Aunque los fariseos eran hombres de corazón duro, poseían los sentimientos de los padres. La parábola del hijo pródigo era apta para conmover el corazón de todo padre. Pero aun si los soberbios fariseos escuchaban sin conmoverse la representación que el Salvador hacía de la compasión generosa del padre, los pobres publicanos debieron oír aquella historia admirable con asombrada gratitud. Cuando el Señor describió la conducta del hijo menor, ellos recordaron su propia vil partida de Dios. Los fariseos también se habían apartado lejos de la casa de su Padre; pero no lo sabían. Se imaginaban que, como el hijo mayor de la parábola, habían sido siempre fieles y obedientes. Muchas personas abrigan la misma falsa noción acerca de su propia bondad, y olvidan que está escrito: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas.»
Cada pecador penitente ve su propio retrato en el hijo pródigo. El rasgo más notable de su carácter es su ingratitud. En vez de estar agradecido por su pan cotidiano, por su refugio bajo el techo de su padre y por todas las comodidades y privilegios que disfrutaba, reclama la fortuna como su derecho, diciendo: «Dame la parte de los bienes que me corresponde.» Este es nuestro espíritu por naturaleza. En vez de estar abrumados por el sentido de la maravillosa bondad de Dios, nos creemos con derecho a dones adicionales.
Cuando el pródigo hubo obtenido su deseo, mostró su ingratitud yéndose a una tierra muy lejana y allí desperdiciando los bienes de su padre en una vida disoluta. ¿Y no hemos actuado nosotros como este pródigo? No necesitamos movernos del lugar donde nacimos para hacerlo: basta con que, cerrando nuestros corazones a Dios y apartándolo de nuestros pensamientos, busquemos nuestra satisfacción en las cosas terrenales.
Pero he aquí la consecuencia de esta conducta: el pródigo llega a la pobreza. Al fin lo ha gastado todo. Es bueno cuando descubrimos antes de la muerte que lo hemos gastado todo, que hemos malgastado nuestras esperanzas y afectos en el mundo y no hemos obtenido satisfacción duradera a cambio. Pero ¿cuál será la desesperación de quienes nunca descubren su pobreza hasta que son trasladados al lugar donde se exige hasta el último cuadrante, pero ni aun una gota de agua se les concede?
Acaso el pródigo, en sus días de libertinaje, haya mirado hacia el momento en que todo estuviera gastado, y haya pensado entrar entonces en algún servicio que lo preservara de la necesidad. Pero Dios frustró su designio e hizo surgir una gran hambre en el preciso instante en que él estaba desprovisto de todo. Ahora había pocos amos que pudieran permitirse contratar, y muchos siervos que ser contratados, de modo que el pródigo se vio obligado a ocuparse del más bajo servicio por el más bajo salario: se hizo porquero por una recompensa menor de la que le habría provisto una comida de algarrobas, como las que comían los cerdos.
¡Con cuánta facilidad puede Dios decepcionar al pecador y frustrar todos sus planes! Muchos piensan: «Cuando este placer pase, me refugiaré en otro», olvidando cómo Dios puede, en un instante, quitar todo ídolo, cerrar toda vía de escape y secar toda corriente de felicidad.
Los compañeros irreflexivos de sus francachelas no se acordaron del pródigo en su angustia. «Nadie le daba.» Los que con gusto habían compartido sus festines disolutos lo abandonaron en su pobreza y su hambre. Los cómplices en la culpa no son consoladores en el dolor. ¡Por qué seres insensibles había abandonado el pródigo a su padre amoroso y a su dichoso hogar! ¡Oh, la necedad y la locura que muestran los pecadores al preferir la compañía de los malvados al favor del siempre bienaventurado Dios! ¿Puede el mundo consolarlos en la enfermedad? ¿Será el mundo fiel a ellos en la vejez? ¿Puede el mundo recibirlos en la gloria después de la muerte? Bienaventurados los que han hecho esta bendita elección: «Mejor es ser un portero en la casa de mi Dios que habitar en las tiendas de maldad.»
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The departure of the prodigal son
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.