La obra de la gracia en el alma, desde sus mismos comienzos, penetra profundamente en su sustancia más íntima. Hiere y abre la conciencia a la mirada de la Pureza y Santidad infinitas. «La entrada de tus palabras da luz» —es decir, su misma primera entrada. «La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón». Toda convicción, para ser verdadera, debe ser profunda. El campo debe ser arado, roto y surcado antes de que la semilla halle un lecho donde germinar y crecer.
Mucho ha de hacerse en el corazón de un pecador antes de que Cristo habite en él por la fe o sea formado en él la esperanza de gloria. El corazón es naturalmente muy duro; espinas, cardos y zarzas cubren su superficie; las malas hierbas del orgullo y la concupiscencia han echado raíces profundas. Hace falta mucho arranque de estos pecados del pecho, así como de nuestra justicia propia y santidad carnal, de la fuerza y suficiencia de la criatura, para prepararnos a recibir una salvación por gracia, separarnos del mundo y de los falsos profesantes, amargar las cosas amadas del tiempo y de los sentidos, y llevarnos a suplicar misericordia al pie de la cruz. La primera obra de convicción, pues, ha de ser profunda, o al menos cabal, para hacer lugar a Cristo y a su salvación.
Lo mismo ocurre con toda manifestación o descubrimiento del Señor Jesucristo, toda aplicación de su sangre, toda visitación de su presencia o derramamiento de su amor: estas realidades divinas no flotan en la superficie, sino que se hunden y penetran hasta lo más profundo del alma. ¡Cuán pronto se pierde y olvida todo lo que el bendito Espíritu no escribe él mismo en el corazón! Muchos dicen: «¡Qué bien hemos oído!», pero todo se pierde antes de volver de la casa de oración. Leen un capítulo, cierran la Biblia, y con ella se cierra también lo que han leído. Muchos tienen punzadas pasajeras de convicción y deseos pasajeros, sin dar prueba de vivir bajo las unciones del Espíritu. Ese Espíritu divino no deja tan fácilmente ir a los santos de Dios: los sostiene firmes en la obra de convicción hasta herirlos de muerte; y cuando bendice, sana tan hondo como hirió, y revela el evangelio con el mismo poder con que aplica la ley.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 21
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.