«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Juan 3:16
El llamamiento de Dios es muy amplio. «Todo aquel», dice Él. Le doy gracias por una palabra tan católica y universal. Sin duda alguna me abraza dentro de su alcance y de su amplitud. Más allá de toda contradicción, me justifica para reclamar a Cristo, y el evangelio de Cristo, y la redención de Cristo, como algo enteramente mío.
El plan de Dios es muy sencillo. «Todo aquel que cree en Él», leo. ¡Cuán libre de condiciones está, cuán exento de toda cláusula limitante y desalentadora! No se me exigen penitencias, ni peregrinaciones, ni trabajos, ni lágrimas. Solamente, como dice aquel hermoso Catecismo, «una confianza sincera de que a mí me son concedidos libremente el perdón de los pecados, la justicia perdurable y la salvación».
La liberación de Dios es muy dulce. «No se pierda», declara Él. La condenación queda revocada. La maldición queda borrada. El enemigo queda vencido. El futuro sombrío, que se cernía como una pesada nube de tormenta delante de mí, he aquí, se transforma en luminosidad y bendición.
El amor de Dios es muy regio y divino. «Mas tenga vida eterna», continúa Él. ¡Qué bendición es esta! Una vida sobre la cual jamás caerá la sombra de la muerte ni de la separación. Una vida «sin un oleaje de preocupación, sin un matiz de ansiedad». Una vida en la que no hay pecado. ¡Vida en el Espíritu, con Cristo, en el hogar del Padre! La vida que no conoce fin. La vida que, en su plenitud y riqueza, mi corazón por ahora no puede concebir.
¡Grande es su bondad, y grande su misericordia!
Fuente y atribución
Autor original: Alexander Smellie
Título original: The Hour of Silence — John 3:16
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Alexander Smellie, publicado originalmente en Grace Gems.