Cuando el Señor dijo: «Ve, llama a tu marido y ven acá», la mujer quizá pensó que Él no sabía nada de su situación; pero sus siguientes palabras mostraron que conocía toda su historia. ¿Por qué, entonces, deseaba que llamara a su marido? Quería traer a la memoria sus pecados. Es probable que hubiera sido repudiada por aquellos maridos, o que los hubiera abandonado de manera malvada. Le era doloroso que le recordaran los pecados de años pasados y que fuera descubierta en aquel mismo tiempo siguiendo una conducta inmoral. Pero ¿por qué Jesús le infligió este dolor y esta vergüenza? Para conferir después a esta desdichada mujer pecadora gloria y felicidad eternas. No apartemos nuestro rostro del recuerdo de nuestros pecados. Cada uno debe ser abatido antes de poder ser levantado. Naturalmente nos resistimos a ser expuestos incluso ante nosotros mismos; esta es nuestra necedad y nuestro pecado.
La samaritana (aunque ahora convencida de que el extraño era un verdadero profeta) no quería detenerse en las circunstancias de su historia. Intentó desviar la conversación y, en vez de preguntar cómo podría obtener perdón, se refirió a los principales puntos en disputa entre judíos y samaritanos. Los judíos decían que Jerusalén era el lugar donde se debía adorar a Dios, y los samaritanos profesaban adorarlo en un monte de Samaria. Ahora bien, Jerusalén era el lugar donde Dios había mandado ofrecer sacrificios; pero permitía que se le orara en todas partes. Los samaritanos habían obrado muy mal al construir un templo en el monte Gerizim; su excusa era que los israelitas en tiempos antiguos habían pronunciado bendiciones desde aquel monte (como se registra en Deut. 26). A esto se refería la mujer cuando dijo: «Nuestros padres adoraron en este monte».
Los samaritanos se jactaban de descender de los israelitas, aunque eran en su mayoría de origen asirio. Pues cuando el rey de Asiria llevó cautivos al último rey de Israel y a su pueblo, llenó la tierra de asirios. Al principio estos asirios adoraban ídolos, pero después dejaron la idolatría. Sin embargo, aunque no adoraban ídolos, no adoraban a Dios.
Jesús dijo a la mujer: «Vosotros adoráis lo que no sabéis». Hay muchos en países cristianos que, como estos samaritanos, no adoran al verdadero Dios, aunque piensan que sí. Dios es espíritu. ¿Creen aquellos que Él es espíritu, quienes, sin sentir amor ni reverencia por su nombre, doblan la rodilla y mueven los labios en mero culto externo? Si supiéramos que un soberano terreno pudiera ver en nuestros corazones, y no sintiéramos amor ni reverencia por él, ¿no tendríamos miedo de entrar en su presencia? Hasta que amemos a Dios, no podemos adorarlo. ¿Qué ha de hacer, entonces, un pecador consciente de que no ama a Dios? Confiese sus pecados; pida un corazón nuevo; piense en el amor de Dios al dar a su Hijo para morir por un mundo culpable.
Aunque Dios está rodeado por millones de ángeles que le adoran en espíritu y en verdad, sin embargo Él busca otros adoradores. Es tan condescendiente que se deleita en las alabanzas de los pecadores arrepentidos; incluso busca tales para que le adoren. Quizá anoche o esta mañana os vio adorándolo a solas en vuestra habitación; quizá vuestra voz no fue oída por ninguna criatura humana, pero vuestro corazón estaba lleno de dolor por los pecados pasados y de gratitud a Dios por haberos preservado tanto tiempo. El Padre de vuestro espíritu escuchó aquella oración. Él la responderá.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Jesus and the woman of Samaria– continued
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.