El poder expulsivo de un nuevo afecto

El amor de Dios desplaza al amor del mundo

Solo el amor de Dios, contemplado en Cristo, puede desalojar del corazón el amor al mundo; la predicación más eficaz presenta su gloria para ganar el alma del pecador.

Esto, confiamos, explicará la operación de aquel encanto que acompaña a la predicación eficaz del evangelio. El amor de Dios y el amor al mundo son dos afectos no simplemente en rivalidad, sino en enemistad. Son tan irreconciliables que no pueden habitar juntos en un mismo pecho.

Ya hemos afirmado cuán imposible le sería al corazón, por cualquier elasticidad innata propia, arrojar de sí al mundo y reducirse así a un desierto. El corazón no está así constituido; y la única manera de despojarlo de un afecto viejo es por el poder expulsivo de uno nuevo. Nada supera la magnitud del cambio requerido en el carácter de un hombre cuando, según se le manda en el Nuevo Testamento, no ama al mundo, ni ninguna de las cosas que en el mundo hay; pues esto comprende todo cuanto le es querido en la existencia, y equivale a un mandato de aniquilación de sí mismo.

Pero la misma revelación que dicta una obediencia tan formidable pone a nuestro alcance un instrumento de obediencia igualmente formidable. Lleva, para que admita hasta la misma puerta de nuestro corazón, un afecto que, una vez entronizado, subordinará a todo morador anterior o lo convidará a partir. Junto al mundo, pone ante el ojo del alma a Aquel que hizo el mundo; y con esta particularidad, que es toda suya: que en el Evangelio contemplamos a Dios de tal manera que podemos amar a Dios. Es allí, y solo allí, donde Dios se revela como objeto de confianza para los pecadores, y donde nuestro deseo hacia Él no se enfría hasta la apatía por esa barrera de la culpa humana que intercepta todo acercamiento que no se haga a Él por el Mediador designado. Es la introducción de esta mejor esperanza, mediante la cual nos acercamos a Dios; y vivir sin esperanza es vivir sin Dios; y si el corazón está sin Dios, entonces el mundo tendrá toda la soberanía.

Es Dios apprehendido por el creyente como Dios en Cristo quien únicamente puede desalojarlo de esa soberanía. Es cuando Él se presenta despojado de los terrores que le corresponden como legislador ofendido, y cuando somos capacitados por la fe, que es don suyo, para ver su gloria en el rostro de Jesucristo, y para oír su voz suplicante, en cuanto ofrece buena voluntad a los hombres y ruega el retorno de todos los que quieran a un perdón pleno y una acogida gracia; es entonces cuando un amor superior al amor del mundo y, al fin, expulsivo de él, surge por primera vez en el pecho regenerado. Es cuando, librados del espíritu de servidumbre con el cual el amor no puede convivir, y admitidos en el número de los hijos de Dios por la fe que es en Cristo Jesús, se derrama sobre nosotros el espíritu de adopción; es entonces cuando el corazón, sometido al dominio de un afecto grande y predominante, es librado de la tiranía de sus deseos anteriores, del único modo en que la liberación es posible. Y esa fe que nos es revelada desde el cielo como indispensable para la justificación del pecador a la vista de Dios es asimismo el instrumento del mayor de todos los logros morales y espirituales sobre una naturaleza muerta a la influencia y fuera del alcance de toda otra aplicación.

Es mucho más fácil señalar las faltas del mundo que ofrecer el evangelio.

Así podremos percibir qué es lo que constituye la clase más eficaz de predicación. No basta sostener ante los ojos del mundo el espejo de sus propias imperfecciones. No basta presentarse con una demostración, por patética que sea, del carácter efímero de todos sus goces. No basta recorrer el camino de la experiencia junto con vosotros y hablar a vuestra propia conciencia y a vuestro propio recuerdo del engaño del corazón y del engaño de todo aquello en lo que el corazón se afana. Hay muchos mensajeros del Evangelio que carecen de la perspicacia del discernimiento natural, y que carecen del poder de descripción característica, y que carecen del talento de delineación moral para presentarnos un retrato vivo y fiel de las locuras existentes de la sociedad. Pero esa misma corrupción que él no tiene facultad de representar en sus detalles visibles, puede él ser instrumento práctico de erradicación en su principio. Que sea tan solo un fiel exponente del testimonio del evangelio; que, aun cuando no sepa aplicar mano descriptiva al carácter del mundo presente, reporte con precisión la materia que la revelación le ha traído de un mundo lejano; que, inepto como es en la labor de disecar el corazón con el poder de un novelista para crear una exposición gráfica o impresionante de la inutilidad de sus muchos afectos, se mueva tan solo en aquellos misterios de la doctrina peculiar, sobre los cuales los mejores novelistas han derramado el libertinaje de su burla. Puede que no sepa, con la mirada de la observación aguda y satírica, exponer al pronto reconocimiento de sus oyentes los deseos de la mundanalidad; pero con las nuevas del evangelio en comisión, puede empuñar el único motor capaz de extirparlos. No puede hacer lo que algunos han hecho cuando, como por mano de un mago, han sacado a la vista, desde los recónditos repliegues de nuestra naturaleza, los defectos y los apetitos ocultos que le pertenecen. Pero posee una verdad que, en cualquier corazón que entre, como la vara de Aarón, los devorará a todos; y aun cuando no esté cualificado para describir al viejo hombre en todos los matices más finos de sus variedades naturales y constitutivas, con él está depositada aquella influencia soberana bajo la cual los gustos y las tendencias principales del viejo hombre son destruidos, y él llega a ser una nueva criatura en Jesucristo nuestro Señor.

Fuente y atribución

Autor original: Thomas Chalmers

Título original: The Expulsive Power of a New Affection — parte 7

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.

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