Ahora que mis ojos comienzan a fallar, es un presagio seguro de que pronto serán cerrados en la muerte. Ya es hora de que las cosas de este mundo pierdan su encanto, cuando debo mirarlas a través de anteojos; y muy oportuno que las cosas celestiales me arrebaten, puesto que estoy tan cerca de un estado futuro.
Aun cuando mi vista no necesitara tal ayuda, bien podría pronto dormir en la muerte. Pero por mi creciente ceguera, puedo ver que pronto dejaré de contemplar al hombre y las cosas de la tierra. Cuando el oído se vuelve sordo, el gusto embotado, los miembros débiles, los dientes pocos y los ojos oscuros, seguir aún encantado con las cosas sensuales es un caso melancólico más allá de toda descripción. Los jóvenes y fuertes, ya que saben que son mortales en cada etapa de la vida, nunca deberían ser sorprendidos por la muerte; pero que un anciano, cuyos sentidos comienzan a fallar, sea tomado por sorpresa por la muerte, es una consumada insensatez.
A medida que mi vista falla, debo sostener los objetos más lejos de mí, a fin de reunir los rayos y verlos con nitidez; lo cual puede advertirme que cuanto más tiempo viva en el mundo, las cosas del tiempo deberían verse como situadas a una distancia cada vez mayor de mí; que una separación final entre ellas y yo debe pronto tener lugar; y que, por tanto, mis meditaciones deberían dirigirse hacia el estado eterno. A estas alturas, mi ojo puede estar fatigado de escenas de vanidad y pecado, y tiene razón de anhelar perspectivas más nobles.
En vez de quedar completamente ciego al avanzar en años, sólo estoy privado de parte de mi vista, para enseñarme a estimar y aprovechar lo que queda, y prepararme para perder el resto en la muerte. Mientras bendigo al Cielo por el invento de los anteojos, que hace tan cómoda la vejez, lloro los desperdicios de mi época juvenil, que ya no puedo hacer volver. Pero, si pudiera hablar a los jóvenes de toda condición y de toda tierra, les diría: ¡leed mucho; leed seriamente; leed para la eternidad, mientras vuestra vista está en su plenitud!
Es conmovedor llevar los ojos en la cabeza y la vista en el bolsillo, pues si salgo sin mis anteojos no puedo leer ni una palabra en el libro de la vida hasta que regrese; pero entonces, que tenga mi memoria atesorada con la palabra de promesa, con las palabras del Santo.
Tal es la vanidad de nuestra mente, que procuramos ocultar a nuestros semejantes el declive de nuestra vida; los cuales sufren el mismo declive, y quizá también luchan por ocultarlo. Pero, por nuestro uso de anteojos, proclamamos a todos que caminamos al borde de la tumba, y que hemos envejecido.
Si me acostumbro a los anteojos por un tiempo, quizá olvide estas reflexiones y la creciente fragilidad de mi cuerpo. ¡Ojalá nunca ponga los anteojos sobre mi nariz sin recordar que la muerte pronto pondrá su mano sobre mis ojos y los cerrará para siempre! ¡Oh, entonces, a medida que el ojo de mi cuerpo se vuelve cada día más oscuro, que el ojo de mi alma se vuelva cada día más luminoso; y absteniéndome de mirar las cosas que se ven, que son temporales, fije mis ojos en las cosas que no se ven, y que son eternas! Y cuando llegue el día en que daré la última mirada a las cosas creadas, la mirada de despedida a todos mis amigos y parientes, por muy cercanos y queridos que sean, que mi alma, en el pleno día de la eternidad, en los rayos del mediodía de la gloria, levante su ojo sin nubes y se deleite en todas las perfecciones de Dios, en todas las hermosuras del Cordero, ¡y sea semejante a él para siempre, porque le ve tal como él es!
A algunos ancianos la vista les vuelve; pero su juventud ha partido para siempre. Así es este día conmigo; mi juventud se ha ido, y estoy bien avanzado en la vida; y, a la vista de una vida mejor, me despido de ésta, y doy la bienvenida a la vejez y a la muerte.
Los diversos períodos de la vida marcados por el declive son sólo como los hitos en el camino que me dicen cuán cerca estoy del fin de mi viaje, de la casa de mi Padre. Pero no importa cuán frágil se vuelva este cuerpo: será formado semejante al cuerpo glorioso de Cristo, y hecho espiritual, incorruptible. No importa cuán oscuros se vuelvan estos ojos: ¡pronto verán a Dios y contemplarán con creciente asombro y vigor inagotable todas las glorias del cielo! No importa cuánto tambaleen estos miembros: ¡pronto estarán eternamente de pie delante del trono! ¡Oh, cómo triunfo en el declive de la naturaleza; y, en medio de las tormentas del invierno, canto del verano eterno bajo la sonrisa de Dios!
Los horrores de la tumba, los dolores de mi última enfermedad y los gemidos de la muerte son sólo males sombríos e imaginarios, comparados con aquellas glorias sustanciales que esperan ser reveladas cuando aquéllos pasen rápidamente. No importa que las aflicciones y las pruebas, que los hombres y los demonios, que la tierra y el infierno, como un ejército de enemigos enfurecidos, me acompañen hasta la misma puerta de la gloria. La omnipotencia me defiende mientras estoy en tierra enemiga; y, al ser admitido en la bienaventuranza, sobre el muro del cielo, desafiaré a todas las furias del infierno, y entrando en el gozo de mi Señor, me uniré a los aleluyas sin fin de los redimidos.
Pero cuando la vista del pecador no salvo comienza a fallar, ¿qué puede esperar? Cuando sus ojos se cierran en la muerte, ¿qué puede esperar? Sólo ver todos los horrores del abismo, todos los tristes espectáculos de la condenación, y todas las tormentas y tempestades de la ira de Dios derramándose sobre él por una eternidad sin fin.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: On the author's first using eye-glasses
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.