Dios, para que sus escogidos nunca se aparten demasiado de él, les ha conferido muchos privilegios, y entre ellos les ha dado sus días de reposo. Aunque el mundo no los estima, sino que los contamina con todos sus placeres pecaminosos, con seguridad son el refrigerio del alma seria, días muy dignos de ser estimados para el Señor, pues en este día se declaró completa la redención de Israel de la servidumbre del pecado y de las puertas del infierno, mediante la triunfante resurrección del Señor de la gloria. El Autor del tiempo ha dignado este día con su bendición, y nos ha dado su divino ejemplo para descansar de todos nuestros trabajos en este día santo.
Dios, en todas las edades del mundo, ha honrado el día de reposo. En él desea ser adorado públicamente, y no permite que nada invada este día que él ha reclamado para sí. En el séptimo día llamó a Moisés al monte, mientras miles esperaban abajo, para instruirlo acerca de la iglesia bajo la dispensación del Antiguo Testamento. También se complació en dividir el transcurso mayor del tiempo en reposos, de modo que, así como cada séptimo día era un día de reposo, cada séptimo año sería sabático; y mediante un intervalo de cincuenta años sabáticos, se marcaban las revoluciones del glorioso jubileo, que daba alegría a toda la tierra.
Asimismo, bajo la dispensación del Nuevo Testamento, en este sagrado día Dios comenzó a revelar a su siervo Juan lo que había de suceder a la iglesia hasta el fin del mundo. Como él se deleita más en las puertas de Sion que en todas las moradas de Jacob, así despliega más de su gloria en este día que en ningún otro. Para muchas pobres almas ha preparado, por su propia bondad y en su propio día, sus misericordias; y en este día desea ser esperado y consultado por la casa de Israel. Este día es como el rocío de la eternidad que riega los campos áridos del tiempo, y hace crecer la plantación de Dios. Pero los impíos, que no guardan ningún día de reposo, son como las cumbres de rocas escarpadas, sobre las cuales, aunque desciendan lluvias suaves y caigan abundantes rocíos refrescantes, no mejoran en lo más mínimo.
Para las almas bien ejercitadas, cada día de reposo es un precioso tipo de la deseable resurrección; pues así como el cuerpo en aquella se levanta del polvo de la muerte a la inmortalidad y la vida, de un lecho de corrupción a la perfección sin mancha, y de un estado separado (pues la muerte divide el alma y el cuerpo) a la comunión perpetua con Dios en Cristo, quedando él mismo unido en la armonía de todas las partes y potencias del hombre entero, para no sentir ya distracción alguna; así también en este día, el alma, cuando Dios la visita benignamente, tiene su resurrección del abismo de los cuidados carnales en los que se hunde durante la semana, donde muchos se pudren y nunca ven resurrección; y de la muerte espiritual a la gloriosa inmortalidad de la fe, cuando, con el apóstol, podemos decir: «Vivo, ya no yo, sino Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios.»
Cuando así gozamos de comunión con Dios, puede decirse que el alma no solo está unida al cuerpo, sino que tiene todas sus potencias y facultades en unión y armonía entre sí; pero cuando nos apartamos de él, estamos divididos y desgarrados por mil ansiedades, y hasta que volvamos a él nunca llegamos a ser el hombre perfecto, la persona cabal; tenemos nuestros cuerpos entre los vivos, nuestras almas en la congregación de los muertos; ¡una contrariedad terrible con la muerte natural!
El día de reposo es también un anticipo y una prenda del eterno día de reposo que está reservado para los santos allá arriba.
Este día divino debe ser preparado al acercarse, santificado cuando llega, y no olvidado cuando pasa. Debemos recordar a Dios como nuestro Creador, que santificó el séptimo día; como nuestro Redentor, que lo cambió del séptimo al primer día de la semana, cuando resucitó triunfante sobre la muerte; y como nuestro Juez, que dentro de poco absorberá todos estos refrigerios pasajeros en un eterno día de reposo.
Este día, que Dios ha honrado tantas veces con su manifestación, no solo a los discípulos de antaño, sino a las almas de sus santos en todas las edades, debe ser honrado por todo aquel que lleva el nombre de cristiano. Este es el día en que los atrios de Sion se llenan, y en que, en su templo, todos hablan de su gloria. En este día la iglesia militante se acerca más a la iglesia triunfante, que sube a su casa con gozo para entremezclar sus hosannas a su nombre ensalzado; a quienes, así reunidos en su santuario, él se digna mostrar los solemnes pasos de su majestad y las manifestaciones de su gloria, por las cuales sus santos son fortalecidos para perseverar en su camino a través de este aullante desierto, ¡hasta que amanezca el eterno día de reposo y el descanso eterno sea su porción!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The Sabbath
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.