12. HIMNO DE LOS PRIMOGÉNITOS.
Otra nota sugerida y prolongada del gran Cántico Coral.
En el versículo precedente, el Apóstol había hablado de un segundo privilegio de la familia redimida de Dios —que son "los llamados conforme a su propósito". Este pensamiento —un nuevo argumento para su salvación presente y final— lo expone; enlazándolo al mismo tiempo con una de las verdades más sublimes de la redención —su fraternidad y hermandad en Cristo —su exaltación en Él, la cabeza siempre viviente. Ningún acorde en la música divina, al menos hasta este punto, es más elevado y ennoblecedor. Bien podemos darle el nombre al frente de este capítulo, "El Himno de los Primogénitos."
(V. 29) "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos."
En las cláusulas iniciales del versículo tenemos uno de los abismos insondables tanto de la filosofía como de la teología. No tenemos el deseo —no tenemos la capacidad— de echar la plomada. "No tenemos con qué sacar, y el pozo es hondo." Un tal tema ni siquiera se mencionaría incidentalmente, de no ser por su prominente presentación en el capítulo. Hay un límite entre lo conocible y lo incognoscible; y más allá de él es presunción cruzar. El intento de reconciliar el decreto de Dios con el libre albedrío del hombre —la predestinación con la responsabilidad humana— ha sido, y siempre ha sido, vano. En las palabras familiares del poeta del "Paraíso Perdido", quienes han —
"disputado altamente de la Providencia, la pre-ciencia, la voluntad y el hado, hado fijo, libre albedrío, pre-ciencia absoluta, no han hallado fin, perdidos en errantes laberintos."
Dichosos nosotros porque todo lo que es absolutamente necesario para nuestra propia salvación está revelado con tal claridad, que el que corre puede leerlo. La parte del hombre, tanto objetiva como subjetivamente, es clara. Es en torno a la parte de Dios —la parte con la que no tenemos nada que ver— donde se ciernen la niebla y el misterio. La reprensencia que el Salvador dio antaño al casuista presuntuoso está llena de significado e instrucción para nosotros —"Maestro, ¿son pocos los que se salvan?" Nótese que Él ni responde directamente ni evita la pregunta. Su respuesta es virtualmente esta —"No tienes nada que ver con verdades abstractas y problemas. La vida es práctica. Mírate a ti mismo —'Tú esfuérzate por entrar por la puerta estrecha'" (Lucas 13:24).
Que la pre-ciencia y la pre-ordenación de Dios —sus planes y propósitos inalterables— son necesidades de la naturaleza divina, que surgen de su propia presciencia y perfección, no osamos negarlo. Hacerlo sería des-divinizar al Supremo. Con Él no hay acontecimientos sucesivos, y mucho menos contingentes. El pasado, el presente y el futuro son un eterno ahora. Sobre todas las ocurrencias, tanto en el mundo natural como en el moral, están escritas las palabras —"Para hacer cuanto tu mano y tu consejo determinaron de antemano que había de ser hecho" (Hech. 4:28). Pero podemos bien contentarnos con dejar a un lado las sofisterías metafísicas y las dificultades especulativas —o (recordando el nombre figurado de nuestro volumen) aun las aparentes disonancias. Aunque burlan a la razón por un lado, hay, por otro, lecciones gratas de consuelo en este mismo pensamiento de los decretos absolutos de un Dios absoluto —que nada es independiente de su control —de su soberana voluntad y placer. Nada es fortuito —nada resultado del azar o la contingencia. Todo está regulado por un "imperio de la ley". Él habla, y se hace. El relámpago repentino, el arrecife sumergido, el asalto de la fiebre y la pestilencia, el proyectil de hierro de la batalla —cada uno de estos tiene su cita y su comisión del gran Regidor de los hombres.
El escritor de estas líneas no puede olvidar, en el más espantoso quebranto de su primera juventud —cuando un accidente —lo que pareció un accidente cruel y evitable— marchitó en un instante el hogar y el fuego, y dejó un vacío dolorido en muchos corazones— que el primer mensaje de ángel consolador que meció las olas agitadas a la calma, vino de los labios de un pariente anciano de raros dones y piedad. En tonos solemnes, sin nota ni comentario, repitió las palabras tan familiares al menos a los oídos escoceses —"Los decretos de Dios son su propósito eterno, conforme al consejo de su propia voluntad, mediante el cual, para su propia gloria, Él ha pre-ordenado todo cuanto acontece." Nunca leo ni oigo estas sentencias epigramáticas sin que se me ocurra la imagen de un río caudaloso. Su fuente "el consejo de su propia voluntad"; —el río mismo —"todo cuanto acontece"; —el océano adonde fluye —"su propia gloria." "De Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas." La soberanía de la gracia divina en la predestinación es una doctrina que se nos presenta continuamente en la Sagrada Escritura, alike por profetas y salmistas, y por labios aún más divinos. Aun en la descripción del juicio final en su propio gran capítulo de parábolas, el Hablante saca a relucir, prominentemente, "la elección de Dios" en las edades de una eternidad pretérita —"Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo."
Si, con todo, estas y verdades afines están más allá del alcance y del horizonte humanos, hay otras que la fe puede aceptar sin vacilación. Estas últimas, en verdad, son maravillosas y misteriosas, solo en razón de la bendición que confieren al culpable y al indigno. Si vacilamos por la incredulidad, es solo porque, en palabras de un escéptico del siglo pasado, "Son demasiado grandes, son demasiado buenos para ser verdad."
Pasemos entonces, del hecho del amor predestinador de Dios, a su objeto tal como aquí se expone. Es "ser hechos conformes a la imagen de su Hijo".
Nos confronta de inmediato una prueba práctica —una respuesta a la pregunta que no pocos corazones ansiosos y angustiados procuran formular —'¿Estoy yo entre el número de los predestinados? —¿estoy yo entre los favorecidos elegidos para vida eterna?' Tómese más bien la forma alternativa que el Apóstol aquí le da —'¿Soy yo conforme a la imagen del Hijo de Dios? ¿Ando en sus pisadas, bebo su Espíritu, reflejo su imagen? ¿Es, en todo caso, mi deseo y aspiración del corazón mantenerle siempre ante mí como mi ideal —siguiéndole en su humildad, y bondad, y desinterés, y pureza? ¿Siento, como el copista de un gran cuadro, cuán triste es el deficiente comparado con el Original inigualable —y sin embargo, no disuadido por el fracaso, esforzándome por añadir, con fiel y asiduo trabajo, toque a toque, hasta que los rasgos hayan sido fielmente captados y trasladados al lienzo?' Conforme a la significativa palabra empleada por el escritor de la Epístola a los Hebreos, "Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús" (Heb. 3:1). "¡CONSIDERAD!" Literalmente "contempladle", con la visión mental intenta del artista —hasta que algo al menos de la personalidad viviente se encarne en el corazón y en la vida; ¡el alma humana, aun cuando sea de modo inadecuado, resplandeciendo con los rasgos del Divino Redentor! Se nos recuerda, en su aplicación práctica, una referencia del Obispo de Durham a un gran padre de la Iglesia primitiva, que reprendió a las bien intencionadas mujeres cristianas de Constantinopla por bordar en sus vestidos la mera forma externa del Salvador; y no más bien procurar llevar su imagen divina en sus almas.
Sabemos bien, y estos no son tiempos para que esta convicción sea obscurecida o recubierta con cualesquiera otras vistas de la obra del Salvador en la tierra, que su misión preeminente fue expiar el pecado. El elemento sacrificial, repitámoslo, no debe ser depuesto de su lugar primario en el plan de salvación. El acorde principal, "ninguna condenación en Cristo", no puede ser desplazado por otras cadencias menores. Pero tampoco podemos olvidar el gran objeto complementario de la Encarnación —Jesús el Ejemplo y Modelo de su Iglesia y de su pueblo. Somos invitados a estudiar aquella "Imagen" sin par, tal como se revela en los relatos evangélicos, y obtener de ella una piedra de toque con la cual probar nuestro propio carácter y estado delante de Dios. ¡Cuán variados son estos cuadros de bondad divino-humana y de amor así enmarcados por los evangelistas! Ya, sana a los enfermos; ya, simpatiza con los enlutados; ya, resuelve dudas ansiosas; ya, alimenta a los hambrientos; ya, ampara a los desterrados —no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo humeante; ya, habla paz y perdón a los atribulados; ya, devuelve injuria con bendición; ya, ofrece la misericordiosa disculpa por la falta de vigilancia; ya, perdona la traición de amigos de confianza; ya, se inclina al oficio más servil, para inculcar la lección de humildad; ¡ya, abraza a los niñitos en sus brazos! Y en todo esto somos llamados a contemplar la más completa abnegación, la más perfecta sumisión a la voluntad de su Padre —aceptación sin murmuración de la prueba —heroísmo en el deber, serenidad en la muerte —ni una sola vacilación ni desviación en su camino, hasta que pudo pronunciar al final de todo —"Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera."
¿No nos parece oír a nuestro Apóstol hablando, como lo hace en otra parte, "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús;" "Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados." Parecemos estar ya preparados con una respuesta a la pregunta —'¿Está mi nombre escrito en el Libro de la Vida del Cordero?' Sí, si puedes apropiarte las palabras de ese mismo Libro inspirado —"Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va" (Apoc. 14:4). Es el dicho del mismo Maestro y Doctor bendito —"Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi madre, y hermana, y hermano."
Luego viene la nota conclusiva de este versículo-cántico. Su cláusula final parece poner una corona sobre todo lo que precede —para que Él sea el Primogénito entre muchos hermanos.
Tenemos aquí la exaltación del Hermano Mayor de la redimida hermandad de la humanidad. La familia gloriosa y glorificada es invitada a mirarle como a su Cabeza viviente —su marca en sus frentes —Él su Guía y Precursor que les muestra el sendero de la vida. El primogénito entre los hebreos tenía muchos privilegios excepcionales, como observamos más particularmente al hablar, en el versículo 17, de la co-herencia de Cristo y de los creyentes. Solo recuerdo, de paso, lo que allí se dijo, que la primogenitura, en la nación judía, tenía una plenitud y un sentido desconocidos entre otros. Era un reflejo tenue de las prerrogativas del "Primogénito" de Dios —su Hijo eterno —"el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" —"el Príncipe de los Reyes de la Tierra", quien, al contemplar el fruto del travail de su alma, puede decir ahora, y dirá con triunfo más profundo y exultante en el Gran Día de su Aparición —"He aquí, yo y los hijos que Dios me ha dado."
Y no olvidemos jamás que en este amor y propósito predestinantes de Dios, todo es de gracia. No hay nada en su pueblo que condujo a su selección como "vasos de gloria." "No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia." "Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús." "Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo para sí mismo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia." "Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, es don de Dios." La salvación es un arcoíris glorioso —un extremo del arco apoyado en el decreto divino; el otro en la bienaventuranza y felicidad eterna de los salvos.
Lector, cierro repitiendo la observación práctica —No te enredes, por una parte, en el laberinto intrincado de la pre-ordenación y la predestinación. No intentes reconciliar lo irreconciliable. Ni, por otra parte, mediante un fatalismo alocado, cuestiones tu propio interés personal en los beneficios del Evangelio. Ten la certeza plena de esto: que Dios desea "que todos sean salvos." "No quiere que ninguno perezca." En el infinito anhelo de su corazón dice, como si los decretos absolutos existieran solo en los sistemas de teólogos austeros —"¿Por qué moriréis, oh casa de Israel?" En otra vista del asunto, puedes bien regocijarte de que sus planes y propósitos sean así inmutables —que tu salvación final no dependa de contingencia o peradventure humano alguno. Es el "determinado consejo y pre-ciencia de Dios." Así reza tu título de propiedad —"Dios, que no puede mentir, prometió antes de que el mundo comenzara." El Primogénito, en la gloria de su Persona y la toda-suficiencia de su obra expiatoria, es Fiador de los "muchos hermanos."
En la versión siriaca, nuestro versículo se traduce —"Desde el principio Él los conoció, y los selló con la imagen de su Hijo." ¡Oh, cuánto más gloriosa es la teoría y el ideal de Dios que el de las escuelas y apologistas cristianas! Estos últimos (como hemos visto) representan a menudo la salvación como un gigantesco plan de liberación de la ira; mientras que su fin y objeto es "la conformidad a la imagen de su Hijo." "Según nos escogió en Él, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor" (Efe. 1:4). "Cristo también amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla con el lavamiento del agua por la Palabra; a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha" (Efe. 5:25-27). Regocijaos de que en Él todas las penas hayan sido pagadas —todas las deudas canceladas —y ahora nada queda sino la seguridad y la bienvenida, "Al que a mí viene, no le echo fuera en modo alguno." No permitas que la doctrina inicial de nuestro versículo conduzca a vistas desesperadas y desalentadoras. Que el pensamiento de aquel amor de Dios, en elección y pre-ordenación, tenga más bien una influencia vivificante y estimulante. "Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque si hacéis estas cosas, no caeréis jamás; porque de esta manera os será otorgada amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 Ped. 1:10, 11).
Procurad una conformación gradual pero muy real a la imagen de Cristo. Individualmente, como estrellas solas en los grandes cielos, esforzaos por reflejar la gloria del Sol Central —y luego alzaos a la realización, tal como se da aquí, de la Iglesia colectivamente —uno de muchos hermanos —uno de un poderoso sistema planetario moviéndose en órbitas celestes armoniosas, todos reconociendo relación y lealtad al "Primogénito." Hay seguridad inexpugnable en Él. Él promete una vida conmensurada con la suya propia —"Porque yo vivo, vosotros también viviréis;" —"Transformados de gloria en gloria en la misma imagen." La grandeza del reino —"Entonces los justos resplandecerán como el sol." Sus números —"Una multitud que nadie puede contar." Su perpetuidad —"Como las estrellas para siempre y para siempre."
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: 12. ANTHEM OF THE FIRST-BORN.
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.