Esta historia contiene un hermoso ejemplo del cuidado de nuestro Salvador por su pueblo. En otra ocasión los discípulos se alarmaron porque Jesús dormía cuando se desató una tormenta. ¡Cuánto más temor debieron sentir ahora que Él estaba ausente! Sin embargo, debería haberlos consolado recordar que Él mismo los había obligado a entrar en la barca. Evidentemente estaban en el camino del deber. ¡Cómo podría sobrevenirles algún mal! Es un gran consuelo para nosotros cuando podemos sentir con certeza que estamos haciendo la voluntad de Dios; pues cualquiera que sea el problema que nos amenace, podemos confiar en que Jesús traerá alivio en la tormenta. Por el contrario, cuando actuamos con terquedad, tenemos razón para alarmarnos ante cada dificultad que se presenta y para temer que Dios nos castigue por nuestra obstinación.
Sin embargo, la fe de los discípulos era tan débil que, aunque sabían que estaban en el camino del deber, se alarmaron por la tormenta; y cuando vieron a Jesús caminando sobre el mar, se asustaron aún más, pensando que era un espíritu. No sabían que, mientras Él oraba en el monte, los había visto «remando con dificultad» y venía de la manera más admirable en su rescate.
Pedro, de carácter cálido e impetuoso, dijo: «Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre las aguas».
¿Por qué hizo Pedro esta petición? ¡El amor la sugirió! ¿No deseaba afectuosamente estar con su Señor? La fe le permitió acatar el mandato: «Ven». Sin embargo, este amor y esta fe estaban mezclados con ignorancia de sí mismo y confianza en sí mismo. No conocía la debilidad de su propio corazón; se imaginaba con cariño que amaba al Señor más que sus hermanos y que su fe era más fuerte que la de ellos. Sobre las olas aprendió una lección humillante. Su mente no descansaba únicamente en Cristo; en parte se gloriaba en sí mismo, y pronto el tumulto de los vientos y las olas sacudió su fe, y comenzó a hundirse. Pero su fe, débil como era, no falló, pues clamó al Señor que lo salvara.
Si Pedro hubiera aprendido la lección de este acontecimiento, se habría ahorrado la amarga pena, así como el terrible pecado, de negar a su Señor. Si sobre las olas hubiera aprendido a desconfiar de su propio corazón, en el atrio no habría experimentado su engaño. Si reflexionamos sobre los acontecimientos de la providencia, hallaremos que Dios a menudo permite que ocurran en miniatura los sucesos que después se repiten en mayor escala. Un acto de obstinación en la juventud se permite que produzca malos resultados; pero la misma obstinación en una época posterior se manifiesta de nuevo y es seguida de peores consecuencias. El engaño que David practicó en la corte de Aquis lo enredó en muchas dificultades; pero el Señor lo libró de todas ellas. Fue culpable de un engaño más profundo y más vil en el asunto de Urías, y quedó enredado en una red de la que nunca fue liberado en esta vida. Es muy provechoso repasar nuestra conducta pasada, para aprender las lecciones que el Señor quiere enseñarnos y evitar los males que ya hemos experimentado.
¿Somos, como Pedro, propensos a aventurarnos presuntuosamente en escenas de tentación y a desear pruebas de nuestra fe? ¿Acaso la experiencia pasada no nos muestra cuán débiles y necios somos? Son los que temen la tentación quienes son sostenidos cuando se exponen a ella. Son los que sienten su falta de idoneidad para ocupar puestos importantes quienes son fortalecidos al ser elevados a ellos. No pidamos a la ligera que Jesús nos mande ir a Él sobre las aguas; pidámosle más bien que venga Él a nosotros en la barca. Con todo, el Señor no abandona a sus siervos, aun cuando su propia temeridad y falta de fe los han metido en dificultades. ¡No! aun entonces los oye cuando claman. El que extendió su mano al Pedro que se hundía extenderá su misericordia a cada uno de nosotros en toda angustia. El clamor «Sálvame, o perezco» conmueve el corazón del Salvador, así como el llanto del infante despierta la ternura de la madre. Nunca, pues, nos desalentemos de mirar a Cristo en busca de auxilio. Ninguna locura pasada nuestra puede endurecer su corazón contra nosotros, cuando por la fe acudimos a Él en nuestra angustia.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. He walks upon the sea
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.