Cuando consideramos los pliegues del futuro de la vida, ¡cuán variado y ondulante es el sendero! Se asemeja en sus vueltas y cambios al curso serpenteante de un río que persigue su camino: ahora desaparece tras rocas salientes o cabos elevados, ahora brota a la vista y avanza espumoso y brillante entre prados sonrientes y laderas soleadas, para luego perderse otra vez. Sin duda, el creyente sentirá la necesidad de confiar en una Mano invisible que le guíe por el laberinto de su intrincado camino. Esta nube de misterio, que envuelve todo el futuro, nos llama a confiar. Ni un solo paso podemos dar a la vista; no podemos conjeturar, mucho menos decidir, lo que el mañana desplegará. Pero, justo cuando la oscura e incierta perspectiva se abre ante nosotros, Jesús se encuentra con nosotros y dice: «Solo cree; solo confía en mi amor para guiarte con sabiduría, ternura y seguridad por el desierto, hasta la tierra buena que está más allá».
El número, la invisibilidad y la insidia de nuestros enemigos espirituales —su poder combinado y la sorpresa de sus asaltos incesantes— demandan nuestra confianza en Jesús. Nada hay más invisible que los principados y potestades a través de los cuales hemos de abrirnos paso hacia el cielo. Satanás es invisible, sus agentes no se ven, el mal moral está velado, nuestros corazones son un abismo grande y el mundo va enmascarado. De verdad necesitamos aferrarnos a Jesús, el Capitán de nuestra salvación, pues «no luchamos contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Recordemos, por tanto, que «esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe».
La fuente ajena de todos nuestros suministros para la batalla y el viaje de la vida clama también por nuestra confianza en Jesús. En nosotros mismos no tenemos recursos: la gracia no nos es natural, la santidad no es innata, y nuestra fuerza nativa es solo otro nombre para la impotencia absoluta. ¿Dónde están, pues, los suministros? Todos en Jesús. «Al Padre agradó que en él habitase toda plenitud». Cristo es a la vez la armería y el granero del creyente. Si, al despuntar cada mañana, respiramos desde el corazón la oración: «Padre mío, dame hoy mi pan cotidiano; miro a ti por la sabiduría que me aconseja, por el poder que me guarda, por el amor que me consuela, por la gracia que me santifica y por la presencia que me anima», experimentaríamos la bienaventuranza de vivir de la gracia del Salvador y del amor del Padre.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - January 30
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.