La vida de Cristo para cada día

Cristo se niega a condenar a una pecadora

Los fariseos intentaron atrapar a Jesús con una mujer sorprendida en adulterio, pero su palabra turbó la conciencia de los acusadores y los hizo retirarse. A ella le dijo: ni yo te condeno, vete y no peques más.

¡Cuánta sabiduría mostró el Señor Jesús en la manera en que hizo frente a los astutos designios de los judíos! Los fariseos habían intentado en vano apoderarse de él por la fuerza, y ahora procuraban atraparlo por el fraude. Nicoduso, en el concilio, había preguntado: «¿Acaso nuestra ley juzga a algún hombre antes de oírlo y saber lo que hace?». Los fariseos parecen haber tomado estas palabras como pista para hallar alguna acusación contra el Señor. Pensaban que al llevar a esta mujer ante él lo colocaban en un dilema del que no podría escapar; porque si la condenaba, podían acusarlo ante los romanos de entrometerse en el gobierno, y si la absolvía, podían decir que contradecía la ley de Moisés, por la cual ella estaba sentenciada a morir.

¡Pero cuán completamente se confundieron todas sus expectativas! Deseaban oír al Señor pronunciar sentencia contra la mujer, pero se vieron compelidos a oírle pronunciar sentencia contra ellos mismos. Pues cuando respondió: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra», la conciencia de cada acusador fue turbada, y uno tras uno toda la banda de enemigos se retiró avergonzada de su presencia.

La conciencia puede dormir largo tiempo, pero a menudo se despierta de pronto. Dios puede despertarla cuando le place. A veces, en esta vida, pica al pecador y lo obliga a confesar sus iniquidades. Pero su poder se conocerá mejor en el día del juicio, cuando todos los impíos sean hechos sentir la justicia de su propia condenación.

Mientras los judíos culpables huían del templo, el Señor estaba inclinado a escribir en el suelo. Aparentemente no había levantado la vista para observar su confusión. Pero después que se fueron, se irguió para hablar a la pecadora. ¡Allí estaba ella, en medio! ¡Cuán terrible era su situación en aquel momento! Estaba en presencia de quien podría haberla condenado a destrucción eterna. En vez de condenarla, comenzó a conversar con ella: «Mujer, ¿dónde están los que te acusan? ¿Nadie te condenó?». Su respuesta estuvo llena de reverencia y temor: «Nadie, Señor». ¡Con qué sentimientos debió ella aguardar las siguientes palabras del Señor! Estuvieron llenas de misericordia y también de santidad: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más».

Jesús no vino al mundo para actuar como juez terreno; pero en adelante condenará a los impíos, así como salvará a los justos. Esta mujer comparecerá ante él en el día del juicio; entonces oirá que es perdonada o condenada. No sabemos nada de su historia después de esta entrevista. ¿Fue su corazón atraído al Señor por su trato misericordioso, o salió de su presencia para precipitarse en nuevos crímenes? Es algo terrible abusar de la misericordia. ¿Podemos recordar algún momento en nuestra vida en que parecíamos estar a punto de recibir el castigo debido a nuestros pecados, y cuando el Señor, en vez de tratar con nosotros como merecíamos, nos perdonó? ¿No debería tal paciencia ganar nuestro amor? Hubo una joven moribunda que aprendió por primera vez a amar al Salvador leyendo el relato de su trato con esta pecadora. Aunque nunca había cometido transgresiones abiertas, sabía que era pecadora y necesitaba perdón. Al leer esta historia, sintió que Jesús era infinitamente graciosos, y creyó que él no la echaría fuera.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ refuses to condemn a sinful woman

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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