Cómo llevar nuestra religión a todas las partes de nuestra vida es la pregunta que a muchos nos desconcierta. No es difícil ser buenos en los tranquilos domingos, cuando nos rodean todas las santas influencias del santuario y del hogar cristiano. En tal ambiente no es difícil pensar en Dios y entregarnos al impacto del Espíritu divino. Entonces es fácil aceptar las promesas y dejar que se enlacen en torno a nuestra debilidad, como los brazos de una madre en torno a la frágil infancia. La mayoría de nosotros tenemos pocos problemas con dudas y temores, o con tentaciones y pruebas, mientras estamos sentidos en los retirados lugares de paz a los que nos conduce el domingo.
Nuestro problema está en llevar esta vida dulce, santa y reposada al mundo entre semana, de trabajo, ansiedad, contienda y dolor. A menudo con el lunes por la mañana perdemos toda la calma del domingo y reanudamos la vieja experiencia de la distracción inquieta. Las restricciones de la piedad pierden su poder, y el entusiasmo por la vida santa, tan fuerte ayer, se apaga en medio de las influencias gélidas del mundo, y volvemos a caer en las viejas malas costumbres y a arrastrarnos de nuevo por los viejos caminos polvorientos.
El domingo nos ha elevado por un día, pero no tiene poder para sostenernos en una elevación continua del alma. Los deberes que vimos con tanta claridad y que resolvimos con tanta firmeza cumplir mientras estábamos sentados en el santuario, hoy no los sentimos pesando sobre nosotros ni con la mitad de la urgencia de ayer. Nuestras altas resoluciones y nuestras excelentes intenciones solo han resultado ser como la nube de la mañana y el rocío temprano. Así, nuestra religión llega a ser para nosotros una especie de lujo, un brillante sueño irreal que solo un día de cada siete irrumpe en la mundanalidad y el egoísmo de nuestras vidas monótonas, dándonos un período de elevación, pero ningún levantamiento permanente.
Es como cuando uno sube de un valle al aire puro de la cima de un monte por una hora, y luego vuelve a descender y a fatigarse como antes, entre las nieblas y en las sombras profundas, sin llevar consigo nada de la inspiración del monte ni del esplendor del monte de vuelta al valle.
Sin embargo, una vida así ha perdido por completo el sentido de la religión de Cristo, la cual no está diseñada para ofrecer meramente un sistema de oasis dominicales a través del desierto de la vida, sin nada entre ellos sino arena y resplandor. Tanto sus preceptos como sus bendiciones son para todos los días. Quien adora a Dios solo los domingos y luego le ignora o desobedece los días laborables, en realidad no tiene verdadera religión. Estamos perpetuamente en peligro de partir nuestra vida en dos, llamando religiosa a una parte y secular a la otra. Cuando los jóvenes entran en la iglesia, se les insta con fervor al deber cristiano, y la impresión que se les da es que el deber cristiano consiste en leer la Biblia y orar cada día, asistir a los medios públicos de gracia, tomar parte activa en alguna de las asociaciones, misioneras o benéficas, que pertenecen a la Iglesia, y en lo privado y personal esforzarse por llevar a otros a Cristo.
Ahora bien, por importantes que sean estas cosas, no son de ningún modo todos los deberes religiosos de ningún joven cristiano, y es una enseñanza muy falaz la que las recalca como si lo fueran todo.
La religión no reconoce división alguna entre lo sagrado y lo secular. "Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios". Es parte igualmente obligatoria del deber cristiano hacer bien el trabajo entre semana como lo es orar bien. "En los negocios de mi Padre me es necesario estar", dijo Jesús en los albores de su juventud; y ¿qué le encontramos haciendo tras este reconocimiento de su deber? No predicando ni enseñando, sino tomando los deberes comunes de la vida común y poniendo en ellos toda su alma. Halló los negocios del Padre en su hogar terrenal, en ser un hijo obediente sujeto a sus padres, en ser un alumno diligente en la escuela del pueblo, y más tarde en ser un carpintero concienzudo. No encontró la religión demasiado espiritual, demasiado trascendente, para los días laborables. Su devoción a Dios no le sacó de sus relaciones humanas naturales para llevarle a un reino de mero sentimiento; solo le hizo más leal aún a los deberes de su lugar en la vida.
Deberíamos aprender la lección. La verdadera religión es intensamente práctica. Solo en la medida en que domina la vida de uno es real. Debemos bajar los mandamientos de la gloria sinaítica en la que primero fueron grabados en piedra por el dedo de Dios, y darles un lugar en los senderos duros y polvorientos del trabajo y la lucha terrenales. Debemos sacarlos de las tablas de piedra y hacer que se escriban en los muros de nuestro propio corazón. Debemos bajar la Regla de Oro de su brillante marco en la enseñanza de nuestro Señor y lograr que se encarne en nuestra vida diaria y real.
Decimos en credo, confesión y oración que amamos a Dios; y él nos dice que, si así es, lo demostremos amando a nuestros semejantes, pues el amor profesado a Dios que no se manifiesta así no es amor en absoluto. Hablamos de nuestra consagración; si hay algo genuino en la consagración, dobla nuestra voluntad a la de Dios, nos conduce a una lealtad que cuesta, atrae nuestras vidas a un ministerio humilde.
"Un acto secreto de negación propia", dice un escritor reflexivo, "un sacrificio de la inclinación egoísta ante el deber, vale más que todos los buenos pensamientos, los cálidos sentimientos y las apasionadas oraciones en que las personas ociosas se complacen".
Estamos demasiado inclinados a imaginar que la santidad consiste en un mero buen sentir hacia Dios. ¡No es así! Consiste en obediencia de corazón y de vida a los requisitos divinos. Ser santo es, en primer lugar, ser apartado para Dios y dedicado al servicio de Dios: "Jehová ha apartado para sí al que es piadoso". Pero si somos apartados para Dios en este sentido, se sigue necesariamente que debemos vivir para Dios. Pertenecemos por entero a él, y cualquier uso de nuestra vida en otro servicio es un sacrilegio, como si uno robara al mismo altar su sacrificio humeante para saciar un hambre común. Nuestras manos son de Dios y solo pueden usarse con propiedad en hacer su obra; nuestros pies son de Dios y solo pueden emplearse en andar por sus caminos y en correr sus recados; nuestros labios son de Dios y solo deben pronunciar palabras que le honren y bendigan a otros; nuestros corazones son de Dios y no deben profanarse con pensamientos y afectos que no sean puros.
La verdadera santidad no es un sentimiento vago: es intensamente práctica. No es otra cosa que someter todo pensamiento y sentimiento y acto a la obediencia a Cristo. Estamos en gran peligro de omitir el elemento de obediencia en nuestra concepción de la vida cristiana. Si lo hacemos, nuestra religión pierde su fuerza y su grandeza, y se vuelve débil, nerviosa y sin vigor. Como uno ha dicho: "Cuidémonos de escoger del evangelio las porciones que nos son gratas, de falsificar la firma de Dios al extracto, y de aplicar la ficción como una droga engañosa a nuestras conciencias violadas. Las bellezas y gracias del evangelio se hallan todas proyectadas sobre un fondo de requisitos tan inflexibles como el Sinaí y el granito. Cristo edificó incluso su propia gloria sobre la obediencia".
Pues bien, es la vida entre semana, bajo la tensión y el esfuerzo de la tentación, mucho más que la vida del domingo bajo el cálido favor de sus condiciones propicias, la que de verdad pone a prueba nuestra religión y muestra qué poder hay en ella. No lo bien que cantamos y oramos, ni cuán devotamente adoramos el domingo, sino lo bien que vivimos, cuán lealmente obedecemos los mandamientos, cuán fielmente atendemos a todos nuestros deberes los otros días, revelan qué clase de cristianos somos en realidad.
Ni podemos ser fieles para con Dios e ignorar nuestras relaciones humanas. "Es imposible", dice uno, "que vivamos en comunión con Dios sin santidad en todos los deberes de la vida. Estas cosas actúan y reaccionan unas sobre otras. Sin una obediencia diligente y fiel a los llamados y reclamos de los demás sobre nosotros, nuestra profesión religiosa está simplemente muerta. No podemos ir de la contienda, las rupturas y las palabras airadas a Dios. El egoísmo, una voluntad imperiosa, la falta de simpatía con los sufrimientos y penas de los demás, la negligencia de los oficios caritativos, las sospechas, las duras censuras de aquellos con quienes nos ha tocado vivir, oscurecerán miserablemente nuestros propios corazones y nos ocultarán el rostro de Dios".
La única palabra que define y describe todos los deberes relativos es la palabra AMOR. Muchas personas entienden que la religión incluye la honradez, la veracidad, la justicia y la pureza, pero no piensan que incluya con igual imperio el desinterés, la consideración, la amabilidad, la paciencia, el buen temperamento y la cortesía. Se nos manda desechar la mentira, pero en el mismo párrafo y con igual urgencia se nos manda que toda amargura, enojo, ira, gritería y mala habla sean quitadas, y que seamos benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros. La ley del amor, en todos sus matices más delicados de aplicación a la actitud, la palabra, el acto y el modo, es la ley de toda verdadera vida cristiana.
Así, la religión del domingo, como un perfume precioso, debe permear todos los días de la semana. Su espíritu de santidad y reverencia debe derramarse por todos los senderos de la vida cotidiana. Sus voces de esperanza y gozo deben convertirse en inspiraciones en todos nuestros cuidados y trabajos. Sus exhortaciones deben ser la guía de mano y pie y dedo, en medio de toda prueba y tentación. Sus palabras de consuelo deben ser como lámparas que ardan y brillen en las habitaciones de los enfermos y en las cámaras del dolor. Sus visiones de belleza espiritual deben traducirse en realidad en la conducta y el carácter.
De modo que en toda nuestra vida, las lecciones del domingo deben vivirse a lo largo de la semana. Los patrones de las cosas celestiales mostrados en el monte deben labrarse en formas de realidad y acto y disposición y carácter. El amor de Dios que así calienta nuestros corazones al pensarlo debe fluir en amor hacia los hombres. Debemos ser cristianos el lunes tanto como el domingo. Nuestra religión debe tocar cada parte de nuestra vida y transformarla toda en la hermosura de la santidad.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Being Christians on Weekdays
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.