Palabras diarias para los peregrinos de Sion

El amor que sobrepasa todo conocimiento

El apóstol Pablo confiesa que el amor de Cristo sobrepasa todo conocimiento, pues siendo Cristo Dios, su amor es infinito. Ese amor prodigioso desciende a nuestros abismos y nos lleva sanos al cielo.

Aquel eminente santo, el apóstol Pablo, que había sido arrebatado al tercer cielo, y allí vio gloriosas visiones y oyó palabras indecibles, aunque agotó el lenguaje humano para manifestar la excelencia sobresaliente del amor de Cristo, al fin llega a esto: «Sobrepasa el conocimiento». Y en verdad debe sobrepasarlo. ¿No es acaso infinito? ¿Qué medida, pues, puede asignarse al amor de Cristo? Si Cristo es Dios, y como tal igual al Padre, su amor es tan infinito como la Deidad.

Nuestro amor es el amor de la criatura; el amor de Dios es tan grande como la Deidad, tan infinito como el Yo Soy que existe por sí mismo; por necesidad, pues, sobrepasa el conocimiento. A veces puede usted maravillarse —y es una maravilla que llenará el mismo cielo con antífonas de alabanza eterna— de cómo un Jesús tan glorioso puede mirar desde el cielo a criaturas tan rastreras, a gusanos de la tierra, y más aún, a pecadores que le han provocado una y otra vez con sus maldades. Sí, que este Cristo exaltado, en la altura de su gloria, pueda mirar desde el cielo, su morada, a criaturas tan pobres, miserables y desdichadas como nosotros: este es el misterio que llena de asombro a los ángeles.

Pero es la gloria de Cristo amar así; es su gloria especial llevar a sus santos al cielo, para que sean testigos de su gloria y partícipes de ella. Por tanto, no es porque seamos criaturas tan rastreras, tan indignas, tan del todo inmerecedoras del menor favor suyo, que hemos de rechazar este amor sin igual y decir: «¿Puede Cristo amar a uno como yo? ¿Puede el glorioso Hijo de Dios, desde el cielo su morada, dirigir una mirada de piedad y compasión, de amor y ternura, sobre uno como yo, que a veces apenas puede soportarse a sí mismo; que se ve y se siente como uno de los más viles entre los viles, el peor de los peores? ¡Oh, qué debo ser a la vista del glorioso Hijo de Dios!». Y, sin embargo, él dice: «Te he amado con amor eterno». Este amor tiene anchuras, longitudes, profundidades y alturas desconocidas. Su anchura excede toda medida humana; su longitud aventaja toda línea de la criatura; su profundidad sobrepasa toda medición finita; y su altura supera aun el cálculo angélico.

Ahora bien, esta es precisamente la razón por la que este amor se adapta tanto a nosotros. Necesitamos un amor así: un amor que se extienda sobre nosotros, que descienda a nuestros abismos más profundos; un amor que pueda llevarnos sanos y salvos al cielo. Un amor menor que este no sería amor en absoluto. Lo habríamos agotado con nuestros pecados si este amor no fuera lo que aquí se nos presenta. Hace tiempo que habríamos pecado más de lo que este amor puede abarcar, y lo habríamos secado con nuestra ingratitud, rebelión y maldad. Pero porque es lo que es, un amor tan prodigioso, tan profundo, tan largo, tan ancho, tan alto; porque es lo que es, resulta tan adecuado para toda necesidad y toda miseria.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: December 20

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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