El Señor trata con su pueblo de diversas maneras. A veces hace que todo marche sin contratiempos; otras veces permite que surjan dificultades. Cuando Jacob salió de la casa de su padre, fue animado en su camino por una visión de ángeles, y llegó a salvo a la morada de su tío; pero cuando José salió de su casa, fue asaltado por sus hermanos y vendido como esclavo en Egipto. El Señor sabe cuándo decretar pruebas y cuándo otorgar prosperidad.
Salomón lo sabía cuando dijo: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora», es decir, todo propósito de Dios. Luego enumera diversos tiempos: «tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de llorar, y tiempo de reír» (Ecl. 3). Hubo tales tiempos diversos en la vida de los apóstoles. Cuando su Maestro los envió por primera vez a predicar, les mandó no proveer nada para el camino. Dijo: «No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino» (Mat. 10:9-10). Ellos obedecieron este mandato, y en la última cena testificaron que nada les había faltado durante el viaje. Los discípulos de Jesús pueden testimoniar siempre que su Señor ha cumplido sus promesas: ni una sola ha fallado jamás, ni fallará.
En esta ocasión el Salvador dio a los apóstoles instrucciones distintas de las que antes les había dado. Les pidió que tomaran no sólo alforjas y bolsas, sino incluso espadas. ¿Por qué dio esta orden? Para prepararlos ante las grandes tribulaciones que se les venían encima. Sabía que ahora pocos estarían dispuestos a darles comida, y que muchos desearían quitarles la vida, porque su Maestro pronto sería crucificado como un criminal. ¿Quién favorecería a los seguidores de un Maestro crucificado? Les recordó estas palabras de Isaías 53: «Fue contado con los pecadores». Uno de los sufrimientos que el Salvador padeció fue el DESHONOR. Fue muerto como un malhechor, con malhechores, y del modo en que se daba muerte a los malhechores. Los discípulos de tal Maestro deben esperar deshonor. No deberían sorprenderse cuando sean insultados, vilipendiados y falsamente acusados.
Pero ¿debían defenderse con la espada? Sabemos que no. Cuando Pedro tomó una de aquellas dos espadas y cortó la oreja del siervo del sumo sacerdote, su Señor lo reprendió y dijo: «Todos los que tomen espada, a espada perecerán». Si Jesús hubiera querido que sus siervos lucharan, no habría dicho que dos espadas bastaban. La única espada que deben usar es la espada que su Maestro esgrimió cuando fue atacado por el príncipe de las tinieblas en el desierto: la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Efe. 6:17).
Cuando vengan sobre nosotros las tentaciones, usemos esa espada. Satanás no puede resistirla. Si Pedro la hubiera usado en aquella noche terrible en que su Señor fue condenado, no lo habría negado. No sabemos qué grandes tentaciones pueden pronto asaltarnos. Dios a menudo hace muy llana la primera parte del camino de un creyente, porque conoce su debilidad y no lo probará por encima de sus fuerzas. Pero llegará un día malo. ¿Cómo permaneceremos firmes en ese día? No con nuestra propia fuerza. Debemos tomar ahora toda la armadura de Dios: la coraza de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu. Vestidos con esta armadura, debemos velar y orar, y entonces podremos resistir todas las asechanzas del diablo (Efe. 6:11).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ prepares the apostles for approaching danger
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.