"Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores." 1 Timoteo 1:15
El apóstol se refiere aquí a un acontecimiento del todo sin paralelo en la historia del universo. Nunca hubo una visita como la que el Señor de la vida hizo a este lejano planeta. Dejar él un mundo...
tan glorioso — por uno tan aborrecible;
de dicha inefable — por uno de la más profunda miseria;
de pureza inmaculada — por uno lleno de las más viles abominaciones.
Pero aparecer en tal región, por extraño que fuera, no es nada, al fin y al cabo, comparado con las circunstancias reales que acompañaron su venida. Él mismo se hizo hombre, y en nuestra naturaleza soportó...
la mayor pobreza,
el mayor oprobio,
los sufrimientos más pesados y prolongados,
la muerte más cruel y deshonrosa.
"El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!" Filipenses 2:6-8
¡Con qué interés palpitante podemos suponer que las huestes angélicas, al contemplar el asombroso espectáculo, habrían sido llevadas a preguntar: cuál podía ser el objeto de todo aquello? ¿Qué había para justificar un acto tan inmenso de condescendencia; para requerir tan extraña combinación de las perfecciones más sublimes de la Deidad con las mayores necesidades y las más bajas condiciones de la humanidad; para justificar tal trueque de los arrobamientos y dignidades del cielo por las múltiples tristezas y degradaciones de la tierra? Un sacrificio tan prodigioso, un gasto tan generoso del tesoro eterno debió de tener referencia a un fin de magnitud sobresaliente; un fin junto al cual la creación de mundos puede considerarse insignificante y despreciable. Y cuando se nos asegura que aquel fin fue "salvar a los pecadores", ¿nos es posible exagerar los intereses trascendentales que ello entraña?
Tal fue el propósito que trajo al Hijo de Dios, "el resplandor de la gloria del Padre, y la imagen misma de su sustancia", desde la gloria celestial; que le llevó a apartar sus vestiduras de majestad divina, a ser contado con los transgresores, y a expirar, en vergüenza y agonía, sobre el árbol maldito. Durante toda su carrera terrenal, este fue el objeto en el cual tenía constantemente fijos sus ojos, y que absorbía sus pensamientos y energías indivisos.
"Todos los caminos de la ambición humana," se ha observado, "estaban abiertos ante él — pero los pasó todos de largo. Todos los reinos del mundo, y su gloria, fueron puestos a sus pies — pero los miró como si no los viera. Con una sola palabra podría haber iluminado los misterios más oscuros de la filosofía — pero no quería así envilecer su misión; no quería restar un solo momento a la enseñanza de aquella ciencia superior: el conocimiento de la salvación. Tenía oídos solo para un sonido — y era la voz de la penitencia que imploraba perdón; la voz del temor y la culpa consciente, que deprecaba la venganza del fuego eterno y clamaba por alivio. Tenía ojos solo para un espectáculo — y era la miseria del hombre; el espectáculo de un mundo invadido, arruinado, perdido, y que avanzaba encadenado hacia el pozo de la perdición. Este objeto llenaba toda la esfera de su visión; no podía ver nada más; y de haber estado vacantes todos los tronos de la tierra, y le hubieran invitado a aceptarlos, no lo habría inducido a apartarse un solo paso del camino que conducía directo a la cruz."
¡Lector! ¿Ha sido realizado en tu caso el gran diseño de la misión del Redentor? Para ello, es indispensable que recibas el testimonio que Dios ha dado acerca de él, como fiel y verdadero; y también que lo acojas tal como se le ofrece libremente en ese testimonio, como toda tu salvación y todo tu deseo. "En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios."
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Faithful Saying
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.