"¡Consumado es!" (Juan 19:30). Hoy he escuchado en pensamiento, en la santa Mesa de la Comunión, este clamor victorioso. Glorioso es el cumplimiento de las palabras proféticas—"Verá el fruto del trabajo de su alma, y será saciado." Una obra CONSUMADA—y tan consumada y completa, que, en retrospectiva, los labios divino-humanos pudieron decir con complacencia, sí, proclamar con triunfo sin vacilación, "¡Estoy saciado!" ¡Saciado! —Fue la misma dignidad y divinidad del majestuoso Hablante lo que dio significado y énfasis tan singular a la afirmación. Cuanto más alto sea nuestro fin, más refinidas y elevadas nuestras ideas y nuestros logros—menos satisfechos estamos con nuestros propios ideales. Una cosa pequeña satisface a una mente pequeña. Se requiere una gran cosa para satisfacer a una gran mente. El niño se sacia con un juguete o baratija; el salvaje con el adorno—la vistosa cuenta, o el trozo de vidrio pintado—mientras el arte civilizado y educado, en proporción muy directa a su cultura, es exigente—rápido para detectar la imperfección literaria, o la nota defectuosa en la música; o el toque tosco de color en el cuadro—la falla en el mármol que por lo demás parece respirar. Lo que complace al aldeano sin letras parecerá pobre a los ojos del hombre de ciencia.
Y así, cuanto más ascendemos en los rangos del ser. ¿Qué debe requerir para satisfacer la mente de un ángel—qué debe ser para satisfacer la mente de Dios? Aquel cuyo reino es un reino eterno—cuya gloria está puesta sobre los cielos—cuyo poder es sin límites, cuya sabiduría infinita; ¡su vida toda la eternidad! Oh, ¡qué obra debe ser aquella sobre la cual esta Deidad toda sabia y toda perfecta, al contemplarla, pueda decir—'Basta; he alcanzado mi propio Ideal divino. Estoy saciado'? "Padre, yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste para hacer." En aquel momento entre todos los momentos, cuando Sus ojos estaban a punto de cerrarse en el sueño de la muerte—un destello de radiancia brota de Su alma eclipsada. No podría desear más—la batalla del mundo está ganada. Con la sonrisa de inefable amor y satisfacción en Sus labios, clamó, y clamó "a gran voz," como si quisiera despertar el eco de todas las edades, a fin de proclamar la consumación y la plenitud de Su victoria—¡CONSUMADO ES!
"Saciado"—"Consumado"—¡bendita almohada para mí reposar en la retrospectiva de hoy! Él lo ha hecho todo, y sufrido todo, y adquirido todo para mí. Veo magnificado cada atributo de la naturaleza divina. La justicia exultando en la sublime vindicación. La verdad apresurándose al encuentro de la misericordia, y la misericordia encontrando a la justicia. Que el rico se gloríe en sus riquezas—que el fuerte se gloríe en su fuerza—que el sabio se gloríe en su sabiduría—¡pero Dios me libre de gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!
Otro pensamiento surge en mi contemplación de aquel misterio de tinieblas—aquella lucha sobrehumana del alma; aunque terminara en victoria tan triunfante. Mas vana, ciertamente, es la pregunta que se ha formulado: '¿No habría bastado con menos para satisfacer? ¿No habría sido suficiente una angustia menos espantosa en sus acompañamientos? ¿No podría haberse omitido algo de la ignominia y la agonía de aquel amargo camino y de aquella amarga cruz?' La analogía de la naturaleza parecería decir que no hay gasto inútil ni innecesario de medios ni siquiera en la más pequeña de las obras de Dios. Si es así con las operaciones divinas más humildes, con mucha más razón podemos concluir que no habrá medio superfluo ni innecesario exigido en 'la obra de obras,'—la obra de la Redención. Desde el primer dolor del Niño de Belén en el pesebre, hasta que el gran Fiador holló a Satanás bajo Sus pies sangrantes en el Calvario, todo fue necesario. ¡No hubo una hoja innecesaria en aquella corona de dolor que el Varón de dolores llevó!
He estado dando testimonio hoy, por medio de estos memoriales significativos, de los sufrimientos de Cristo; permítaseme vincularlos con la gloria que ha de seguir—anticipando aquel eterno Sabbath de comunión, cuando los sufrimientos y la gloria sean cantados en un solo acorde por los redimidos. Hoy he oído el sonido de los pies del Esposo; he escuchado Su llamanza festiva al Banquete en la tierra; permitidme estar viviendo, y andando, y velando, y trabajando, de tal manera que el gran clamor y llamamiento final al Salón festivo del cielo sea recibido con la gozosa respuesta—"¡He aquí, este es nuestro Dios; le hemos esperado!"
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: PRIVATE MEDITATIONS AFTER COMMUNION
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.