Nadie puede correr la carrera que le es puesta por delante sino mirando a Jesús. Él está a la cabeza de la carrera; se halla en la meta, sosteniendo en su mano la corona de victoria, que coloca sobre la cabeza del corredor triunfante. Y solo podemos seguir corriendo mientras contemplamos a Jesús, con el ojo de la fe, sentado a la diestra del Padre, abriendo sus brazos benditos para recibirnos en su propio seno al final de la carrera.
Ni puede nadie mirarlo de verdad sino por el don y la gracia especial de Dios. Él debe ser revelado al alma por el poder de Dios; debemos contemplar su gloriosa deidad y su humanidad sufriente con el ojo de la fe, y verlo como el Dios encarnado, el único Mediador entre Dios y los hombres. Debemos ver la eficacia de su sangre expiatoria para purgar una conciencia culpable; la bienaventuranza de su obediencia para justificar a un alma desnuda y necesitada; la dulzura de su amor moribundo como bálsamo y cordial interior frente a los mil males y pesares de la vida. Debemos ver su gloria como el unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad; su idoneidad para toda necesidad y toda llaga; su compasión infinita hacia los pecadores más viles y peores; su paciencia admirable ante nuestros pecados y deslices; su amor inmutable, más fuerte que la muerte; su prontitud para oír, su voluntad de bendecir y su poder para salvar hasta lo sumo a todos los que se acercan a Dios por Él.
Así el corredor celestial no mira al trayecto, por largo que sea, ni al suelo, por áspero que esté, ni a sus propios esfuerzos, por multiplicados que sean, ni a su propia fuerza, mucha o poca, ni a amigos que aplauden ni a enemigos que condenan; sino única y totalmente al Hijo de Dios encarnado. Jesús lo atrae adelante con su gracia invencible. Cada mirada a su hermosa Persona renueva la llama del amor santo; cada visión de su sangre y justicia enciende deseos de experimentar más de su eficacia y bienaventuranza; y cada toque de su dedo sagrado derrite el corazón para conformarlo a su imagen sufriente. Esta es la vida del cristiano: día tras día correr una carrera hacia la eternidad; y, al apresurarse hacia la meta celestial, manifestar su sinceridad y empeño respirando continuamente los anhelos del alma tras las realidades divinas, y avanzando más y más hacia el Señor Jesucristo, que le dará una corona celestial cuando haya concluido su carrera con gozo.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: October 9
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.