos del cielo. Tenemos mucho que hacer para conseguirlos. Cuando pedimos bendiciones o favores espirituales, el Maestro nos pregunta: "¿Eres capaz de pagar el precio, de hacer la abnegación, de renunciar a las cosas que amas, para alcanzar estos logros en santidad, en gracia, en belleza espiritual?"


Si nuestras vidas fueran tan buenas como nuestras oraciones, tendríamos un carácter de santidad.


Si descubrimos que nuestras oraciones están por encima de nuestra vida, nuestro deber no es rebajarlas para adaptarlas al tenor de nuestra vida, sino elevar nuestras vidas al nivel más alto de nuestra oración.





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