"Si me aman, guarden mis mandamientos." Juan 14:15.
El Salvador solía exponer con frecuencia las mismas verdades en sus discursos al pueblo y en sus conversaciones más privadas con sus discípulos. No era por falta de materia que lo hacía, pues podría haber mantenido a sus oyentes en pasmado asombro ante la perpetua frescura de sus ideas. Pero escogía tocar una y otra vez las mismas cuerdas, con el propósito de imprimir la verdad en la mente de sus oyentes.
Tenemos un ejemplo notable de ello en el último discurso que pronunció. Le quedaba poco tiempo para estar con los discípulos, y tenía mucho que decirles sobre diversos asuntos; pero, no obstante, lo encontramos reiterando con frecuencia la misma lección, dándoles línea sobre línea y precepto sobre precepto. En el versículo catorce del capítulo que tenemos delante, dice: "Si me aman, guarden mis mandamientos." Un poco más adelante añade: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama." De nuevo declara: "Si alguno me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis dichos." Es evidente que debe haber algo especialmente importante en este asunto, o no habría considerado necesario referirse a él con tanta repetición.
¿Y qué tema puede tener mayores derechos sobre nuestra atención que el que aquí se expone? La pregunta "¿Me amas?" es, entre todas, la más trascendental; y por ello, averiguar si el amor del Salvador ha sido derramado en nuestros corazones es un asunto que demanda nuestra más seria consideración. Es un punto del que depende nuestro estado presente y nuestro destino futuro. Sin amor a Cristo, no podemos ser amigos de Cristo; y si no somos sus amigos, somos enemigos suyos por obras inicuas, y como tales estamos expuestos a su eterno desagrado.
Hay diversas maneras en que podemos evidenciar la sinceridad de nuestro amor hacia él —pero la principal es el cumplimiento de sus mandatos. "¿Por qué me llaman: Señor, Señor —y no hacen lo que digo?" No es por las hojas de una profesión vacía, ni por ninguna flor o botón, por prometedores que sean, que después con frecuencia resultan abortivos, como se nos ha de conocer —sino por los frutos reales de una obediencia santa, sincera, constante y universal. Esa es la prueba práctica con la que debemos ahora examinarnos, ya que nuestra aceptación o rechazo ante Dios dependerá de ella en el gran día de la cuenta final.
Los mandamientos que el Salvador impone no son gravosos. No nos exige ofrecer miles de carneros, o decenas de miles de ríos de aceite; hacer largas y dolorosas peregrinaciones, infligir tormentos a nuestros cuerpos, o cubrirnos de saco y ceniza. Los rigores de la superstición son del todo ajenos al espíritu de aquel sistema de gracia que él vino a establecer. Su yugo es fácil y su carga ligera; y todas sus prescripciones están destinadas a promover nuestra felicidad, tanto aquí como en el más allá. Sea, pues, nuestro lenguaje: "¡Oh, que mis caminos sean dirigidos para guardar tus estatutos! Entonces no seré avergonzado, cuando considere todos tus mandamientos."
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Evidence of Love
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.