"Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor." Una de las razones por las que los cristianos deben amarse unos a otros, es porque Dios quiere que interpreten su amor ante el mundo, y esto solo pueden hacerlo por medio del amor. Todo lo que no sea amor no procede de Dios. Debemos pensar en esto: nuestra misión es dar a conocer al mundo cómo es Dios. Muchas personas no conocen a Dios, no saben cómo es su carácter. Nosotros le conocemos y debemos darlo a conocer a los demás. Esto no podemos hacerlo simplemente hablándoles de Dios. La Biblia está llena de revelaciones de Dios, pero no basta con que les leamos la Biblia. Poco provecho se gana citando textos que hablan de la bondad, la benignidad y la santidad de Dios, si no podemos mostrar esa misma bondad, benignidad y santidad en nuestra propia vida. La única Biblia que realmente podemos lograr que otros lean es la que está escrita en nuestra propia conducta, disposición y carácter. La gente necesita ver el amor de Dios en nosotros.
Cuando el señor McAll fue a París para comenzar su obra misionera, solo conocía unas pocas palabras de francés. Todo lo que podía decir era: "Dios les ama, y yo les amo." Su mensaje era que Dios amaba a las personas a quienes hablaba, pero esto no habría sido escuchado por ellas si no hubieran visto también el amor en el predicador. Es decir, el amor de Dios fue interpretado ante ellos en su propia persona. Nosotros debemos dar la misma interpretación.
No hay otro amor semejante al de Dios. Siempre ha habido amor en el mundo. Las madres siempre han amado a sus hijos. Siempre han existido tiernos afectos en el hogar. Los hombres siempre han amado a su patria. Pero estos son solo pequeños fragmentos de amor, imperfectos y defectuosos en el mejor de los casos. La gran fuente y centro de todo amor es el amor de Dios. Comparado con cualquier otro amor, el amor de Dios es como el sol frente a las pequeñas velas de la tierra. El amor de Dios es un amor que no depende de nuestro amor para ser despertado. Dios no nos ama porque nosotros le amamos; si así fuera, nunca tendríamos el amor de Dios. El mensaje del evangelio no es que nosotros debamos amar a Dios, sino que Dios nos ama. Hay una gran diferencia según el orden en que leamos estas palabras. ¿Qué amor viene primero: el nuestro o el de Dios? Nuestra confianza no está en nuestro amor por Dios, que es muy débil, defectuoso y siempre cambiante, sino en el amor de Dios por nosotros. Este amor es infinito, eterno y nunca cambia. Cualquiera que sea nuestra necesidad o nuestros sentimientos, siempre podemos estar seguros de que el amor de Dios es perdurable, el mismo ayer, hoy y por los siglos.
"El Padre envió a su Hijo para ser el Salvador del mundo." Pensamos en el santo Niño durmiendo su primer sueño de infancia en el pesebre, y oímos al ángel decir: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor." ¡Es porque Dios amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito!
Es conocer y creer el amor de Dios en Jesucristo lo que nos salva. Es posible conocerlo y no creerlo sinceramente. Para ser bendecidos por él, debemos creer que Dios nos ama con un amor individual y personal, y debemos dejar que su amor entre en nuestros corazones. Se cuenta la historia de una niña en los días de Lutero, que por primera vez oyó y creyó este amor. Vivía en un hogar donde solo se conocían pensamientos severos acerca de Dios. El nombre de Dios se usaba para asustar a los niños. Cada mención de Dios hacía temblar a la niña. Había aprendido a pensar en Él como su enemigo, que la observaba solo para castigarla. Un día encontró en el suelo de la imprenta de su padre un pedazo de papel roto con unas palabras impresas. Al recogerlo, comenzó a leer: "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado", aquí estaba rasgado. Ella no sabía qué seguía. Pero el pensamiento de que Dios amaba era algo completamente nuevo para ella. Si Él amaba al mundo, no podía ser un Dios tan terrible como le habían enseñado a creer. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado", decía su papel. Qué había dado, ella no lo sabía; pero si amaba lo suficiente para dar algo, debía ser un Dios bueno y amable. Así continuaba su pensamiento hasta que, poco a poco, una nueva concepción de Dios se había apoderado de su corazón. Con nada más que este pequeño fragmento de un versículo, había recibido una gran verdad, y el pensamiento de Dios se había convertido para ella en una maravillosa bendición. Ella conoció y creyó el amor que Dios tenía por ella, y eso la salvó. ¡Esta es la lección que todos nosotros necesitamos aprender de nuevo!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: God's Love in the Gift of His Son
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.