El amor eterno movió el corazón de Jesús a renunciar al cielo por la tierra; a la diadema por la cruz; a la vestidura de majestad divina por el vestido de nuestra naturaleza, al tomar sobre Sí mismo la lepra de nuestro pecado.
¡Oh, el amor infinito de Cristo! ¡Qué océano inmenso e insondable! Pregunta a los redimidos del Señor, cuyas cadenas Él ha disuelto, cuya mazmorra Él ha abierto, cuya libertad Él ha concedido —si hubo jamás amor como el Suyo.
¿Qué diremos del precio del rescate? Fue el más rico, el más costoso, que el Cielo podía dar. ¡Se dio a Sí mismo por nosotros! ¿Qué más podía hacer? Se dio a Sí mismo: cuerpo, alma y espíritu. Dio Su tiempo, Su trabajo, Su sangre, Su vida, Su TODO —como el precio de nuestro rescate, el costo de nuestra redención. Llevó la madera y levantó el altar. Luego, exponiendo Su pecho al golpe del brazo del Padre levantado y descendente —pagó el precio de nuestra salvación en la cálida sangre vital de Su corazón.
¡Qué océano inmenso e insondable! ¿Cómo es que sentimos tan débilmente la fuerza y ejemplificamos tan ligeramente la influencia práctica de esta asombrosa y soberana verdad? ¡Oh, la desesperada depravación de nuestra naturaleza! ¡Oh, la profunda iniquidad de nuestros corazones inicuos! ¿Las gotas de sangre de Jesús no nos conmoverán? ¿Las agonías de la cruz no nos influirán? ¿Su amor moribundo no nos constrañirá a una vida más celestial?
¡Apóyate con todo tu peso!
"Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará". Salmo 55:22
Es por un acto de fe sencilla y orante que transferimos al Señor nuestros cuidados y ansiedades, nuestras tristezas y necesidades. Jesús te invita a venir y apoyarte en Él, y a recargar con todas tus fuerzas sobre aquel brazo que equilibra el universo, y sobre aquel pecho que sangró por ti bajo la lanza del soldado.
Pero preguntas con duda: "¿Es el Señor capaz de hacer esto por mí?" Y así, mientras discutes un asunto sobre el cual no hay ni la sombra de una sombra de duda, la carga está aplastando tu espíritu gentil hasta el polvo. Y todo el tiempo Jesús está a tu lado y dice con amor: "Echa sobre Mí tu carga, y Yo te sustentaré. ¡Yo soy el Dios Todopoderoso! Llevé la carga de tu pecado y condena por la empinada ladera del Calvario; y el mismo poder de la omnipotencia, y la misma fuerza de amor que entonces lo soportó todo por ti —está preparado para soportar ahora tu necesidad y tu dolor. ¡Echádmelo todo a Mí!
¡Hijo de Mi amor! ¡Apóyate con todo tu peso! Déjame sentir la presión de tu cuidado. ¡Conozco tu carga, hijo! Yo la formé —la equilibré en Mi propia mano y no hice proporción de su peso a tu fuerza desamparada. Pues al ponerla sobre ti, dije: Yo estaré cerca, y mientras ella se apoya en Mí, esta carga será Mía, no suya. Así guardaré a Mi hijo dentro de los brazos circundantes de Mi propio amor. ¡Aquí déjala! No temas imponerla sobre un hombro que sostiene el gobierno de los mundos. ¡Acércate más aún! ¡No estás lo bastante cerca! Querría abrazar tu carga, para así sentir a Mi hijo reposando en Mi pecho. ¡Me amas! Lo sé. No dudes, entonces. Pero, amándome, ¡apóyate con todo tu peso!
¡La espada llameante de la justicia apagada en el santo y amoroso pecho de Jesús!
"Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero". 1 Pedro 2:24
La demostración más significativa y espantosa de la santidad de Dios que el universo jamás contempló, infinitamente distante y transcendente a toda otra —son los sufrimientos y la muerte de Su Hijo unigénito y amado. La cruz del Calvario exhibe el odio y castigo de Dios contra el pecado de una manera y en una medida que la aniquilación de millones de mundos, barridos de la faz del universo por la escoba de Su ira, nunca podría haber logrado.
¡Contempla la más solemne manifestación del odio de Dios contra el pecado! Hallando los pecados de la Iglesia sobre Cristo como su Fiador, Sustituto y Salvador —la ira de Dios fue derramada sobre Él sin medida. Hallando los pecados de Su pueblo puestos sobre Su Hijo —Dios vació sobre Su santa alma todos los viales de Su ira debidos a sus transgresiones. Ve, alma mía, al Calvario, y aprende cuán santo es Dios, y cuán monstruosa cosa es el pecado, y cuán imperiosamente, solemnemente y santamente obligado está Jehová a castigarlo, ya en la persona del pecador, ya en la persona de un Fiador. Nunca fue el Hijo de Dios más querido al Padre que en el mismo instante en que la espada de la justicia divina, flameante y relampagueante, se hundió hasta la empuñadura en Su santo corazón.
Pero era la ira de Dios, no contra Su Hijo amado —sino contra los pecados que se encontraron sobre Él cuando se presentó en la cruz como sacrificio y ofrenda sustitutoria por Su Iglesia. ¡Se dio a Sí mismo por nosotros!
¡Qué nueva concepción debieron formar los ángeles de la extrema pecaminosidad del pecado, cuando contemplaron la espada llameante de la justicia apagada en el santo y amoroso pecho de Jesús! Y en qué luz deslumbrante pone este hecho el maravilloso amor de Dios a los pecadores. El pecado del hombre —y el amor de Dios; la indescriptible enormidad del uno —y la inmensurable grandeza del otro; se exhiben en la cruz de Cristo como en ninguna otra parte.
¡Oh, aprender experimentalmente estos dos grandes hechos: el odio infinito del pecado —y la santidad infinita del amor! El amor de Dios al entregar a Su Hijo para morir; el amor de Cristo al morir; la turpitud esencial e inmitigable enormidad del pecado, que exigía un Sacrificio tan divino, tan santo y tan precioso.
¡Sumérgete en este océano insondable e inmenso de amor!
Cristo es maravilloso en Su amor. El amor fue el primer y eterno eslabón de la cadena de oro bajada desde el más alto trono del cielo hasta la más profunda profundidad de la tierra. Que Cristo nos amara fue el comienzo de las maravillas. Cuando nos esforzamos por comprender ese amor, medirlo, sondearlo, escalarlo —aprendemos que tiene alturas que no podemos alcanzar, profundidades que no podemos sondear, largos y anchos que no podemos medir. Tal amor, tal amor divino, tal amor infinito, tal amor eterno, tal amor redentor, tal amor moribundo —es un océano cuyas olas eternas transportan a nuestro mundo caído toda maravilla de Dios y del cielo.
¡Que Jesús amara a seres como nosotros —que nos amara aun cuando aún éramos pecadores —que pusiera Su corazón en nosotros, nos escogiera, muriera por nosotros, nos salvara y finalmente nos llevara a la gloria, sabiendo lo que éramos y lo que llegaríamos a ser —oh, esto es en verdad un amor maravilloso!
¡Sumérgete en este océano insondable e inmenso de amor, oh cargado de pecado! Cubrirá todos tus pecados, borrará toda tu culpa; inundará toda tu indignidad —y, flotando sobre sus olas doradas, te transportará suavemente a la orilla de la bienaventuranza eterna.
¿Cuántas veces te has preguntado por qué Cristo pondría Su corazón en alguien como tú! ¿Y no es una maravilla que, en medio de toda tu inconstancia y apostasías, y frías y bajas respuestas —este amor de Dios hacia ti no se haya enfriado ni cambiado? Pero no descanses, no te conformes con tu presente y limitada experiencia del maravilloso amor de Cristo. Es tan maravillosamente grande. Este océano de amor es tan insondable, inmenso e inagotable —que puedes sumergirte, con todas tus enfermedades, pecados y tristezas, en su plenitud, exclamando: "¡Oh, la profundidad!". ¡El pozo es profundo! ¡Bebe abundantemente, oh amado!
"Para que seáis plenamente capaces de comprender, como deben comprender todos los santos, cuán ancho, cuán largo, cuán alto y cuán profundo es el amor de Cristo; y de conocer el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento". Efesios 3:18-19
¡Amor sufriendo, sangrando y expirando!
El amor de Cristo. ¡Qué precioso tema! ¿De él nos cansaremos alguna vez? ¡Nunca! ¿Su grandeza, podremos conocerla alguna vez? ¡Nunca! ¿Su plenitud, podremos contenerla plenamente? ¡Nunca! Sus profundidades no pueden sondearse, sus dimensiones no pueden medirse. ¡Sobrepasa el conocimiento! Todo lo que Jesús hizo por Su pueblo no era sino el despliegue y la expresión de Su amor.
Viajando a Belén —veo al amor encarnado.
Siguiendo Sus pasos mientras iba haciendo bien —veo al amor trabajando.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Christ's Sympathy to Weary Pilgrims
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.