Esta es la misma aparición del Señor que la registrada por Lucas. Ocurrió en la tarde, después de la resurrección. Es la primera reunión registrada de los seguidores del Salvador crucificado. Fue la primera de una larga serie de asambleas cristianas. En este momento, ¡en cuántas partes del mundo congregaciones adoran a aquel que padeció sobre la cruz! Nuestra familia se reúne ahora en honor de su nombre. Pero, ¿se parecen nuestros sentimientos a los de los primeros discípulos? ¿Amamos a Jesús? ¿Anhelamos sinceramente verlo? Si él estuviera ahora de pie en medio de la sala, ¿estaríamos sumamente gozosos? Hay muchos que se llaman cristianos que no aman a Cristo. No se gozarían de verlo.
Cuando el Salvador resucitado entró en la sala donde los discípulos estaban congregados, las puertas estaban cerradas por miedo a los judíos. Es evidente que estaban con llave o aseguradas para mantener fuera al enemigo. Fue fácil para aquel que acababa de romper los cerrojos de la muerte abrir aquellas puertas.
Lucas refiere que en esta ocasión comió en presencia de sus discípulos. Esto lo hizo para mostrar que era hombre. Pero también mostró que era Dios. Sopló sobre sus discípulos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo.» En aquel mismo momento recibieron el Espíritu Santo, aunque no de manera tan abundante como después de que Jesús ascendiera.
Cristo nunca nos da mandamientos sin capacitarnos para cumplirlos. Mandó a sus apóstoles a predicar el Evangelio, y, para capacitarlos a predicarlo, les dio el Espíritu Santo. Con este don sus entendimientos fueron iluminados más que nunca antes. Pero los apóstoles no podían perdonar pecados. Solo aquel contra quien se comete el pecado puede perdonarlo. ¿Por qué, pues, dijo Jesús a sus apóstoles: «A quienes remitáis los pecados, les son remitidos»? ¿No los capacitó para saber a quién él perdonaría?
Cuando los hombres que habían crucificado a su Señor acudieron a ellos en agonía de congoja, diciendo: «Varones hermanos, ¿qué haremos?», los apóstoles supieron qué responder. Sabían que Cristo perdonaría a sus verdugos, y contestaron: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.» Sabían también a quién Dios no perdonaría. Cuando Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo, Pedro los consignó a ambos a muerte instantánea.
¿Cuál es la mayor bendición que los pecadores pueden recibir? ¿No es el perdón de los pecados? ¿Deseamos saber si nuestros pecados son perdonados? En los escritos de los apóstoles hallaremos reglas establecidas para examinarnos. ¿Hemos confesado con verdadera tristeza nuestros pecados y pedido perdón en el nombre de Jesús? Entonces hemos obtenido misericordia. Pues el apóstol Juan ha declarado en su primera epístola: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ bestows the Holy Spirit on his disciples
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.