"¡Jesús vino para quitar nuestros pecados!" 1 Juan 3:5
Aquí observemos el propósito de su venida: "¡Para quitar nuestros pecados!"
Nuestros pecados fueron cometidos contra Él mismo.
Merecían su desagrado eterno.
Clamaban a gran voz por que su venganza despertara y nos castigara.
Él previo la totalidad de ellos — en toda su variedad, enormidad y agravación. Sabía que serían pecados contra su ley, contra su amor y contra su más tierna misericordia — pecados contra la luz, por amarga enemistad y perpetrados una y otra vez. Conocía toda la magnitud de nuestra vileza — y, sin embargo (¡oh, la grandeza de su amor!), "¡Jesús vino para quitar nuestros pecados!"
El pecado había...
enojado a la justicia divina contra nosotros,
expuesto a la ira de Jehová, y
puesto bajo la terrible maldición de su ley violada.
Por eso Jesús vino y quitó nuestros pecados, y al mismo tiempo...
satisfizo las demandas de la justicia divina,
apaciguó la ira del Padre,
¡y llevó Él mismo nuestra maldición!
¡Oh, amor admirable!
¡Oh, gracia maravillosa!
¡Oh, misericordia asombrosa!
Pero más admirable, más maravillosa, más asombrosa — es Jesús mismo — que hizo esto por nosotros, y lo hizo libremente, sin súplica, ni nada en nosotros que le indujera a hacerlo.
Pero, ¿cómo pudo Jesús quitar nuestros pecados? "Dios le hizo pecado por nosotros."
Él llevó el peso de ellos,
soportó el castigo que merecían,
y sufrió la vergüenza que procuraron.
Él fue...
despreciado por los hombres,
atormentado por los demonios,
herido con la espada de la justicia divina,
abandonado por su Padre,
escarnecido por sus criaturas,
abrumado de dolor,
desgarrado de angustia, y
su corazón fue quebrantado por el oprobio y la agonía
— ¡todo por una pobre criatura pecadora, triste y merecedora del infierno, como yo!
El pecado cayó sobre Él,
la ira de Dios fue soportada por Él,
los terrores más temibles le rodearon,
¡el cielo, la tierra y el infierno parecían confabulados contra Él!
Los hombres le insultaron groseramente,
los demonios pusieron todo su empeño en destruirle,
¡y a Dios le plugo herirle, y luego dejarle languidecer en un dolor que le quebrantaba el corazón!
¡Oh, triste espectáculo de miseria, dolor y aflicción!
¿Hubo jamás un dolor semejante a tu dolor?
¿Hubo jamás un amor semejante a tu amor?
Tú podrías haberte sentado en tu trono, gozando para siempre de tu propia gloria, felicidad y bienaventuranza — ¡y habernos dejado justamente a perecer en nuestros pecados, y a sufrir por nuestras propias transgresiones! Pero no, tú querías ser Jesús — ¡tú querías salvar a tu pueblo de sus pecados! Tú querías venir a quitar nuestros pecados, aunque al hacerlo — la justicia te arrebatara tu honor, tu felicidad y tu vida. No querías dejarnos perecer — sino que querías quitar nuestros pecados por el sacrificio de ti mismo. Tú has...
apartado la ira de Jehová,
echado todo nuestro pecado en lo profundo del mar, y
¡llevado nuestro castigo en tu propio cuerpo sobre el madero!
¡En verdad tu amor es asombroso, incomprensible y casi demasiado grande para que mi débil fe lo crea!
Amado Señor Jesús, tú eres exactamente lo que necesito — y eres todo lo que necesito. Tu amor será...
una porción suficiente en la vida,
un cordial divino en la muerte, y
¡un océano de bienaventuranza en el cual bañarme para siempre!
Verle, amarle y exaltarle — es el cielo de todo santo.
Él es...
más dulce que la miel,
más agradable que la luz, y
¡más precioso que la vida misma!
Conocerle — es ser verdaderamente sabio.
Vivir de Él — es ser feliz.
Andar con Él — es ser santo.
Mirarle, esperar de Él y echar sobre Él todos nuestros cuidados — es honrarle.
Fuente y atribución
Autor original: James Smith
Título original: Treasures from James Smith — O sad spectacle of misery, grief, and woe!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Smith, publicado originalmente en Grace Gems.