La vida de Cristo para cada día

Cristo envía a setenta discípulos

Cristo envió a setenta para anunciar el evangelio y pedir obreros para la mies. Les advirtió de sufrimientos y rechazos, pero también del consuelo del Padre y de que su palabra no volverá vacía.

Esta comisión a los setenta discípulos se parece mucho a la comisión a los doce apóstoles que leímos hace algún tiempo. Como era necesario que los doce apóstoles estuvieran por lo general con su Maestro, Jesús designó a otras setenta personas para predicar el evangelio en diversas partes del país.

Los envió a todo lugar adonde él mismo había de venir. Todavía hoy envía a sus fieles siervos delante de su rostro. Cuando ellos aparecen, podemos esperar ver a su Maestro venir poco después en el poder del Espíritu. Pero como setenta hombres eran muy pocos para instruir a todos los que perecían por ignorancia, Jesús les mandó orar para que Dios enviase obreros a su mies. ¿No hay causa aún para ofrecer esta oración? Hay muy pocos ministros y misioneros esparcidos por el mundo. Cuando amanece el día de reposo, ¡cuán pocos se gozan al ver sus resplandores!

Antes de que los setenta salieran, Jesús les informó lo que debían esperar en sus jornadas. Debían esperar sufrimientos (v. 3): «He aquí os envío como corderos en medio de lobos». Debían esperar que su mensaje fuera a veces rechazado (v. 10): «En cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban». Esos hombres que se asemejaban a lobos maltratarían a los corderos de Cristo. Debían esperar que Dios inclinara a algunos a recibirlos y a ser bondadosos con ellos. Si todos fruncieran el ceño, sus espíritus quedarían totalmente abatidos. Pero el Señor es un Padre demasiado tierno para permitir que sus hijos permanezcan sin ningún aliento. En el momento necesario, una voz amiga los anima y una mano amiga los sostiene.

El Señor Jesús también instruyó a sus discípulos sobre lo que debían hacer en sus viajes. No debían llevar consigo provisiones ni vestidos, sino confiar en la promesa de Dios de proveer para ellos (v. 4): «No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado». Los misioneros que vivieron después de la ascensión de Cristo recibían con gratitud dones de sus convertidos antes de partir a enseñar a las naciones paganas (véase la tercera epístola de Juan, vv. 5, 6). Es deber de los cristianos proveer para las necesidades de los misioneros; pero estos setenta discípulos se hallaban en circunstancias peculiares y recibieron auxilio peculiar. Debían darse prisa en entregar su mensaje y no perder tiempo en muestras inútiles de cortesía: «A nadie saludéis por el camino». Debían pronunciar bendiciones sobre todos los que los recibieran, diciendo: «Paz sea con vosotros». Debían aceptar la comida que se les ofreciera, pero no buscar mejor mesa yendo de casa en casa. Debían confirmar la verdad de su mensaje sanando a los enfermos. Debían advertir a sus enemigos sacudiendo el polvo de sus pies al partir de su ciudad.

El Señor concluyó sus instrucciones pronunciando ayes sobre las ciudades favorecidas de Corazín, Betsaida y Capernaúm. El viajero puede presenciar cómo las predicciones del Señor se cumplieron en la destrucción temporal de aquellas ciudades, pues hasta sus nombres han perecido. ¿Por qué habló a los setenta acerca de la culpa de esas ciudades? Para recordarles cómo él mismo, el Hijo de Dios, había sido rechazado por las ciudades en las que más frecuentemente predicó, y así prepararlos para un trato semejante. Nuestros corazones orgullosos están listos para rebelarse cuando descubrimos que nuestras instrucciones no producen efecto alguno en los corazones de los hombres. Pero ¿podemos quejarnos de la falta de éxito, cuando recordamos cómo nuestro Señor parecía fatigarse en vano? Con todo, hubo unos pocos que lo recibieron: la mujer de Tiro, la pecadora que lloraba, y el padre afligido que clamó: «Ayuda mi incredulidad». ¡Cuán delicioso es que se nos permita fortalecer a un creyente que tiembla, o rescatar a un miserable extraviado! Y esto debemos recordar para nuestro consuelo: si no vemos el fruto de nuestro propio trabajo, los que vengan después de nosotros recogerán el beneficio, porque la palabra del Señor no volverá a él vacía.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ sends out seventy disciples

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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