Horas devocionales con la Biblia — volumen 2

Ciudades de refugio para el alma perseguida

Dios odia el pecado pero ama la misericordia, y provee un refugio seguro para el inocente. En Cristo se encuentran la justicia y el favor divinos, un camino claro y siempre cercano para todo pecador que huye hacia Él.

Siempre ha habido necesidad de misericordia en este mundo. También ha habido siempre necesidad de ley, para proteger a los hombres del agravio y la crueldad. Pero en la infancia de la humanidad no existía institución alguna. La vida era sumamente sencilla y primitiva al principio. Hay un interés especial en el tema de las ciudades de refugio, porque el establecimiento de estos refugios es una de las primeras sugerencias de la institución de leyes para asegurar la plena justicia en el caso de un hombre que hubiera matado a otro por accidente, de manera involuntaria. Antes de esto, el «vengador de la sangre» derribaba al hombre que había causado la muerte de su amigo, sin atender las circunstancias y sin ningún esfuerzo por averiguar primero la manera en que ocurrió la muerte. La provisión de ciudades de refugio no tenía por propósito amparar el crimen; solo buscaba asegurar la justicia garantizando un juicio justo e imparcial. Esta provisión en el código hebreo es el germen de las leyes vigentes hoy en todas las tierras cristianas, mediante las cuales se asegura un juicio justo a todo hombre acusado de un delito.

Al disponer que se proveyeran estas ciudades de refugio, el Señor enseñó al pueblo y al mundo una gran lección de justicia. Dios odia el pecado, pero ama la misericordia. Y nada Le resulta más aborrecible que el inocente sea castigado. La vida humana es muy sagrada ante Sus ojos. El mandato original, dado por Dios, fue: «Quien derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada». Así Dios levantó un fuerte muro en torno a cada vida. Pero las naciones habían pervertido ese mandato divino hasta perder de vista toda justicia. Podía haber sido por el más simple accidente que un hombre causaba la muerte de otro, acaso de su mejor amigo. Sin embargo, era derribado por el vengador con la misma crueldad que si lo hubiera matado a sangre fría. Esta nueva provisión fue establecida para garantizar seguridad contra la ocurrencia de tan terrible injusticia.

Debemos notar que esta provisión misericordiosa se originó en Dios mismo, y no fue un mero pensamiento amable de Moisés. También fue en el corazón de Dios donde tuvo su origen el pensamiento de un refugio para los pecadores de un mundo perdido y culpable. Fue porque «de tal manera amó Dios al mundo» que «dio a Su Hijo unigénito» para ser el Redentor del mundo. A Dios le gusta perdonar. Ningunas palabras que suben del cielo a la tierra encuentran tan grata acogida como los clamores del arrepentimiento. «Hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente».

Sin embargo, la misericordia divina no es indiscriminada. Debemos advertir cuidadosamente que estos refugios solo aprovechaban «a cualquiera que mate a una persona sin intención y por accidente». No estaban destinados a proteger al culpable. Las naciones paganas de aquel tiempo tenían sus templos, sotos, altares y aun ciudades, a los cuales los delincuentes podían huir en busca de protección. Pero en ellos no se hacía distinción entre el culpable y el inocente. Aun los homicidas voluntarios podían esconderse dentro de las puertas de esos asilos, sin que existiera modo de llevarlos a la justicia.

Pero en estas ciudades de refugio no se brindaba una protección tan indiscriminada y sin regla. Estaban diseñadas para proteger solo al homicida involuntario. El que había matado a otro intencionalmente podía huir a una de ellas, y el vengador no podía entonces derribarlo hasta que hubiera sido juzgado; pero cuando se mostraba a los jueces que la muerte había sido un asesinato premeditado, deliberado e intencional, el asesino era entregado al punto para recibir su justo castigo. La intención de todo este ordenamiento era proteger al inocente y asegurar un juicio justo a todos.

En Cristo se halla la misma conjunción de justicia y misericordia. El refugio en Él está abierto para todos los pecadores, y no hay nadie que pueda afirmar con justicia ser inocente; pero solo aquellos cuya culpa ha sido lavada en la sangre del Cordero pueden hallar amparo aun en Cristo. No se promete misericordia a los que perseveran impenitentes. Solo a los que confiesan su pecado y se arrepienten de él se les asegura el perdón.

Hay un «vengador de la sangre» que persigue a cada uno de nosotros en este mundo. La conciencia es el vengador personal de todo hombre, uno del cual no podemos escapar. No hay poder más terrible en parte alguna que el de una conciencia acusadora. Con su voz condenatoria llena de espanto aun al más osado.

La ley es inexorable en sus exigencias. No hay escape de sus penas.

En un poema de Víctor Hugo, Caín camina treinta días y noches después del asesinato de su hermano, hasta llegar a las orillas del mar. «Detengámonos aquí», dice; pero al sentarse, su rostro se pone pálido. Ha visto en el cielo triste el Ojo escudriñador. Sus hijos, llenos de temor, intentan levantar barreras entre él y el Ojo: una tienda, luego un muro de hierro, luego una torre y una ciudad; pero todo es en vano. «¡Veo el Ojo!», sigue clamando el desdichado. Al fin cavan una tumba, y el padre es puesto en ella. Pero,

«Aunque sobre su cabeza cerraron la bóveda terrible, el Ojo estaba en la tumba, y miraba a Caín».

Los hombres se esconden por un tiempo o pueden evadir el castigo por una temporada, pero no pueden escapar del vengador. Es cuando comprendemos el terrible significado de esta verdad que estamos preparados para apreciar la alegre nueva que anuncia un refugio del pecado y de la culpa. ¡Cristo es nuestro refugio contra el vengador!

El que había matado a otro por accidente tenía algo que hacer para asegurar su salvación. «Huirá a una de estas ciudades». No le bastaba quedarse donde estaba, confiando en su inocencia para protegerlo. Debía huir, y huir con todas sus fuerzas, pues no hallaría protección hasta haber pasado por la puerta. Si el vengador corría más y lo alcanzaba en el camino, podía derribarlo. La ciudad no le ofrecía refugio mientras permanecía lejos de ella, o aun cerca de ella pero fuera de las puertas. Debía huir hacia adentro. No debía demorarse en el camino, sino apresurarse con toda diligencia para entrar por la puerta, no fuera que el perseguidor lo sorprendiera. Cristo es un refugio con la puerta siempre abierta al pecador, pero no es refugio para los que no huyen a Él.

Todo se hizo para facilitar la huida segura y veloz del homicida involuntario hacia el refugio. Mucho se dice en los antiguos libros judíos acerca de los caminos que conducían a estas ciudades. Debían ser anchos y buenos, y mantenerse siempre en el mejor estado. No debía haber en ellos nada que estorbara o impidiera la carrera de quien quería llegar a la puerta del refugio. Además, debían estar señalados con claridad con indicaciones que mostraban en cada giro, y dondequiera hubiera posibilidad de que el fugitivo se equivocara, cuál era el camino correcto.

Todo esto ilustra el gran cuidado que tiene la Biblia en mostrar el camino a Dios y hacerlo claro, tan claro que nadie, ni aun el niño más pequeño ni la persona más sencilla e ignorante, pueda equivocarse al buscar el sendero correcto. Jesús dice: «Yo soy el camino». No dice meramente que Él hará un camino o señalará un camino, sino que Él mismo es el camino. Él es el camino a Dios, la senda por la cual los hombres pueden caminar hacia Dios. «Nadie viene al Padre sino por mí». Este camino ha sido preparado a gran costo, y es tan fácil y tan perfecto que el pie más débil no necesita tropezar en él. Todo obstáculo ha sido quitado, todo lugar áspero ha sido allanado, todo monte ha sido nivelado y todo valle ha sido salvado con un puente. Y en cada vuelta hay una señal que indica qué camino tomar hacia el refugio. Nadie puede decir con verdad que no pudo hallar el camino a Cristo.

Hay mil caminos en este mundo, que conducen en todas direcciones y nos invitan a recorrerlos. Algunos están sembrados de flores, otros nos llevan entre espinas. Hay caminos hacia el placer, caminos hacia el honor, caminos también hacia el pecado. Pero solo hay un camino que conduce a la bienaventuranza. «Así dice el Señor: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas».

Cuando el homicida fugitivo había cruzado el umbral de la puerta, estaba a salvo. Las autoridades no se atrevían ahora a entregarlo al castigo hasta que hubiera sido juzgado con justicia. El vengador no podía pasar las puertas del refugio para tocar un solo cabello de la cabeza del que había entrado.

¡Tampoco la ley puede poner su mano sobre el que ha huido a Cristo por refugio! «El nombre del Señor es torre fuerte; el justo corre a ella, y está a salvo».

Otra de las disposiciones para la seguridad era que el hombre, aun siendo inocente, que había hallado refugio en una de estas ciudades debía permanecer en ella. No debía salir por ningún pretexto. Si se aventuraba fuera, en los campos verdes, y el vengador lo hallaba en cualquier lugar más allá de los muros, podía derribarlo. Había perdido su derecho a la protección.

Aquí también la analogía es sugestiva. Cristo es nuestro refugio, pero solo mientras permanezcamos en Él. No nos basta con entrar una vez en este refugio, registrar nuestros nombres y luego salir de nuevo, libres para correr a donde nos plazca. Debemos permanecer bajo el amparo si queremos estar seguros. Esto significa que una vida de fe y obediencia debe seguir al primer acercamiento a Cristo. Debemos perseverar en Cristo.

La distribución de estas ciudades de refugio por todo el país era tal que en ningún punto de toda la tierra un hombre se hallaría a una distancia grande o impracticable de una de ellas. Si hubiera habido un solo refugio, por ejemplo en Jerusalén, habría estado tan lejos de algunas regiones del país que nadie podría esperar alcanzarlo en caso de peligro. Pero dondequiera que uno tuviera la desgracia de matar a otro por accidente, podía con una huida breve alcanzar la seguridad en alguna de las ciudades.

Esto representa la cercanía y la accesibilidad de Jesucristo para los pecadores. Él nunca está lejos, sino siempre cerca. En el libro del Apocalipsis se nos dice que el cielo es cuadrado, con muros, y que en cada uno de los cuatro lados hay tres puertas. Desde todos los rumbos, norte, sur, este y oeste, el cielo es fácilmente accesible para quien desea entrar en él. ¡Nadie tiene que ir lejos para encontrar una puerta al lugar del amor y la seguridad eternos!

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Cities of Refuge

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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