La vida de Cristo para cada día

Cristo libera al endemoniado que vivía entre los sepulcros

La historia del endemoniado muestra la malicia de los demonios, el poder de Cristo y la maldad del hombre. Sin el poder de Cristo, ni un alma escaparía de la perdición. Su compasión nos alcanza hoy.

La historia del pobre endemoniado ofrece un ejemplo notable de la malicia de los demonios, del poder de Cristo y de la maldad del hombre.

¡Cuán grande fue la malicia de los demonios que asaltaron a este pobre hombre! Lo llevaron a habitar lugares solitarios entre los sepulcros, pues en aquellos días las tumbas solían hacerse en parajes solitarios, entre collados estériles y rocas. Separado de la compañía de sus semejantes, pasaba sus días miserables gritando y lacerando su propia carne; y cuando sus amigos, misericordiosamente, le ataron las manos con cadenas y los pies con grillos, rompió estas ataduras y escapó de nuevo a su morada desolada. Así se convirtió en terror del vecindario y en tormento de sí mismo.

Este es el estado al que los demonios reducirían a todos los hombres si les fuera permitido ventear su malicia. Reducen a muchos a un estado espiritual semejante al del endemoniado, tentándolos a huir de Dios y de sus santos, a habitar entre los impíos, y urgíéndoles a resistir todo intento de hacerles bien y darles felicidad.

La malicia de los demonios no se limita a los hombres. Les place atormentar aun a los brutos. Estos demonios deseaban ardientemente entrar en los cerdos, y luego los precipitaron por el despeñadero y los hundieron en una tumba acuática. Con este acto mostraron lo que habrían hecho al hombre de no haber sido refrenados; con gusto lo habrían arrojado al abismo de la destrucción eterna. No hay un solo alma que pudiera escapar de la perdición si no fuera por el poder de Cristo. Aun los demonios tuvieron que reconocer su poder. Creían y temblaban. No podían hacer nada sin su permiso. Veían en Él a su futuro juez, que al fin los condenaría a la prisión en el lago de fuego. Entre tanto, tenían grande ira, sabiendo que les quedaba poco tiempo para ventear su malicia, como leemos en Apocalipsis 12:12. Ese poco tiempo es aún más corto hoy, y Satanás sigue siendo diligente en aprovechar este breve espacio para esforzarse por ensanchar su reino.

Vemos en la conducta de los dueños de los cerdos un ejemplo de la maldad del hombre. Sin conmoverse ante la vista de aquel que, poco antes espectáculo de terror, era ya manso y pacífico, solo pensaron en la pérdida de su hacienda.

¿No prevalece la misma disposición ahora? Muchos muestran celo por la religión mientras no interfiera con sus ganancias; pero en cuanto corren peligro de sufrir la menor pérdida por el progreso del evangelio, se quejan y prefieren dejar perecer a las almas antes que volverse más pobres.

Jesús no se asombró de este terrible caso de depravación humana, pues Él sabía lo que había en el hombre. Tan grande fue su compasión por aquellos hombres impíos, que mandó al pobre ser que había liberado procurar reconquistar a sus insensibles compatriotas. Con la misma compasión debemos mirar cada prueba de la naturaleza caída del hombre. ¿No hemos deseado nosotros mismos, en tiempos pasados, que Jesús se apartara de nosotros, temiendo que interfiriera con nuestros planes mundanos? ¡Con cuánta paciencia ha soportado nuestras injurias! Si ahora sentimos el valor de nuestras almas, nos consterna el recuerdo de aquellos días en que preferíamos un próspero destino terrenal al conocimiento celestial. Y si ahora amamos al misericordioso Salvador, no podemos soportar el pensamiento del tiempo en que no nos importaba su presencia, esa presencia que ahora estimamos como nuestra suprema felicidad.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ delivers the demoniac who dwelt among the tombs

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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