Dios, en todas las épocas, se ha complacido en dejar que los asuntos lleguen a un extremo antes de enviar la liberación; enseñando con ello a su pueblo paciencia, y a esperar hasta el fin; y haciendo también que la liberación fuera más gloriosa, y su cuidado de ellos más manifiesto, de lo que de otra manera habría sido. ¿Por qué, entonces, magnifico yo cada dificultad hasta convertirla en una montaña que no puede ser removida, y desconfío de aquel poder divino que todo lo puede, y hasta el mayor extremo?
Ahora, para dispersar estas oscuras y lúgubres nubes que se ciernen sobre mi mente y me causan gran inquietud, eche una mirada a su proceder divino con su pueblo, desde los días antiguos a lo largo de muchas edades.
Vea, pues, a Abraham: el padre de los creyentes es anciano y avanzado en años, y Sara ha pasado largamente la edad de tener hijos. Sin embargo, ese extremo es la oportunidad de Dios; pues nace aquel en cuya simiente serían benditas las naciones.
Pero, de nuevo, el joven Isaac, por autoridad divina, ha de ser ofrecido en sacrificio, ¡y eso por nadie menos que su anciano y afectuoso padre! Ni la orden de sacrificar a su hijo es revocada hasta que el altar se erige, la leña se dispone, el muchacho es atado y colocado sobre la leña, ¡y la mano extiende el cuchillo para dar el golpe mortal! ¡Ahora bien, qué extremo de extremos fue este! Pero ni siquiera entonces fue demasiado tarde para que Dios lo librara.
Otra vez, la errante Hagar no ve el pozo tan pronto como se agota el odre de agua; pero después de haber dejado al muchacho sediento y haberse apartado a buena distancia de él, para no oír sus lamentos ni verlo luchar con los estertores de la muerte, ¡Dios le abre los ojos, dispersa sus temores y quita sus tristezas!
También el justo Lot escapa de Sodoma solo el mismo día en que esta fue destruida, y fue destruida al comenzar el día. ¡Un escape estrecho en verdad! Acaso los cielos tronaban alrededor de la azufre, y el fuego caía tras él mientras huía. Sin embargo, estaba suficientemente seguro bajo la protección de aquel para quien el extremo es la más noble de las oportunidades.
Mire también a Jacob al volver a casa. Está angustiado porque su herbro lo recibe de manera tan hostil; pero cuando ha dispuesto su pequeña compañía para huir o para enfrentar las bandas armadas, el abrazo fraterno disipa la duda y alegra su alma.
José ha de ser ensalzado, pero primero es vendido por sus hermanos, luego vendido otra vez como esclavo, y luego hecho prisionero. Pero, en el último extremo, cuando ya no podía caer más bajo, fue elevado hasta que, por así decirlo, no pudo ser levantado más alto. Así también, la tristeza de su anciano padre, que todo este tiempo había mezclado sus otros consuelos con amargura, se intensifica con el relato de sus hijos acerca de los tratos rudos del hombre que era señor de Egipto. Pero de esta desesperación y miseria, Jacob es en un instante colocado en un palacio de deleite, ¡al oír que aquel mismo gobernador es su propio hijo, su amado, su llorado José!
Otra vez, la promesa es que Israel será librado de Egipto y poseerá la tierra prometida; pero ¡vea con qué astucia los tratan sus enemigos, y qué designios homicidas se forman contra ellos! Sí, cuando la liberación comienza a alborear, su tarea se duplica, y su servidumbre se vuelve casi intolerable. Tal fue su extremo antes de ser sacados con mano poderosa. Más aún, después de esto, su peligro parece mayor que nunca, pues, perseguidos por enemigos más encolerizados que nunca, tenían mares infranqueables delante e inaccesibles colinas por todos lados. Sin embargo, la Omnipotencia no está nunca falta de recursos para librarlos, de modo que los mares se apartan y son la defensa de su pueblo, pero la ruina de sus enemigos.
Este modo divino de proceder, librando en el mayor extremo, resplandece también en toda la historia de los Jueces; en los escapes estrechos del fugitivo David; en el caso de la viuda de Sarepta, cuyas provisiones estaban casi agotadas antes de concederse la bendición que las multiplicó; en el de su hijo después, y en el de la sunamita, que parecía más allá de toda posibilidad de socorro, cuando fue devuelto a la vida; en la súbita liberación de Ezequías y Jerusalén de los asirios sitiadores, cuyos valientes y caudillos un ángel más poderoso mató en una noche, hasta el asombroso número de 185.000. También en la admirable historia de los tres jóvenes hebreos, que son apresados, atados y arrojados al horno ardiente, ahora caldeado siete veces más para recibirlos. ¿Qué puede ayudarlos ya? Pues sí, en medio del horno caminan libremente, en presencia de una persona gloriosa, cuyo aspecto es semejante al del Hijo de Dios.
Tal fue la notable liberación del piadoso Daniel de las garras de los leones, cuando fue echado entre sus fauces sangrientas y dejado toda una noche a merced de los fieros devoradores. Y la de Jonás del mar embravecido y del vientre del pez, que para él fue como el seno del infierno. Y, en fin, la de los judíos del cautiverio, que fueron hasta Babilonia, y allí fueron librados. Y estos, llevados al extremo, no perecieron en Babilonia, sino que fueron librados de la manera más gloriosa.
Esta fue la manera en que trató con su iglesia y su pueblo bajo la dispensación del Antiguo Testamento, por muchos cientos de años; y continuó bajo la dispensación del Nuevo Testamento. Vea, pues, cómo nuestro Señor dilata su ida a Lázaro, no solo para librarlo de la enfermedad, sino para resucitarlo de entre los muertos, lo cual fue una manifestación más gloriosa de su poder divino. Tal fue también su proceder con la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naín, que parecían cautivos de la muerte, hasta que el Señor de la vida ordenó su liberación, y eso en un momento en que, por insinuarlo, se burlaron de Él como quien propone algo imposible de realizar.
Vea cómo también, en el extremo máximo de peligro, rescata a su apóstol Pedro, por un ángel del cielo, que despierta al prisionero dormido, lo guía entre los guardias y lo conduce, ante quien las puertas y verjas se abren por sí solas, y lo dejan pasar a perfecta libertad.
¿Qué, pues, es difícil para Dios? ¿Qué extremo está fuera del alcance y de la fuerza de su brazo? Sí, ya que se complace en retardar las bendiciones y las liberaciones hasta lo último, es mi deber esperar en Él hasta lo último, y esperar con esperanza, ¡y en paciencia poseer mi alma!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: EXTREMITIES
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.