"Oíd otra parábola: Había un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó con un muro, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores y se fue lejos."
La parábola se interpreta a sí misma. El pueblo de Israel estaba familiarizado con el uso de la viña como imagen o ilustración de sí mismo. Los profetas la habían empleado. Es fácil explicar la parábola en su sentido histórico, pero también tiene una referencia a nosotros. Dios está continuamente plantando viñas y dejándolas al cuidado de los labradores. Ha puesto una a tu cuidado: es tu propia vida. Ha plantado en ella muchas vides que, si se cultivan y se cuidan bien, producirán frutos abundantes. Ha puesto un cerco alrededor de ella: los muros y defensas de tu propio hogar y de la Iglesia, y las restricciones y salvaguardias de las amistades y asociaciones cristianas. No naciste en una tierra pagana, con la vida abierta y sin cerca como un terreno público, para ser pisoteada por todo pie impío. Dios ha hecho para su viña toda provisión necesaria para su fructificación. Está bien regada: las influencias de la gracia divina fluyen a lo largo de toda tu vida. Ha hecho por su viña todo cuanto podía hacer. Ahora es tuya para guardarla y cuidarla, no como dueño, sino como arrendatario. No eres tuyo; perteneces a Cristo (véase 1 Corintios 6:19); tu vida es suya, y debes guardarla y cultivarla para Él. En realidad, eres uno de los arrendatarios de Dios. Él te ha "asignado" una pequeña viña, cuyo cuidado y cultivo son tu responsabilidad. No te obliga a obedecerle, a guardar tu corazón ni a dar fruto; eres libre, pero te hace responsable del modo en que cuidas tu viña.
La analogía continúa: "Cuando se acercó el tiempo de la cosecha, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos." Esta era la manera en que los labradores debían pagar su renta; cada año habían de dar al dueño una cierta proporción de los frutos de la viña. Dios espera que le devolvamos algo de los frutos de la viña que nos ha asignado. Le pertenece, y ha hecho todo lo necesario para hacerla fructífera. Espera una "renta" adecuada. La renta de esta viña no se pagaba en dinero, sino en el fruto de la viña misma. Esto es sugerente. Dios no se conforma con la mera entrega de dinero o de una porción de los bienes terrenales que puedan pertenecernos. Por supuesto, nuestro dinero es parte de nuestra viña y también debe pagar renta; una parte de sus frutos o ganancias debería devolverse a Dios, a quien en realidad todo pertenece. Pero la viña propiamente dicha es nuestra propia vida, y debemos pagar nuestra renta a Dios, el dueño, en los frutos de nuestra vida: en amor, obediencia, adoración, honor y servicio. Ninguna cantidad de dinero satisfará jamás a Dios si no le amamos también y hacemos su voluntad.
Esta ilustración, tan propia de los negocios, de nuestra relación con Dios es muy sugerente. Somos sus arrendatarios, y todo lo que somos y todo lo que tenemos le pertenecen. Todo arrendatario debe pagar una renta adecuada, o no puede permanecer en la propiedad que se le ha asignado. Cuanto mayor sea nuestra viña y mayores nuestros privilegios y bendiciones, más renta debemos pagar. Si no hacemos un retorno adecuado, estamos robando a Dios.
La recepción dada a los siervos enviados a recibir la renta no fue meramente descortés; fue cruel y un acto de rebelión: "Los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron y a otro apedrearon." Los siervos que vienen a nosotros son aquellos que Dios nos envía para llamarnos al deber. Por supuesto, ninguno de nosotros trata a los mensajeros que Dios nos envía como su antiguo pueblo trató a los profetas. No golpeamos a nuestros maestros y predicadores. No los apedreamos ni los matamos. Somos muy amables con ellos. Les mostramos cortesía. Incluso los amamos mucho y, por regla general, escuchamos con gran respeto lo que tienen que decirnos. Jamás pensaríamos en arrestarlos y meterlos en la cárcel o en aserrarlos por medio. Sin duda, entonces, esta parte de la parábola no puede tener ninguna aplicación a nosotros.
Pero esperemos un momento. ¿En qué misión son enviados los siervos? ¿Cuál es su petición hacia nosotros? Vienen a recoger la renta que debemos a Dios, a recibir los frutos que le corresponden. No golpeamos a los mensajeros, pero ¿les concedemos lo que en nombre de Dios nos piden para Él? ¿Renunciamos a nuestros pecados cuando nos lo piden? ¿Entregamos nuestro corazón a Dios y comenzamos a amarle, a obedecerle y a vivir para Él cuando nos piden estas cosas? Somos muy respetuosos con los siervos de Dios, pero seguimos en nuestros caminos malos, y ellos no llevan de vuelta nada de nosotros, ningún fruto, al Dios a quien pertenecemos. Tratamos a los mensajeros con gran honor, pero el mensaje lo despreciamos, y a Aquel que nos lo envía lo rechazamos y lo descuidamos. Nada hay más triste para el corazón de un pastor o maestro que esto: que mientras aquellos a quienes lleva el mensaje de Dios le tratan con la mayor cortesía y el más tierno amor, y son amables con él, no aprenden a honrar a Dios ni a amarle y servirle.
"Entonces envió a ellos otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera." Leemos la historia del trato de Dios con su antiguo pueblo y nos maravillamos de su paciencia admirable con ellos. Aunque trataron tan mal a sus siervos, Él siguió enviando a otros. Parecía no cansarse jamás de intentar bendecirlos. Pero ¿no es esta nuestra propia historia tan realmente como lo fue la de ellos? Apenas tenemos edad para entender algo, Dios comienza a enviarnos mensajeros: madres amorosas, padres fieles, pastores piadosos, maestros y amigos, las voces de la conciencia, de las Escrituras, del Espíritu, la dirección de la Providencia. Pero oímos los llamados y luego seguimos como antes, sin hacer caso, despreciando, pecando. Pero Dios no se cansa. Continúa enviando sus mensajeros. Esto no solo es cierto de los impenitentes, sino que a cada creyente le envía una y otra vez, buscando frutos, y no hallando ninguno. Nunca podremos medir la paciencia de Dios. Pero debemos recordar que habrá un último llamado.
"Por último, les envió su hijo." Marcos dice: "Aún le quedaba uno, un hijo amado. Finalmente se lo envió también a ellos" (Marcos 12:6). Hay una patetismo incomparable en estas palabras cuando pensamos en ellas como referidas a Dios y definiendo los actos de su amor y misericordia. Todo lo que le quedaba ahora era su hijo. Sus siervos habían sido todos enviados, y el último de ellos había sido muerto. No había otro mensajero que pudiera enviar si no enviaba a su hijo. Si lo daba, lo daba todo, pues no tenía muchos hijos, sino uno, su unigénito. "Finalmente se lo envió a ellos." No retuvo nada, no escatimó ni siquiera a su propio hijo, en su gran deseo de reconciliar a los hombres consigo. Así, el envío de Jesús fue la culminación de una larga historia de actos bondadosos de amor.
Hay otro pensamiento aquí. Lo envió al final. Entonces no hay mensajero de misericordia después de Jesús. Él es el mejor y último don de Dios. No hay nada más que ni siquiera Dios, en su poder y amor infinitos, pueda hacer para inducir a los hombres a reconciliarse. Cuando los hombres rechazan a Cristo, desechan su última esperanza de misericordia; pierden su última oportunidad. No se enviará ningún otro mensajero; no puede enviarse ninguno.
"Este es el heredero. Venid, matémosle y apoderémonos de su heredad." Los gobernantes mataron a Jesús para que el poder siguiera siendo suyo. Hay muchos hoy que rechazan a Cristo por una razón muy parecida. Piensan que el modo de obtener libertad, placer y ganancia es apartar por completo a Cristo de sus vidas. Hacerse cristianos interferiría demasiado con sus planes, quizá con sus negocios o con su placer. Piensan que los cristianos hacen grandes sacrificios. Pero la Biblia lo presenta de manera muy distinta. Nos dice que los que reciben a Cristo, en lugar de perder, ganan una herencia gloriosa; se hacen hijos de Dios, y si hijos, también herederos de una herencia imperecedera. Los gobernantes mataron a su mejor amigo cuando mataron a Jesús. De haberle aceptado, habrían recibido su herencia, haciéndose "coherederos con Cristo" (Romanos 8:17). Al rechazarle y matarle, perdieron la misma herencia que creían apoderarse. Los que ahora rechazan a Cristo rechazan al único que podía darles vida eterna. Puesto que Cristo es el último mensajero de la misericordia de Dios a los hombres, el rechazo de Él es el desechar la última esperanza de misericordia.
"La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo." No consideraron a Jesús adecuado para ser su Mesías, y así le rechazaron; ahora, sin embargo, Él es el Rey de gloria. Los mismos hombres que le rechazaron y le crucificaron, cuando despierten en la mañana del juicio, verán a Aquel a quien así despreciaron sentado como su Juez. Pero, de nuevo, no debemos aplicarlo solo a los primeros que le rechazaron. Muchas personas hoy consideran a Cristo inadecuado para ser su Señor. No juzgan un honor ser llamados cristianos. Se avergüenzan de confesar su nombre o de alistarse entre sus seguidores. No desean edificar su vida sobre Cristo. Pero Él tiene ahora el honor supremo en el cielo. Los ángeles más altos no se avergüenzan de confesar su nombre. Los espíritus redimidos le alaban día y noche. El Padre le ha exaltado al trono del poder y de la gloria. ¿Por qué, entonces, han de avergonzarse los hombres pecadores de reconocerle como su Señor? Deben recordar, además, que Dios le ha hecho la piedra angular de todo el edificio no hecho con manos. Ninguna vida que no esté edificada sobre Él puede sostenerse. Si los hombres han de ser salvados alguna vez, ha de ser por este mismo Jesús a quien ahora rechazan.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Two Parables of Judgment
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.