Buscar las cosas de Jesucristo

El amor que prefiere a Cristo y a las almas

La prueba de un amor sincero a Cristo es la disposición a sacrificarlo todo por él, un celo que se prolonga en el amor a las almas de los hombres.

Aquí, pues, hermanos, está la prueba de la sinceridad de nuestro amor a Cristo — una prueba que él mismo requiere como indispensablemente necesaria para el carácter de sus discípulos (Mat. 10:37). El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mí. Y de nuevo, en términos aún más fuertes (Luc. 14:26): Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su esposa, y a sus hijos, y a sus hermanos, y a sus hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. El sentido de ambos pasajes es el mismo. Evidentemente se refieren al «afecto supremo del alma» y a esa decidida preferencia que las cosas de Jesucristo deben tener en nuestra mente sobre nuestras propias cosas. No cabe suponer que nuestro Señor, en las palabras recién citadas, nos requiera aborrecer absolutamente a nuestros hermanos y parientes según la carne (pues esto sería tan contrario a los principios más claros de la piedad como a los dictados comunes de la humanidad), sino que, en una mirada comparativa, se nos manda obrar como si los aborreciéramos, hasta el punto de estar dispuestos a renunciar a nuestros amigos más queridos, cuando el deber hacia Cristo demanda tal sacrificio — es decir, cuando debamos o abandonarlos a ellos, o abandonar a nuestro bendito Señor.

Esta doctrina, que a muchos parece un dicho duro, se ilustra de manera sorprendente con un ejemplo oportuno que se halla en la historia del ministerio personal de nuestro Salvador (Luc. 18:18-23). Leemos de cierto gobernante que vino a Cristo, profesando gran respeto por su persona y un anhelo sincero de ser instruido por él. «Maestro bueno», dijo, «¿qué haré para heredar la vida eterna?» Nuestro Señor, que sabía lo que hay en el hombre, percibió que, con todas sus profesiones de afecto, el amor al mundo era predominante en su corazón, y por eso sometió a prueba su presumida virtud diciéndole: «Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme». El resultado fue el que podía esperarse en el caso de uno cuyo corazón no estaba recto para con Dios. Se fue muy triste, porque era muy rico. Por la misma razón, uno de los compañeros de Pablo lo abandonó en la hora de la prueba. «Demas me ha desamparado», dice él, «porque ha amado este mundo presente» (2 Tim. 4:10). Y muchos, ¡ay!, en toda época, que son llamados por el nombre de Cristo y con su boca muestran mucho amor, descubren claramente por su conducta que el mundo ocupa el primer lugar en su corazón, prefiriendo su propia comodidad, su crédito y su interés al honor de Cristo y al adelanto de su reino, siempre que ambos lleguen a competir entre sí.

Los discípulos genuinos de Cristo, que poseen un amor supremo por él, son hombres de otro espíritu. Para ellos, el honor de Cristo y el adelanto de su reino son asuntos de la mayor seriedad. Se regocijan en la prosperación de Sion, y se llenan del más profundo pesar cuando el interés del reino del Redentor parece hallarse en un estado bajo y declinante. Tampoco se contentan con deseos indolentes y cumplidos sin sentido, cuando tienen en su mano dar pruebas más sustanciales de afecto al Salvador; sino que, constreñidos por su amor, presentan sus cuerpos y sus espíritus como sacrificios vivos, y consagran alegremente su tiempo, sus talentos, sus bienes y su influencia al servicio y a la gloria de él.

3. Otro principio, que surge de los dos anteriores, y que tiene una poderosa influencia en la formación del carácter cristiano, es el amor a las almas de los hombres, o la verdadera benevolencia cristiana.

El origen de este temperamento divino se remonta al amor de Dios, manifestado en la redención del mundo por su Hijo Jesucristo. Pues, como nos informa el apóstol Juan: «El amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. En esto conocemos el amor de Dios, en que él puso su vida por nosotros; y nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Juan 4:7 y 3:16). El carácter del hombre como criatura caída y apóstata es cabalmente lo contrario de esto: «Aborrecedores, y aborreciéndose unos a otros» (Tito 3:3) traza un cuadro no menos justo que melancólico de su historia en todas las épocas pasadas, con pocas excepciones. Y esto no es difícil de explicar. Mientras cada uno persiga su propio interés aparente, sin consideración al bienestar o a la felicidad de los demás, diversas serán las ocasiones de mutua contienda y discordia. El orgullo y la codicia, esos dos demonios malignos que acechan en las sociedades menores tanto como en las mayores, han producido innumerables males en el mundo. De ahí han surgido guerras y peleas, discordia y celos, malhumor y descontento, que en diez mil casos han roto la paz de las naciones, de las iglesias y de las familias.

Hay, lo reconozco, una clase de benevolencia que, en gran beneficio de la sociedad, se halla entre quienes son ajenos al poder salvador del evangelio. Pero por útil que sea esta clase de benevolencia en su propio lugar, queda corta de aquel amor a la humanidad que es fruto de una fe viviente en el evangelio de Jesucristo. La benevolencia común, que brota de meros principios naturales, se refiere principalmente a las necesidades corporales y a las aflicciones temporales de los hombres. En cambio, el verdadero amor cristiano, sin pasarlas por alto, apunta a objetos más elevados, y, profundamente sensible de cuánto superan los intereses del alma a cuanto sólo atañe a la vida presente, dirige sus esfuerzos principales a los intereses espirituales y a la salvación eterna de la humanidad. Así, mientras el cristiano filántropo se duele de las innumerables calamidades de la humanidad sufriente, se conmueve aún más profundamente por las aflicciones espirituales de sus semejantes. Al presentarnos el gran modelo de la benevolencia divina, exhibido en el don del propio Hijo de Dios, el evangelio tiende a engendrar y nutrir, en particular, un amor ardiente a las almas de los hombres.

Fuente y atribución

Autor original: David Black

Título original: Seeking the Things Which Are Jesus Christ's — parte 4

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de David Black, publicado originalmente en Grace Gems.

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