Se nos enseña que es nuestro deber unirnos a la iglesia. Cristo exige de sus seguidores que lo confiesen ante los hombres. Apenas podemos hacerlo de manera satisfactoria sin identificarnos con la compañía de los amigos de Cristo. No hay en la enseñanza de nuestro Señor una sola palabra que apruebe el discipulado secreto. Parece muy claro que todos los reciben a Cristo como su Salvador le deben a su nuevo Maestro ocupar de inmediato su lugar en la iglesia.
Pero aparte del deber de confesar así a Cristo, hay una ayuda inconmensurable para el cristiano en la iglesia, si se relaciona correctamente con ella. Es este lado devocional de la vida eclesial el que ahora consideramos: ¿qué se supone que haga la iglesia por nuestra vida espiritual? Y ¿cómo podemos obtener de ella la ayuda que tiene para nosotros?
Las ordenanzas de la religión son solo "medios de gracia". Es decir, son canales por los cuales la gracia fluye a la vida de quienes las disfrutan. Toda gracia proviene de Cristo. No hay bendición en las ordenanzas mismas. La sed de uno no puede apagarse meramente con las tuberías que se ajustan para traer agua de la fuente. Pueden ser tuberías de oro, pero no tienen nada que dar a quienes ponen sus labios en ellas a menos que estén conectadas a la fuente y llenas desde ella.
Del mismo modo, los más hermosos cultos de la iglesia no tienen en sí mismos nada que bendecirnos, excepto en la medida en que traen a Cristo a nuestra vida. No hay gracia en el mero acto de orar, por muy apropiadas que sean las palabras de la petición; solo cuando en realidad nos acercamos a Dios, entrando en comunión viva con él, recibimos ayuda para orar. No hay nada que eleve o inspire en un himno, por nobles que sean sus sentimientos y por muy musicalmente que se interprete, excepto cuando despierta amor, adoración y fe en nuestro corazón, y sus palabras elevan nuestra alma, como sobre alas, más cerca de Cristo. Aun en la Cena del Señor, la más sagrada de todas las ordenanzas de la iglesia, no hay eficacia sino en la medida en que mediante ella se nos lleva a una relación más estrecha con Cristo mismo.
Es importante, por tanto, que tengamos siempre presente la intención precisa de los cultos de la iglesia: que son solo canales por los cuales podemos recibir los bienes que Cristo desea darnos. En el cielo, donde lo ven cara a cara, los adoradores no necesitan formas de devoción. Pero mientras estemos en este mundo, somos salvos solo por esperanza, y necesitamos ordenanzas y formas de culto para tender un puente sobre el abismo entre la carne y el espíritu. Pero debemos guardarnos de depender de las formas, y usarlas solo como medios de comunicación entre nuestro espíritu y el Espíritu divino.
¿Cuáles son algunas fases de la ayuda que podemos recibir de la iglesia?
Una es la instrucción. La iglesia es una escuela. No somos cristianos plenamente crecidos cuando recibimos a Cristo: somos solo principiantes, con todo aún por aprender. Jesús dice: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí". Mateo 11:29
El curso de instrucción es largo, y las lecciones son muchas. El aprendizaje no es meramente intelectual, sino esencialmente práctico. No basta con saber lo que debe ser una vida cristiana, qué cualidades y virtudes entran a formar la semejanza con Cristo. ¡Debemos aprender a vivir las cosas que son propias de Cristo! No se trata meramente de saber qué son la negación de uno mismo, la paciencia, el desinterés, la consideración y la amabilidad, sino de lograr que estas cualidades se forjen en nuestra propia disposición y carácter. "Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis". Juan 13:17
En la iglesia tenemos las lecciones puestas ante nosotros; luego hemos de salir a aprenderlas, practicándolas hasta que se hayan convertido en parte de nuestra nueva vida.
Otra fase de la ayuda que la iglesia tiene para nosotros es la renovación de las fuerzas. La vida en el mundo nos agota. Sus luchas, sus tareas, sus cuidados, sus afanes, sus desilusiones, vacían nuestros recursos espirituales. Necesitamos acudir a menudo a Dios para una nueva provisión de gracia. Lo hacemos en nuestras devociones espirituales diarias: necesitamos una nueva provisión para cada día, pues la gracia de ayer no nos llevará por las experiencias de hoy. Pero un propósito de reunirnos es darnos una mayor oportunidad de esperar en el Señor en los cultos de la iglesia, para grabar de nuevo en nuestro corazón el pensamiento de Dios y de nuestro deber, y para recibir nuevas provisiones de poder de Cristo. Esto lo hacemos al oír a Dios hablarnos en su palabra, al postrarnos ante él en oración, al cantar los himnos de alabanza y ser elevados por sus acordes, y al tocar otras vidas y recibir ánimo e inspiración de la comunión cristiana. Los cultos de la iglesia deberían prepararnos para la semana de esfuerzo y deber.
Hay también gran ayuda en las actividades cristianas a las cuales la iglesia nos introduce. El trabajo es el mejor medio de gracia. No hay otra manera en que podamos crecer de modo tan saludable como en el trabajo. La manera de desarrollar nuestros talentos es comerciando con ellos. La iglesia nos asigna tareas y deberes. Nos llama a un ministerio de ayuda. Nos envía a ser buenos samaritanos para aliviar el sufrimiento. Nos pone delante de una clase como maestros. Nos pide nuestro dinero para usarlo en la continuación de la obra de Cristo. Nos inspira a toda clase de servicio en favor de otros. Así nos brinda oportunidades para el desarrollo de nuestras capacidades, de modo que nuestros dos talentos de capacidad aumenten a cuatro.
Estas son sugerencias del significado de la iglesia como ayudadora en nuestra vida espiritual, y del modo en que podemos obtener de ella las bendiciones que tiene para nosotros.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: How the Church Help Us
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.