"No juzgamos que una espada sea buena simplemente porque cuelga de un cinturón dorado, o porque está engastada en una empuñadura enjoyada."
Tampoco ha de valorarse una doctrina porque un orador refinado la pronuncie en un discurso espléndido con palabras deslumbrantes. Una mentira no mejora por estar adornada con frases poéticas y expresiones altisonantes. Sin embargo, la mitad de nuestra gente lo olvida, y la oratoria deslumbrante los fascina. ¡Ay, pobres simples!
Los mismos errores se cometen con los hombres, que siempre deberían ser estimados según su valor natural, y no según su posición y su cargo.
¡Qué equivocaciones cometeríamos si consideráramos que todos los seguidores de hombres piadosos son necesariamente piadosos! ¡Ay! El mismo Señor tuvo a su Judas, y hasta el día de hoy cuelgan espadas de metal quebradizo del cinturón dorado de muchos profesantes. ¡Un hombre no es santo por ocupar un cargo santo, ni por repetir palabras santas!
No; la prueba de la solidez de una espada se halla en la batalla. ¿Se torcerá su filo en la refriega, o cortará a través de una cota de malla?
Así también, ¿resistirá nuestra fe la aflicción?
¿Nos será de provecho cuando estemos cuerpo a cuerpo con el enemigo?
¿Nos aprovechará en la hora de la muerte?
Si no, podemos colgarla del cinturón deslumbrante del gran conocimiento y empuñarla por la empuñadura enjoyada de una alta profesión de fe, ¡pero ay de nosotros!
Señor, dame la verdadera hoja de Jerusalén de la fe infantil en ti, y que nunca me contente con una mera imitación de ella.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: Lord, give me the true Jerusalem blade!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.