La tierra prometida

El alma añorante de su hogar celestial

Los cristianos de los primeros tiempos miraban la muerte y el juicio no con espanto, sino con anhelo; un ejemplo preeminente es el apóstol Pablo, que ansiaba partir y estar con Cristo, y nos llama a examinar dónde está nuestro corazón y nuestro tesoro.

Es una verdad indudable que existe una marcada diferencia entre los seguidores de Cristo de los tiempos pasados y la gran masa de quienes hoy llevan su nombre. Comparar a los cristianos de la era apostólica con los del tiempo presente es, en lo que a estos últimos respecta, una tarea mortificante y dolorosa. La disparidad es grande en muchos aspectos, especialmente respecto a los sentimientos con que los primeros contemplaban la llegada de la muerte y las escenas iniciales del mundo eterno. La muerte no era para ellos, en modo alguno, el rey de los terrores; y en cuanto al día del juicio, solo pensaban en él en relación con la venida de Aquel que era su Libertador y Amigo. En lugar de quedarse atónitos o retroceder con espanto, miraban y anhelaban aquella esperanza bienaventurada y la gloriosa aparición del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Así fue, de manera preeminente, con el apóstol Pablo. Nunca un extranjero que partiese de una tierra lejana contempló con mayor éxtasis la nave en la que habría de embarcarse rumbo a casa, que el gozo con que él se regocijaba en su próxima partida. Ya había sido favorecido con un atisbo de las glorias de arriba, y ¡con qué ardor resplandeciente se apresuraba hacia delante a fin de obtener la plena posesión del premio! «¡Oh bendito mundo que he visto!», exclamaría a menudo, «¿cuándo lo contemplaré de nuevo? ¿Cuándo su esplendor estallará ante mi vista arrobada? Comparado con él, ¿qué hay aquí en la tierra que capte mis afectos y gane mi corazón? Todos los honores de la tierra, todos los tronos de los imperios, ¿qué son? ¡Cuán insignificantes cuando se los coloca junto a las dignidades de aquel reino y al resplandor de aquellas coronas que Dios ha preparado para los que le aman!»

«Donde está tu tesoro», dice Cristo, «allí estará también tu corazón». El hombre del mundo tiene su tesoro aquí en la tierra; su porción está en esta vida; y por eso todos sus pensamientos y deseos se centran en las cosas del tiempo y de los sentidos.

Pero, ¿cómo debería ser con el cristiano? ¿No debería ser su lenguaje: «En cuanto a mí, contemplaré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza»?

De los enemigos de la cruz se afirma que «se glorían en su vergüenza» y que «se ocupan de las cosas terrenales». Pero, dice el apóstol, «Somos ciudadanos del cielo, donde vive el Señor Jesucristo. ¡Y esperamos ansiosamente que él regrese como nuestro Salvador!» Oh, alma mía, ¿dónde está tu corazón? ¿Hay en tu experiencia momentos en que tienes «el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor»; de estar con Él, de contemplar su gloria incomparable y de unirte a los santos y a los ángeles para cantar sus alabanzas?

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Home-sick Soul

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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