«Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree.» Romanos 10:4
Cristo es el objeto de mi fe, Cristo en todos los aspectos de su perfección multiforme. Mi Maestro, mi Redentor, mi Intercesor, mi Buen Pastor, mi Amo y Capitán: ningún monarca tuvo jamás un palacio como el que yo tengo en Él. Ni Salomón, aunque empleó trece años en edificar su suntuosa casa. Ni Nerón en su Casa Dorada sobre el monte Palatino. Ni los príncipes moros en su hermosa Alhambra de Granada. En Cristo encuentro más que todo eso.
Pero Pablo hace bien en hacer mención particular de su obediencia y sacrificio, como aquello en lo que mi fe se apoya con especial satisfacción y deleite. Él es el fin de la ley para justicia para mí, que creo.
Cuando los ojos de mi entendimiento, ciegos por tanto tiempo, se abren al fin;
cuando me conozco por lo que soy, pobre, miserable y merecedor de condenación;
cuando siento que estoy como culpable y criminal ante el tribunal de un Dios santo, y que no puedo responderle ni por la menor y más pequeña de mis transgresiones,
entonces mi principal necesidad es una justicia que me cubra y me justifique. No tengo ninguna propia. La tierra, en toda su extensión y amplitud, no puede procurarme ninguna. Pero Jesús se me presenta cuando mi corazón y mi carne desfallecen. Me ofrece su justicia sin mancha. No hay en ella ninguna falta; y mi fe, consciente de que estoy arruinado y herido de añoranza por Él, dice: «Dame esa, porque no hay otra semejante.»
Desnudo, me visto con este celestial vestido, y el mismo Dios se complace. Soy hoy su caballero de la Cruz Roja, y el escudo que me ampara está hecho de un solo Diamante, «perfecto, puro y eterno».
Fuente y atribución
Autor original: Alexander Smellie
Título original: The Hour of Silence — Romans 10:4
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Alexander Smellie, publicado originalmente en Grace Gems.