La soledad endulzada

Aceptando sin murmurar las pruebas divinas

Las pruebas no son desdichas si nos hacen más sabios, mejores y más ricos en el cielo. Ante la aflicción, el cristiano responde con sumisión humilde, no con murmuración ni rebelión.

Si la Providencia se complace en quebrantar mis consuelos de cualquier clase—¿haré mi situación menos cómoda quejándome? Si Dios me castiga como a hijo—¿me haré enemigo, rebelándome contra la sabia disciplina de mi Padre? Si el Todopoderoso envía aflicción sobre mí, ¿haré la triste adición del pecado a mi dolor—riñendo con mis sufrimientos? Si no soy tan feliz como quisiera elegir, debo aún procurar ser santo, humilde y contento—y entonces nunca seré muy miserable. Solo en las cosas del tiempo me veo defraudado; ¿y qué más puedo esperar donde la sabiduría infinita ha pronunciado que todos los placeres terrenales son vanidad y aflicción de espíritu?

El que deja ir a Dios por vanidades mundanas, puede bien esperar que soplen tormentas y tempestades a su alrededor. El que promete a sí mismo felicidad en algo bajo el sol, tendrá cada día de su vida una lección u otra que rectifique su error. El que no busca a Dios en todas las cosas, y no prefiere a Dios sobre todas las cosas, y no se satisface con Dios en lugar de todas las cosas—puede esperar aflicción en todo, y será feliz en nada.

A los padres terrenales hemos dado obediencia, aun cuando su propio placer egoísta era la regla de su conducta. ¿Y seremos menos sumisos al Padre de nuestros espíritus—cuando nuestro provecho está siempre en su plan celestial?

En nuestra elección de bienes, en nuestras peticiones de bendiciones—podemos equivocarnos. Pero en su liberalidad no puede errar, ya dé mucho o poco—esto o aquello—algo o nada. Ciertamente, jamás puedo pensar ni decir que mi sabiduría podría haber hecho el mundo—ni siquiera a mí mismo. ¿Cómo, pues, puedo pensar que mi sabiduría pudiera regir mejor el mundo—ni siquiera a mí mismo?

No puede llamarse desdicha—lo que me hace más sabio; ni aflicción—lo que me hace mejor; ni pérdida—lo que me hace más rico en el cielo; ni decepción—lo que me hace insatisfecho con toda criatura, y me apega a Dios solo. Si se ata un fardo a mi espalda, que debo llevar a tal lugar, cuanto más intento arrojarlo de mí—más cae con mayor peso; y en vez de librarme de él, se vuelve una carga mayor aún. Pero, si voy adelante con calma, mi carga se vuelve gradualmente más ligera, por mi paciencia y sumisión, hasta que al fin me libro de ella del todo.

No insensible—sino sumiso; no abatido—sino resignado; no combatiendo los medios, ni riñendo con el instrumento—sino confesando la primera causa, y adorando la soberanía del cielo; es mi deber presente, y será mi paz ahora y en tiempo venidero.

No hay un ángel en el cielo, ni un santo en la gloria—que no apruebe toda la conducta de la Providencia de Dios. Y por tanto, aunque tan imperfecto en comparación con los ángeles y los santos gloriosos, con todo, por la gracia, quisiera decir: «¡Hágase tu voluntad en la tierra—como en el cielo!» Y a todo lo que has hecho—haces—y harás—concerniente a mí—digo de corazón: «¡Amén!»

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Against murmuring at misfortunes

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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