Juan afirma de Isaías que vio la gloria de Cristo. La gloria del Redentor ha sido siempre un objeto visible al ojo espiritual: lo que el evangelista registra del profeta, lo atestigua también de sí mismo y de sus condiscípulos: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria». Si un hombre no ve la gloria de Cristo, con respecto a todo otro objeto espiritual está totalmente ciego y aún es extraño a la gracia iluminadora del Espíritu Santo. Para ver la gloria del Redentor, el ojo debe ser espiritual, pues un objeto espiritual solo se discierne con un órgano espiritual.
Más aún, tal es la influencia transformadora de esa gloria, que el creyente llega a ser partícipe, en cierta medida, de la misma gloria que arrestó su mirada y cautivó su corazón. Sobre él ha resplandecido la gloria del Señor, ha nacido el Sol de Justicia; se levanta del polvo y brilla revestido de luz que refleja a Cristo. Una contemplación de su hermosura transforma al creyente más y más en «hijo de luz»; y así, mirando perpetuamente a Jesús, el sendero que pisa se enciende y resplandece hasta expandirse en día sin nubes. «Todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria».
Isaías no solo contempló la gloria de Cristo, sino que también «habló de ella». No podía menos que hablar de lo que vio y sintió. ¿Y quién puede contemplar la gloria del Redentor y no hablar de ella? ¿Quién puede ver su hermosura y no ensalzarla, gustar su amor y no alabarlo? La iglesia, al recorrer las hermosuras de su Señor, prorrumpía en expresiones de admiración y, tras particularizarlas, exclamaba como agotando todo lenguaje: «Sí, él es totalmente amable. Este es mi amado, y este es mi amigo».
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - September 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.