Horas devocionales con la Biblia — volumen 8

El camino del amor supera todo don espiritual

Pablo descubrió que el amor es el camino más excelente, superior a la elocuencia, el conocimiento, la generosidad y los milagros, pues todo lo demás pasa, pero el amor permanece para siempre.

Pablo hablaba de los dones espirituales que eran concedidos a los cristianos, y entonces brilló en su mente la visión de algo muy superior a cualquier poder de sanar, de hacer milagros o de hablar en lenguas. Ese camino más excelente es el camino del amor.

El amor es mejor que la elocuencia. «Si hablo con lenguas de hombres y de ángeles, pero no tengo amor, he venido a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe». Aquel que sabe hablar en varios idiomas es considerado un hombre ilustre. Pero se puede ser un buen lingüista y un buen orador, y sin embargo no ser un buen cristiano. Ser cristiano es tener amor.

El amor es mejor que el gran saber. «Si tengo el don de profecía, y conozco todos los misterios y toda la ciencia… pero no tengo amor, nada soy». Vivimos en una época en que la educación es sumamente ensalzada. La formación del entendimiento se considera de la mayor importancia. Pero hay algo mejor que el conocimiento. Se puede ser un científico erudito, un filósofo profundo, incluso un teólogo brillante que conoce la Biblia y toda la literatura sagrada y la doctrina cristiana, y, con todo, no ser nada a los ojos de Dios. Somos medidos delante de Dios por el amor que hay en nuestro carácter. En cada metro de cordaje usado en la marina británica hay un hilo rojo tan entretejido que no puede ser sacado sin deshilachar la cuerda o el cable. Así también, en todo verdadero carácter hay un cordón rojo de amor. La bondad amorosa cristiana, que esparce calor a su alrededor, como la suave luz o la dulce fragancia de las flores, es más excelente que el saber más brillante.

El amor es mejor que la benevolencia. «Si reparto todos mis bienes para dar de comer a los pobres… pero no tengo amor, de nada me aprovecha». No es el don lo que Dios bendice, sino el amor que lo entrega. No es el servicio prestado, sino el espíritu que lo inspira. Cuenta la historia de un rey que edificó un gran templo, sufragando él mismo todo el costo. Fue construido para su propia gloria. Cuando llegó la hora de la dedicación, se vio que alguien había borrado el nombre del rey y había puesto en su lugar el de una pobre viuda. El rey quedó muy asombrado, sin saber que nadie más que él hubiera hecho algo en la construcción de aquel templo. Se hizo averiguación, y la mujer que llevaba aquel nombre compareció temblando ante la presencia del rey. Cuando él le preguntó qué había hecho en la edificación del templo, ella no podía pensar en nada. Al ser apremiada con mayor insistencia, recordó que un día de mucho calor, cuando los bueyes arrastraban piedras frente a su puerta, ella, movida a compasión, había recogido algunos manojos de hierba y se los había dado a las bestias jadeantes. La compasión por los animales mudos pesó más ante los ojos del cielo que todo el enorme dispendio de tesoro del rey.

En unas pocas frases admirables quedan esbozadas las cualidades del amor. «El amor es paciente, es bondadoso». El primer trazo del pincel presenta el amor como paciencia. El amor siempre cuesta. Una de las primeras cosas que deben aprenderse en la vida cristiana es el aguante, a veces del agravio, muchas veces de la injusticia: no meramente soportar, sino soportar con paciencia. No basta con padecer el mal un día o dos: «El amor es paciente». No siete veces, sino setenta veces siete ha de soportarse con paciencia la injuria o el agravio. Tampoco basta con padecer en silencio frío las ofensas. «El amor es paciente, y es bondadoso»: el amor mantiene un corazón manso, sigue haciendo el bien por el mal, baña con fragancia la mano que hiere.

«El amor no tiene envidia, no se jacta, no se envanece. No es grosero». Aquí hay todo un racimo de joyas relucientes sobre el pecho del amor. El amor NO TIENE ENVIDIA. Mucho más de lo que estamos dispuestos a confesar se oculta el veneno de la envidia en nuestros corazones. Nada puede ser más falto de amor que ese espíritu. El amor se goza con el éxito de los demás. Debemos entrenarnos para alegrarnos incluso cuando otros nos superan.

El amor es HUMILDE. No posa para la admiración o la alabanza, ni toca su propia trompeta, ni se da aires de ninguna clase. No procura colocarse en puestos que no está capacitado para desempeñar.

«El amor no es GROSER0». Esto parece referirse a las maneras. El amor es refinado, manso, atento, considerado. Si alguien vuelve la religión desagradable, no presenta más que una caricatura de ella. El amor es siempre cortés.

«El amor no se irrita fácilmente». El genio vivo es tan común que la mayoría de las personas han llegado a considerarlo solo como una especie de debilidad inofensiva, una mera flaqueza. Los hombres disculpamos a nuestros amigos de mal carácter como si fuera cosa de poca monta. Pero en realidad es una triste mancha en el carácter. No tenemos derecho a pronunciar jamás una palabra áspera o desagradable en ninguna parte, y especialmente en nuestro propio hogar. Hay demasiado ceño y hosquedad en muchos hogares. Cuando sentimos que nos vienen tales estados de ánimo, lo mejor es retirarnos a solas y, postrándonos sobre nuestras rodillas delante de Dios, librar la batalla hasta el fin, sin abandonar nuestro refugio hasta poder regresar con espíritu dulce y palabra mansa y amable.

El amor es lo más duradero del mundo. «El amor nunca deja de ser». Los libros de texto que tienen ya algunos años ya no sirven para nada. La maquinaria vieja es reemplazada sin cesar por maquinaria nueva.

«Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, lo que es en parte se acabará». Podemos dar gracias por lo poco que ahora se nos revela, pues nos sirve bien en el camino. El alba es muy bien recibida por el viajero madrugador, pero es solo día parcial, no el mejor. Cuando llega el día pleno, la tenue penumbra se desvanece. Las lámparas en nuestros hogares y en nuestras calles son buenas de noche, cuando la oscuridad cubre la tierra. Pero su luz no es perfecta, y cuando el sol sale, ya no las apreciamos y las apagamos. El conocimiento que tenemos en la tierra sirve bien cuando es lo mejor que podemos tener; pero no será estimado cuando llegue el conocimiento perfecto del cielo. Las cosas que aquí sabemos son solo el andamio que los hombres levantan cuando erigen un gran edificio. Sirve para un buen propósito durante un tiempo. Sin él, las paredes jamás podrían haberse construido. Pero cuando la obra se termina, los hombres no estiman el andamio… Lo derriban y lo retiran, pues ya no tiene utilidad alguna. Así también los dones y las gracias y todas las experiencias de la tierra, que ahora nos sirven bastante bien, serán descartados y dejados atrás cuando alcancemos la plenitud de Dios.

De todas las cosas del mundo, el amor es la que perdurará como lo más imperecedero. «Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor». Debemos atesorar riquezas que podamos llevar con nosotros al cielo. Debemos pintar cuadros que no se desvanezcan al atravesar el valle. Debemos hacer cosas que vivan en el otro mundo cuando este mundo se haya desvanecido. Tres cosas hay cuyo nombre perdurará: fe, esperanza y amor. Siempre habrá fe, pues nunca dejaremos de confiar en Dios y de creer en su amor. Siempre habrá esperanza, pues nunca alcanzaremos el fin del crecimiento en bendición. Pero mayor que la fe o la esperanza es el amor. Sea lo que fuere que busquemos en este mundo, debemos poner siempre el amor en primer lugar entre nuestras peticiones. La gran lección que debe aprenderse en toda la vida es: el amor.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Paul on Christian Love

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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