«Un río se desborda a causa de las presas y diques que se levantan contra él. Así también, nuestra corrupción innata, cuanto más se le opone, más se enfurece y crece. Las corrupiones rugen contra los frenos, hasta que las aguas se desatan.»
Esta figura es acertada. Los deseos corruptos suelen permanecer quietos hasta que se les opone con earnestez, y entonces se hinchan y rugen. El hombre piadoso se propone con resolución vencer un hábito pecaminoso, y, como una bestia acorralada, este pelea con uñas y dientes como si le fuera la vida en ello.
Cuanto más ora,
cuanto más se mortifica,
cuanto más evita el pecado,
más parece este imponérsele con fuerza.
El agua discurre con facilidad por el lecho del río mientras nada la estorba; pero levántese un dique, o intente contener la corriente, y al momento se encrespa y ruge, y despliega toda su fuerza.
Así, el pecado puede estar quieto; pero cuando la gracia entra en el corazón, este revive, resiste y alza rebelión, poniendo el alma en un horrible tumulto.
No debemos pensar que la obra de santificación se haya detenido, solo porque las pasiones impetuosas se perciban con mayor claridad y el poder de la carne se lamente más profundamente. Es posible que la energía del pecado innato se vuelva tanto más manifiesta porque, mediante la gracia divina, se le resiste con más ahínco.
Hay tiempos en el hombre impío en que todo marcha con suavidad, y la corriente de su vida fluye apacible; pero, no obstante, toda la corriente está contaminada desde el manantial hasta la desembocadura, aunque él no lo sepa.
La corriente interior de la vida del hombre piadoso rara vez es así engañosamente apacible. La vieja naturaleza del cristiano es resistida a cada paso por su fe, su arrepentimiento, sus oraciones y demás diques y terraplenes de la gracia; de ahí el choque de las olas, y el rugir y el hincharse del torrente maligno. Aun la pura corriente del río del agua de la vida, que fluye en él desde el trono de Dios, por un tiempo solo provoca mayor tumulto. Las aguas no se mezclan, y por ello contienden unas con otras hasta que el hombre queda en la posición de la nave de Pablo cuando cayó en un lugar donde se encontraban dos mares. En verdad, la entrada de Cristo en el corazón, aunque termina en reposo definitivo, por un tiempo no trae paz, sino espada.
Cuando un hombre sueña que está bien y, por tanto, cesa de luchar contra sus pecados secretos, todo parece marchar bien. Pero que mire en las profundidades de su corazón, y contemple las corrupciones que allí duermen, y que procure expulsarlas: entonces comenzará la batalla, junto a la cual la contienda del guerrero y los vestidos enrollados en sangre son como nada. Comienza el fiero conflicto, y el corazón queda desgarrado en pedazos por los bandos opuestos.
No desesperemos mientras este fiero combate dura. Nuestro trabajo interior y la dura contienda terminarán en perfección inmortal, que es la consumación de la obra del Espíritu en el alma. Él sofocará la oposición, y a su tiempo secará los ríos del pecado innato, destruyendo sus mismos manantiales, y dando a su pueblo descanso inefable y deleite inefable.
Oh, Señor mío, dame gracia para refrenar toda inclinación mala dentro de mí. Cuanto más perciba que estos afanes malignos se encrespan y se rebelan, más resuelto pueda yo estar en contenerlos y en que no salgan con la suya. Solo ayúdame, Señor, y conforme la lucha se vuelva más ardua, que tu gracia se vuelva más abundante. Ciertamente en este conflicto todo poder debe venir de ti, pues solo tú puedes impartir la fuerza que necesito. Levántate, oh Señor, ¡que no prevalezca el pecado dentro de mí!
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: Corrupt desires will often lie quiet
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.