Jesús vivió, por lo general, una vida solitaria y retirada. Así tenía que ser. Había mucho en su misión, más en su carácter y aún más en su persona, que desconcertaría la comprensión y alejaría de Él el interés y la simpatía del mundo, obligándole a retirarse a la profunda soledad de su propio ser admirable. La doble naturaleza de Jesús contribuyó esencialmente a la soledad de su vida. El gran misterio de la piedad, Dios manifestado en carne, le habría confinado por sí solo a una órbita de ser infinitamente remota de todos los demás. Pocos podían simpatizar con su perfecta inocencia como hombre, y menos aún con su dignidad esencial como Dios.
Como fue con el Señor, así es, en cierta medida, con el discípulo. La vida espiritual del hombre renovado es un misterio profundo para el no regenerado. Aun entre los santos hallaremos con frecuencia nuestro camino solitario y retirado. ¡Cuánto puede haber en las verdades que profesamos, en la iglesia a la que pertenecemos y aun en los grados más adelantados de la experiencia cristiana, que nos separa en comunión y simpatía de muchos del pueblo del Señor! ¡Ay, que así sea!
La obra de nuestro Señor contribuyó mucho a su sentido de soledad. ¡Cuán expresivas sus palabras: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, y acabar su obra»! Así puede ser con nosotros: la obra cristiana confiada por Jesús puede ser de tal carácter y en tal esfera, que nos aísle en gran manera de la simpatía y el auxilio de los santos. Pero, oh, dulce pensamiento: el Maestro a quien sirves conoce tu esfera de labor señalada, y con su gracia socorredora, su amor que consuela y su sonrisa de aprobación, te acompañará y bendecirá en tu comida solitaria. La tentación de Jesús tornó solitario su camino: estuvo solo con el diablo cuarenta días y noches en el desierto, sin un amigo íntimo ni un discípulo fiel que le hablara una palabra de simpatía. ¿Y no son solitarias nuestras tentaciones? Pero el Tentado lo sabe todo, y no nos dejará contender solos con el tentador, sino que nos sostendrá en esa lucha. La tristeza del alma de Jesús tornó solitario su camino: «Yo he pisado el lagar solo, y de los pueblos nadie había conmigo». ¡Cuán solitaria puede ser tu pena, oh creyente! Pero tu pena es toda conocida de tu amante y compasivo Salvador, cuya sabiduría la señaló, cuyo amor la envió, cuya gracia la sostiene. Que tu labor de amor y tu pena solitaria te arrojen más enteramente sobre el Salvador, te separen más del mundo y te consagren más a Dios; entonces le darás gracias por la disciplina de la soledad como una de las más santas y preciosas bendiciones de tu vida.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Consider Jesus– in Loneliness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.