La vida de Cristo para cada día

Cuando la incredulidad enmudece

Pedir una señal tras haberla recibido es injuriar la verdad de Dios; el silencio de Zacarías nos enseña a humillarnos y a agradecer con corazón tierno las misericordias que el Señor nos concede.

Zacarías quedó tan asombrado por el mensaje del ángel que quiso ver alguna señal o milagro que probara que el ángel venía de parte de Dios. ¿Por qué fue malo en Zacarías desear una señal? Porque ya tenía una. La aparición gloriosa del ángel, que le había llenado de temor, era señal suficiente. Dios no quiere que creamos las cosas sin ninguna prueba. Si enviara un profeta para hablarnos, nos daría alguna señal que mostrara que el profeta venía realmente de él. Cuando Moisés habló a los israelitas en Egipto, les dio dos señales: su vara se convirtió en serpiente, y su mano se volvió blanca de lepra (Éxodo 4). Dios se enoja cuando los hombres no creen después de haberles dado una señal. Fue pecado en Zacarías no creer después de haber visto al ángel glorioso. Así hallamos que, aunque era justo delante de Dios, aún estaba sujeto al pecado.

La incredulidad es un gran pecado, porque es un insulto a la verdad de Dios. El ángel reprendió al sacerdote incrédulo, diciendo: «Quedarás mudo». Esta suave corrección quitaría a la vez las dudas de Zacarías y le recordaría su pecado. Así trata Dios a su propio pueblo cuando olvida cuán grande es él.

Zacarías salió al fin del templo. Se esperaba entonces que bendijera al pueblo con aquellas hermosas palabras registradas en Números 6:24-27, que comienzan: «Jehová te bendiga y te guarde»; pero no podía hablar, y hacía señas para mostrar al pueblo lo que había visto en el templo. Cada turno de sacerdotes permanecía para servir en el templo de un sábado a otro; así que, al cabo de unos días, Zacarías volvió a su casa entre las colinas. ¡Qué historia tenía que revelar a Isabel! Pues podía informarle por escrito. ¡Qué prueba contempló ella del poder de Dios en el silencio de su esposo! Debemos notar los tratos de Dios con los demás. «¿Quién es sabio y guardará estas cosas, y entenderá las misericordias de Jehová?» (Salmo 107:43).

¡Con cuánta humildad y gratitud se comportó Isabel en esta ocasión! Reconoció la bondad del Señor por haberse dignado mirar su aflicción, pues había estado expuesta a mucha reprensión por no tener hijos. Cuando los males se alejan, solemos pasar por alto la mano misericordiosa del Señor. Quizá hemos estado sufriendo alguna prueba: la dureza de un pariente, el temor de una enfermedad o la presión de la pobreza; Dios quita la prueba y olvidamos cuánto pesaba sobre nosotros antes, y así omitimos dar al Señor gracias sinceras.

Un santo ministro llamado Rutherford, en una de sus cartas, escrita hace doscientos años, dice que una de las cosas que más le mostraron su propia maldad por naturaleza fue sentirse más dispuesto a invocar al Señor en la angustia que a darle gracias cuando era librado. Pensemos en las cosas que nos afligieron hace unos años y bendigamos la mano que ha aliviado nuestra carga.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Unbelief of Zacharias

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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