Así como en la unión matrimonial el hombre y la mujer se hacen una sola carne, y habiéndolos juntado Dios, nadie puede separarlos, así cuando el Señor Jesucristo, en «el pacto eterno, ordenado en todo y seguro», desposó consigo a la Iglesia, llegaron a ser ante el rostro del cielo uno en lazos indisolubles. Como él se comprometió en «el cumplimiento del tiempo» a ser «hecho de mujer», ella se hizo una con él en cuerpo por virtud de una naturaleza común; y se hace una con él en espíritu cuando, al salir cada miembro individual al estado de tiempo, el bendito Espíritu lo une a él por gracia regeneradora. Tal es el testimonio de la palabra de verdad: «Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos»; «el que se une al Señor, un espíritu es». Su unión con su carne asegura a su cuerpo la conformidad, en la mañana de la resurrección, al cuerpo glorificado de Jesús; y su unión con su Espíritu asegura a su alma una eternidad de bienaventuranza en la perfección del conocimiento, la santidad y el amor.
La Iglesia, es cierto, cayó en Adán de aquel estado de inocencia y pureza en que fue creada originalmente. Pero ¡cómo la caída adámica, con todas sus miserables consecuencias, en vez de cancelar el vínculo y anular el pacto eterno, solo sirvió para revelar más plena y gloriosamente el amor de Cristo a su escogida esposa en toda su anchura y longitud, profundidad y altura! Ella cayó, es cierto, en profundidades insondables de pecado y miseria, culpa y crimen; pero nunca cayó fuera de su corazón ni fuera de sus brazos. Pues ¿qué se habría conocido sin la caída del amor que muere, o del misterio de la cruz? ¿Dónde habría estado el cántico de los redimidos: «A aquel que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre»? ¿Dónde la victoria sobre la muerte y el infierno, o los triunfos de la gracia sobreabundante sobre las abundancias del pecado, la culpa y la desesperación?
Como la cabeza y esposo de la Iglesia no podía ni quería disolver la unión, romper el pacto ni alterar lo que había salido de sus labios, y sin embargo no podía tomarla abiertamente para sí en toda su inmundicia, culpa y vergüenza, tuvo que rescatarla con la sangre de su propio corazón, con agonías y sufrimientos tales como la tierra ni el cielo jamás habían presenciado, con aquellos clamores dolorosos bajo el encubrimiento del rostro de su Padre, que hicieron temblar la tierra, rendirse las rocas y retirar su luz el sol. Pero su amor fue fuerte como la muerte, y soportó la cruz, menospreciando el oprobio, llevando sus pecados en su propio cuerpo sobre el madero, y así padeciendo la pena debida a sus crímenes, la reconcilió con Dios «en el cuerpo de su carne, por medio de la muerte, para presentarla santa, sin mancha e irreprensible delante de él». Habiéndola así reconciliado con Dios, al salir ella del seno del tiempo, visita miembro tras miembro de su cuerpo místico con su gracia regeneradora, para «santificarla y limpiarla con el lavamiento del agua por la palabra», y así finalmente «presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: November 20
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.