Dios ha hecho lo sumo que su sabiduría infinita dictaba para establecer el fundamento más sólido de la confianza. Ha hecho absolutas e incondicionales todas las promesas del pacto de gracia. Si la fe simplemente creyera esto, ¡qué «sólido consuelo» brotaría en el alma! Toma, por ejemplo, esa promesa tan grande y preciosa: «Clámame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás.» ¡Qué joya deslumbrante, qué gema brillante es esta! Cuántos ojos llorosos han captado su brillo y han olvidado su miseria, como aguas que pasan. Mientras otros, mirándola con fijeza, han dicho: «Esta promesa conviene exactamente a mi caso, pero ¿es para mí? ¿Es para uno tan vil como yo, que por mi propia indiscreción, insensatez y pecado he atraído sobre mí esta angustia? ¿Puede uno tal clamar a Dios y ser oído?» Pero la promesa permanece en la palabra de Dios, absoluta e incondicional. No hay en ella una sola sílaba sobre la cual el más indigno de los hijos del dolor pueda fundar razonablemente una objeción. ¿Es ahora para ti un «día de angustia»? Dios no hace excepción sobre cómo, ni por quién, ni de dónde vino tu angustia. Basta con que sea para ti tiempo de angustia, que estés en tristeza, en dificultad, en prueba: Dios te dice: «Clámame en el día de la angustia; yo te libraré.» Renuncia, pues, a tu incredulidad, abraza la promesa, y contempla a Jesús mostrándose a través de su celosía abierta.
Toma aún otra promesa gloriosa: «Al que a mí viene, no le echo fuera.» «Esta es justo la promesa que mi pobre, culpable y ansioso corazón necesita», exclama un alma temblorosa y angustiada por el pecado; «pero ¿me atreveré, con todo mi pecado, miseria y pobreza, a tomar mi descanso en Cristo? ¿Qué? ¿Puedo yo, que he sido tan largo tiempo enemigo de Dios, tan despreciador de Cristo, tan descuidado de mi alma y burlador de su gran salvación, acercarme con una esperanza temblorosa pero segura de que Cristo me recibirá, me salvará y no me echará fuera?» ¡Sí! Puedes. La promesa es absoluta e incondicional, y, magnífica y preciosa como es, es tuya. «Al que a mí viene, no le echo fuera. Satanás no me persuadirá, el pecado no prevalecerá contra mí, mi propio corazón no me obligará; sí, nada me inducirá a echar fuera a ese pobre pecador que viene a mí, cree mi palabra, se refugia en mi gracia y se esconde en mi pecho traspasado: no le echaré fuera.»
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Morning Thoughts - November 23
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.