Cristo es hecho santificación para su pueblo (1 Corintios 1:30). ¿Qué soy yo? ¿Qué eres tú? ¿No somos inmundos, contaminados y profanados? ¿No sentimos algunos de nosotros, más o menos diariamente, del todo como una cosa inmunda? ¿No es todo pensamiento de nuestro corazón del todo vil? ¿Habita alguna santidad, alguna espiritualidad, alguna mente celestial, alguna pureza, alguna semejanza a la imagen divina en nuestros corazones por naturaleza? ¡Ni un grano! ¡Ni un átomo! ¿Cómo, pues, puedo yo, pecador contaminado, ver jamás el rostro de un Dios santo? ¿Cómo puedo yo, gusano de la tierra, corrompido dentro y fuera por el pecado innato y el cometido, esperar ver a un Dios santo sin encogerme hasta la perdición?
No puedo verle, sino en la medida en que el Señor de la vida y de la gloria es hecho santificación para mí. ¿Por qué habrán de asustarse tanto los hombres ante la «santificación imputada»? ¿Por qué no ha de imputarse a su pueblo la santidad de Cristo así como la justicia de Cristo? ¿Por qué no han de estar santificados en él, así como justificados? ¿Hay algo en Jesús, como Mediador Dios-hombre, que no tenga para su pueblo? ¿Tiene alguna perfección, algún atributo, algún don, alguna bendición, que no sea para su uso? ¿No se santificó a sí mismo para que ellos fueran santificados por la verdad? ¿No es él el santo Cordero de Dios, para que ellos fueran «santos y sin mancha delante de él en amor»? ¿Qué es mi santidad, aun la que Dios se digne impartirme? ¿No es, a decir poco, escasa? Pero cuando consideramos la santidad pura y sin mancha de Jesús imputada a su pueblo, y los contemplamos santos en él, puros en él, sin mancha en él, ¡cómo disipa toda arruga de la criatura y los hace estar santos y sin mancha delante de Dios!
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 8
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.