Padre celestial, ahonda en nosotros este día la contrición por nuestra vileza, como miserables pecadores, ante Tu vista. No ocultamos nuestra miseria. Nuestros labios están prontos a confesar, pero nuestros corazones son tardos en sentir, y nuestros pies renuentes a enmendar nuestros caminos. Traemos a Ti nuestros duros corazones. Quiebra los por Tu Espíritu, y luego cúralos con Tu gracia. Hiérelos hasta lo más hondo, y luego derrama en ellos el bálsamo del Evangelio. Tal es la ceguera de nuestra naturaleza caída, que no podemos ver la deformidad del pecado, a menos que Tú te dignes a desenmascararla. Tal es nuestra insensibilidad, que no podemos odiarlo, a menos que Tú implantes bondadosamente la abominación. Tal es nuestra flaqueza, que no podemos huir de él, a menos que Tu fortaleza nos lo permita. Conscientes de toda nuestra incapacidad, acudimos a Ti en busca de luz, de auxilio, de fortaleza y de bendición.
Sabemos que el pecado es la transgresión de Tu justa ley, y que el mandamiento es espiritual y sumamente extenso. ¿Quién puede decir entonces cuántas veces ofende? Pero pecados sin número nos miran fijamente a la cara. Están amontonados como monte sobre monte. ¡Su altura llega hasta los cielos! Pero su plena extensión está abierta solo ante Tu ojo omnisciente. La carga de nuestras transgresiones conocidas nos abate hasta el polvo. Pero la carga es leve, comparada con la masa que las balanzas de Tu justicia retienen. Poco vemos, porque nuestra luz es parcial y nuestra vista es turbia. ¡Cómo debemos aparecer, vistos por Ti, ante quien ni los mismos cielos son limpios! Aun a Tus santos ángeles les imputas locura. ¡Cuál no será Tu estimación de nuestras almas contaminadas! Humillados por lo que vemos y sentimos; temerosos por lo que solo es conocido de Ti, clamamos mansamente: «¡Perdona todos nuestros pecados, por amor a Jesús!»
Deploramos también las graves agravantes de nuestra culpa sentida. ¡Cuán bueno, más allá de todo pensamiento, has sido para con nosotros! ¡Cuán viles son nuestros ingratos retornos! Todas las facultades, tan misericordiosamente concedidas, han sido usadas como armas de rebelión contra el bondadoso Dador. Como rebeldes, hemos abusado de la fuerza que Tú nos has provisto y de las armas que Tú has preparado. Cuán a menudo hemos entregado nuestros miembros como instrumentos de iniquidad para iniquidad. Nuestras facultades de mente y cuerpo han prestado servicio traidor al vil adversario de Tu reino. La ingratitud deliberada oscurece toda nuestra vida. Nos hundimos en la vergüenza. Clamamos: «¡Dios, ten misericordia de nosotros, miserables pecadores!»
Deploramos nuestra cruel necedad. Sabemos que el camino de los transgresores es duro, que las sendas del mal son ciertamente sendas miserables, y que apartarse de Ti, manantial de todo gozo y paz, es caída en toda aflicción. ¡Y con todo, cuán a menudo, sin resistencia, nos hemos dejado llevar por la corriente del mal! Confesamos nuestra demencia. ¡Oh!, ten piedad de nosotros, perdónanos, te lo rogamos! Vemos la pureza y hermosura de Tu perfecta ley, la dicha de aquellos en cuyo corazón reina, la serena dignidad del andar al que nos llama; sin embargo, violamos diariamente sus preceptos y los pisoteamos con pies despreciativos.
Tu amante Espíritu lucha dentro de nosotros. Nos advierte en las páginas de Tu santa Palabra. Nos habla en providencias estremecedoras. Nos atrae con Sus secretos susurros. ¡Cuán a menudo preferimos más bien los designios y deseos de nuestro propio corazón! ¡Cuán a menudo le resistimos impíamente, y le contristamos, y le apenamos! ¡Cuán a menudo le provocamos a que nos abandone para siempre! La conciencia también nos ha reprendido con voz fuerte, y en nuestro desenfreno hemos ahogado sus fieles dictados. Por todos estos pecados nos lamentamos ante Ti, Padre misericordioso y longánime. Nos golpeamos el pecho, como del todo indignos de la menor de Tus poderosas e insondables misericordias. Oye ahora nuestro clamor, y obra en nosotros, por la omnipotencia de Tu Espíritu Santo, un arrepentimiento más profundo y duradero. Danos cada vez más de aquel dolor piadoso, que siempre teme y tiembla, y sin embargo siempre confía y ama; que siempre está vigilante y orante, y sin embargo siempre está confiado y esperanzado. Que el recuerdo del triste pasado nos vivifique para andar en entera novedad de vida. Concede que, a través de las lágrimas del arrepentimiento, veamos con más claridad el resplandor y las glorias de la cruz que salva.
¡Oh!, bendito Jesús, acudimos a Ti. Nos aferramos a Ti. Nuestras innumerables iniquidades nos condenan, ¡pero Tú las lavarás todas! Nuestras lágrimas de arrepentimiento no pueden borrar una sola mancha. Pero Tu sangre tiene todo el mérito purificador. Nuestras oraciones no pueden merecer perdón. Pero Tu misericordia dice: «Tus pecados, que son muchos, ¡todos te son perdonados!» Cuanto más nos aborrecemos a nosotros mismos, más te amamos. Nuestros viles deméritos encomian Tu glorioso valor. Perdidos en nosotros mismos, vivimos en Ti. Confiando en Ti, jamás seremos confundidos. Óyenos, bendícenos, por amor a Tu amor. Amén.
Fuente y atribución
Autor original: Henry Law
Título original: Family Prayers — MISCELLANEOUS PRAYERS MORNING
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Henry Law, publicado originalmente en Grace Gems.