La soledad endulzada

De la noche oscura al mediodía eterno de la gloria

Como la noche, la luna y el sol marcan el mundo natural, así el pecado, la gracia y la gloria marcan el alma; anhelemos el Sol de justicia que brilla sin ocaso.

Tres cambios acaecen en el mundo NATURAL: 1. la noche negra y oscura; 2. la luna hermosa y hermosa; 3. los resplandores brillantes del mediodía.

Los mismos prevalecen también en el mundo RACIONAL: Está la noche negra y oscura del estado natural, en la cual se sientan las naciones no convertidas. Está la hermosa luz de luna de la gracia, en la cual caminan los santos hasta ser admitidos en el eterno resplandor de la gloria en los cielos más altos.

Al principio la noche estaba sobre la faz del abismo, hasta que Dios dijo: «Sea la luz», y dispersó las tinieblas eternas con su rayo manifestante. Así toda alma no solo está en tinieblas, sino que es tinieblas mismas, hasta que es hecha luz en el Señor. Estas tinieblas serían eternas si los divinos rayos no irrumpieran en el alma y disiparan el awful lóbrego.

Hay una vasta desproporción entre aquellas noches cubiertas de nubes gruesas y pesadas, cuando la luna no brilla y ni una estrella aparece, sino que los cielos airados se abren en truenos tremendos, como si estuvieran a punto de llevar nuestra destrucción desde las cámaras del cielo, mientras los relámpagos deslumbrantes, solo como tantas antorchas, fulguran para hacer más solemnemente lúgubre nuestro funeral.

Y hay también aquellas noches en que ni una estrella queda oculta, sino en la belleza de la luna de rostro lleno, que derrama un día en comparación de la noche anterior, a través de los cielos serenos, sobre la tierra silenciosa, donde no se siente el menor aliento de viento ni se oye la menor confusión.

Pero la desproporción es aún mayor entre los que permanecen en su estado natural y los que son renovados en el espíritu de su mente. Pues el pobre pecador vive en perpetuo temor de ser consumido por los truenos airados y devorado por la ira del Todopoderoso; ni es su caso menos deplorable por su insensibilidad, pues al fin será despertado con venganza, cuando hallará su miseria consumada, sin ninguna posibilidad de redención. Pero el santo feliz tiene un cielo entero brillando sobre él, todas las perfecciones divinas sonriendo en su rostro, todo tranquilo a su alrededor y todo en paz dentro. Ni las aflicciones de ninguna clase, ni de ninguna cantidad, ni de ninguna duración, pueden arrebatarle esta paz que sobrepasa todo entendimiento.

Ahora bien, tenemos esta agradable luz de luna propiamente del sol, siendo parte de sus emanaciones recibidas por ella y reflejadas sobre nosotros. Así todas las bellezas y excelencias de la gracia son como tanta gloria divina vista a través de un espejo, o reflejada sobre nosotros desde la palabra de verdad, por la operación y bendición del Espíritu de toda gracia.

De nuevo, si solo disfrutáramos de noches hermosas por la luna sin nubes y el cielo transparente, y supiéramos que esta luz procedía del sol, ¡cuánto anhelaríamos el día, para ser iluminados contemplando aquel orbe brillante! Sin embargo, dudo mucho que pudiéramos concebir el sol según aquel brillo trascendente con el cual ilumina el extenso cielo. Podríamos concebirlo hermoso como la luna y mucho mayor, pero jamás podríamos formarnos idea cabal de sus ardientes rayos, sus rayos insoportables y su deslumbrante resplandor, demasiado brillantes para ser contemplados por nuestros débiles ojos.

Así también, mientras tantas excelencias y tanta belleza se hallan en las cosas sagradas, en la verdadera piedad, aquí en este día de gracia, que es todo parte de la gloria de Emanuel reflejada, ¡cuán divinamente brillante debe brillar el Sol de justicia arriba! ¡Qué amable belleza! ¡Qué rayos que asimilan! ¡Qué perfecciones adorables! ¡Qué magníficas emanaciones! ¡Qué deleites cautivadores! ¡Qué majestad y esplendor han de manar de él arriba! Nuestros pensamientos rebotan en nosotros y nuestras aprehensiones fallan cuando pensamos en su gloria infinita. Este sol creado, que tanto admiramos, desaparecería en presencia de uno de sus rayos más remotos, como ocurrió cuando Pablo fue convertido.

¡Qué brillo, qué resplandor, qué emanaciones donde él derrama en torno toda su gloria! ¡Ni nube, ni eclipse, ni niebla, ni mengua, ni ocaso para disminuir su blaze eterno! Ciertamente, ahora nuestros pensamientos están a oscuras acerca de este Sol de justicia y Fuente de gloria. Cuando seamos admitidos a la visión perfecta, hallaremos que nuestras aprehensiones más claras y nuestras comprensiones más brillantes de él aquí abajo diferían solo en pequeño grado de la ignorancia. ¡Cuán ineffable, cuán inconcebiblemente glorioso debe él brillar arriba, cuando sobre los bienaventurados contempladores en torno al trono, la vida desciende en cada rayo, la asimilación en cada haz, y el transporte y el deleite en las eternas emanaciones de todas sus perfecciones divinas!

¿Cómo es, pues, que cuando he visto algo de la belleza de la gracia, no tengo más deseo de ver todas las excelencias de la gloria? ¿Cómo es que no tengo más deseo de volverme del espejo reflejante y verle cara a cara? ¿Cómo es que no tengo más deseo de escalar el muro detrás del cual él se encuentra y verle tal cual es? ¿Cómo es que no tengo más deseo de cambiar la mirada fugaz por una contemplación eterna de él en su gloria? ¿Cómo es que no vigilo con más interés la luz de la mañana y no miro con más anhelo el amanecer del día eterno? ¿Acaso ha de preferirse la noche al mediodía? ¿O los gozos creados a los placeres que rebosan en la presencia divina? Acaba, pues, tu obra en mí, y glorifícate a ti mismo por mí, antes que yo vaya de aquí y no sea más. Entonces, por la misma gracia diré yo, y con la misma sinceridad con que fue pronunciado al principio: «Tengo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor!»

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: The Threefold State

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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