Se hace referencia en una de las epístolas a «todo lo noble, todo lo amable, todo lo admirable». Y entre las diversas virtudes que merecen ser caracterizadas de este modo, la del contentamiento cristiano puede señalarse de manera particular. Con frecuencia se exhorta al creyente a cultivar tal disposición, y son muchas las consideraciones mediante las cuales este deber puede reforzarse.
Una cosa resulta muy evidente: ¡no hay condición alguna en el mundo presente que esté libre de aflicción! Dondequiera que levantemos nuestra tienda, con seguridad hallaremos algo que nos moleste. Y si no existe situación alguna sin algún inconveniente, ¿no convendría más bien decidirnos a estar satisfechos con la condición en la que ahora nos encontramos?
Estamos demasiado habituados a juzgar por las apariencias exteriores. A menudo las cosas son en la realidad muy distintas de lo que parecen ser. El sol parece salir y ponerse, pero sabemos que no hace ni una cosa ni la otra. La tierra se muestra como si fuera una inmensa llanura extendida; y cuando en nuestra infancia oíamos que había personas que vivían en su lado inferior, nos sentíamos grandemente perplejos. Pero desde entonces hemos aprendido que arriba y abajo son términos meramente relativos, y el misterio de las personas del otro lado de la tierra, que caminaban, según imaginábamos, con los pies hacia arriba, ya no nos resulta enigmático. En el invierno, asimismo, todas las plantas y flores parecen estar muertas; sin embargo, la experiencia nos ha enseñado a pensar de otro modo. A pesar del aspecto de muerte que se advierte por doquier durante el invierno, miramos con confianza hacia la primavera venidera, y esperamos contemplar animación donde antes solo había letargo, y vida donde todo presentaba el aspecto de la muerte. Tan amplia es la diferencia entre los objetos en su apariencia exterior y lo que son en realidad.
Como sucede con las cosas, así ocurre también con las personas. Si juzgamos según la apariencia, llegaremos a considerar a los más prósperos como los individuos más felices. Pero la experiencia universal nos asegura que ser grande es una cosa, y ser verdaderamente feliz es algo del todo distinto. Bajo los ropajes resplandecientes de las más orgullosas noblezas hay corazones traspasados de angustia y oprimidos de dolor. En suntuosos palacios no son pocos los corazones quebrantados que pueden hallarse. Sentarse en tronos puede parecer algo muy fascinante; pero, como observa el poeta, «¡Inquieto reposa la cabeza que lleva una corona!». Esta es una verdad que recibe de cada año que pasa una nueva confirmación. No miremos, pues, a los que ocupan los altos lugares de la tierra con sentimientos de envidia. En lugar de envidiarlos, más bien nos corresponde compadecerlos y orar por ellos.
Lector, aprende a distinguir entre las cosas que difieren; y ten la plena certeza de que las cosas tal como aparecen exteriormente y tal como son en realidad a menudo difieren, ¡y de manera muy sustancial! Tal conocimiento, bajo la bendición divina, tenderá a hacerte más contento con tu suerte presente, a pesar de sus pruebas y privaciones. No es inusual verse expuesto a cosas penosas y difíciles de soportar. No se trata de algo extraño que nos sucede únicamente a nosotros, sino de lo que constantemente acontece a nuestros hermanos. Dejemos a un lado, por tanto, toda murmuración y toda queja, y recordemos siempre que las disposiciones de Dios son las más sabias y las mejores.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Contented Spirit
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.