La vida de Cristo para cada día

Ayunar sin ostentación, la adoración que Dios acepta

El ayuno es un deber que dispone el alma para la oración, pero debe practicarse en secreto y con humildad, huyendo del orgullo que echa a perder aun las obras de mayor renuncia.

Había otro deber del que los fariseos se enorgullecían en su cumplimiento: el ayuno. Algunos ayunaban dos veces por semana. En esos días descuidaban el arreglo de sus personas y salían para que los hombres vieran que ayunaban y los admiraran por su religiosidad. En el día de un ayuno público por los pecados de la nación, los hombres no deben ocultar que ayunan; sino que, como el rey de Nínive, que se arrepintió ante la predicación de Jonás, deben dar ejemplo de penitencia y abnegación. Pero cuando los hombres ayunan por sus propios pecados, entonces deben ocultar el hecho y no buscar la alabanza humana.

Las Escrituras nos enseñan que el ayuno es un deber. Humilla el espíritu y serena la mente; y, con la bendición del Espíritu Santo, dispone el alma para la oración y la meditación. Pero hay personas cuya salud es tan delicada que el ayuno prolongado la dañaría. Ciertamente no puede ser un deber para ellas ayunar, pues así estarían menos aptas para orar.

Pero todos deben precaverse del exceso en la comida, que ahoga el alma y la vuelve sensual y estúpida. Está escrito acerca de una de las ciudades más impías de la antigüedad: «La soberbia, la abundancia de pan y la ociosidad abundante hubo en ella y en sus hijas» (o habitantes). Esta abundancia las hizo altivas y acarreó su destrucción. Ninguno piense que es demasiado piadoso para necesitar tal advertencia. Cristo advierte a sus propios discípulos contra la glotonería y la embriaguez: «Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez». La moderación constante en la comida y la bebida es tan importante para el alma como para el cuerpo.

Pero cuando ayunemos, guardémononos del orgullo; pues como las moscas muertas estropean el ungüento más fragante, así el orgullo echa a perder las acciones de mayor abnegación. Debemos cumplir los deberes religiosos en secreto, cuando estamos entre quienes nos tendrán en alta estima por observarlos. Esta regla se aplica al ayuno, la oración, la lectura de las Escrituras y la práctica del bien. Pero cuando estamos entre quienes nos ridiculizarían por causa de la religión, entonces es el momento de confesar valientemente a nuestro Maestro y mostrar que no nos avergüenza de él. ¡Cuán fácil es hablar contra los pasatiempos vanos, citar las Escrituras y hacer observaciones piadosas delante de personas religiosas; pero cuán difícil, rodeados de burlones, ser fieles a Cristo! Necesitamos un vivo sentido de la presencia de Dios, para actuar siempre como ante su vista, sin cortejar las sonrisas de nuestros semejantes ni temer sus ceños; sin buscar su aplauso ni encogernos ante su ridículo. Esforcémonos por ser aceptos a Aquel a quien cada uno habremos de dar cuenta. En aquella hora solemne, ¡cuán vano parecerá el aplauso de los hombres, cuán inofensiva su censura!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ forbids ostentation in FASTING

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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