La esperanza es fruto del Espíritu; y la ausencia de esperanza, la ausencia cabal y completa de esperanza, estampa la muerte sobre aquella rama nominal en la cual se halla la ausencia de toda esperanza. Pero algunos dirán: «¿No son los hijos de Dios sumidos a menudo en la desesperación?» No; no en la desesperación. A menudo están muy cerca de ella, están en sus bordes; van al mismo borde; las ráfagas de aquella tierra pestífera pueden soplar sobre ellos de modo que en sus sentimientos estén en desesperación; con todo, ningún alma viviente puso jamás su pie más allá del borde, ningún hijo de Dios traspasó jamás la frontera, de modo que entrara en las regiones de la desesperación. Si llegara allí, ya no estaría en «la tierra de los vivientes»; si alguna vez pusiera el pie más allá de la frontera que separa la tierra de la esperanza de la tierra de la desesperación, ya no clamaría al Señor para que salvara su alma del infierno más profundo, sino que sería al punto arrollado por aquellos torrentes que lo arrastrarían a la perdición sin fin.
El infierno es el lugar de la desesperación, y de la conciencia del réprobo antes de ser arrojado a aquellas llamas devoradoras; y por tanto, a menos que sepas cuáles son los sentimientos mismos de los condenados en el infierno, lo cual nunca puedes estar cierto de saber, por mucho que creas conocerlos, o a menos que hayas entrado en los sentimientos mismos de la desesperación en la conciencia del réprobo antes de que el infierno abra sus fauces para recibirlo para siempre, por cerca que hayas estado de los bordes de aquella tierra terrible, nunca podrás decir que tu pie ha cruzado el umbral. No; hay un «¿Quién puede saberlo?», un sostén secreto de «los brazos eternos»; hay un vínculo, un lazo, trenzado en torno al alma por el Dios de toda gracia; hay una cadena de oro que Dios mismo ha dejado caer desde el trono eterno de misericordia y verdad, que guarda al alma de ser jamás arrastrada a aquel remolino, de bajar aquellas tremendas cataratas y ser tragada por el abismo hirviente. Hay un brazo invisible que preserva al alma de ser barrida por las aguas; y esta ayuda secreta se manifiesta por un levantamiento del corazón muchas veces en oración, y por el alivio que a veces se experimenta al derramar el alma en clamores fervientes, sosteniendo a cuantos lo sienten de ser abrumados en el torrente de la desesperación, cuando las compuertas de la ira de Dios parecen abiertas para precipitarla en la miseria eterna. Y por ello no hay hijo de Dios que haya sido vivificado por el Espíritu que no tenga algún grado de esperanza, que lo guarda de hacer naufragio por completo. De modo que no vamos demasiado lejos al decir que la ausencia total de esperanza estampa la muerte sobre un hombre.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: November 23
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.