La vida de Cristo para cada día

El gozo del Salvador

El carácter se revela en lo que nos causa gozo o tristeza. Cristo se gozó en que el Padre se revelara a los pequeños, pues así la gloria es toda de Dios y el conocerle es vida eterna.

El carácter de un hombre se muestra por las causas de su pesar y de su gozo. ¡Llegaríamos a conocernos mejor de lo que nos conocemos si cada uno se preguntara: «¿Cuáles son las cosas que más me complacen y más me afligen?»! Hallaremos que somos por naturaleza egoístas, que nos preocupamos demasiado por los acontecimientos que nos sobrevienen a nosotros mismos y muy poco por los que sobrevienen a nuestros semejantes. Sobre todo, somos por naturaleza indiferentes a la gloria de Dios. Nadie, excepto los convertidos, cuida en lo más mínimo de que Dios sea honrado o despreciado.

El objeto más cercano al corazón del Salvador era la gloria de su Padre. Se gozó en el Espíritu porque su Padre había revelado a los pequeños las cosas acerca de sí mismo, pues por este medio la gloria de Dios aumenta. Si solo los sabios y los instruidos fueran salvos, parecería como si se hubieran salvado por su propia sabiduría e instrucción; pero cuando son principalmente los pequeños los que se salvan, entonces resulta evidente que Dios los salva con su gran poder. Se compara con pequeños a quienes el mundo tiene por necios e ignorantes. La mayoría de los discípulos fueron escogidos de entre tales personas. El mundo llamó a Pedro y a Juan indoctos (Hech. 4:13). El apóstol Pablo no era indocto, pero no confió en su propia sabiduría, sino que vino como un pequeño para aprender de Jesús. Nadie puede explicar el modo en que Dios enseña al alma. Sí conocemos el tema de su enseñanza: Él mismo. Somos por naturaleza ignorantes de Dios. Conocerlo es el gran objeto de la vida. Morir sin conocerlo es perecer. El Salvador, en su oración poco antes de ser crucificado, dijo a su Padre: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».

Nadie viene a Jesús hasta que ha oído y aprendido del Padre. Entonces va como pecador arrepentido al Salvador. ¿Cómo recibe Jesús al pecador? Él ha declarado: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Enseña al pecador a conocer al Padre; le muestra el amor del Padre al enviar a su Hijo para ser el Salvador del mundo; se lo muestra al corazón, no solo al entendimiento. Es con el corazón como conocemos a nuestros amigos; es con el corazón como debemos conocer a Dios. ¡Cuán diferente es el sentimiento que tenemos cuando hemos trabado intimidad con una persona, de aquel que experimentamos cuando solo la hemos oído describir y no la hemos conocido nosotros mismos!

Podemos oír mucho acerca de Dios, pero hasta que escuchemos su voz hablando a nuestros corazones no podemos conocerlo. Es dulce oírlo decir: «Buscad mi rostro», pero más dulce aún oírlo declarar: «Tú eres mío». Entonces el corazón, movido por el Espíritu, responde como David: «Tu rostro buscaré, oh Jehová» y «Tú eres mi Dios».

Jesús ha observado todo deseo que ha entrado alguna vez en el corazón de sus criaturas, y se acuerda de los de sus siervos de antaño. Los antiguos profetas desearon conocerlo; hubo incluso reyes que estimaron el conocimiento de Dios muy por encima de sus tesoros terrenales. Tales fueron los sentimientos del gran Melquisedec y del victorioso David. Pero mientras estuvieron en la tierra nunca conocieron a Dios tanto como los apóstoles mientras vivieron, ni oyeron nunca tanto como nosotros hemos oído. ¿Es nuestro deseo conocerlo mejor de lo que lo conocemos? Él observa los deseos de nuestros corazones, y se complacería de ver en nosotros el mismo sentir que tuvo Moisés cuando dijo: «Te ruego que me muestres tu gloria».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Savior's joy

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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