Entre las faltas de las que son culpables los santos, ciertamente esta es una: tener apreciaciones demasiado bajas de su propia grandeza, la que tienen en Cristo. El pobre hombre que cada día tiene muchas aflicciones con las que combatir, y está sujeto quizá a la indigencia cotidiana, pensaría que sería presunción creer que se han dado órdenes en la corte del cielo concernientes a él por nombre, de que el sustento necesario le fuera asegurado, y de que nada menos que los ángeles que asisten al trono fueron comisionados para asegurar su protección. Pero ya que el eterno Hijo de Dios se condescendió a venir para salvar a su pueblo «y dar su vida en rescate por muchos», bien conviene a los más resplandecientes de las multitudes angélicas ministrar a los herederos de salvación.
En verdad, ¡oh santo!, una seria consideración de tu alto estado (pues «fuiste precioso a sus ojos, por eso fuiste honrado») no debiera envanecer tu mente con orgullo, sino llenar tu corazón de santa admiración y asombro, e hinchar tu alma de éxtasis y amor. Los hombres del mundo pueden despreciar tu humilde cabaña; pero si tuvieran un solo vistazo de las guardias angélicas que hacen su ronda allí, concluirían que es el palacio de un rey o la puerta del cielo. El siervo de Eliseo era del mismo parecer que el mundo: pensaba que su amo era un hombre indefenso, aunque santo: «¡Ay, señor mío! ¿Cómo sobreviviremos? Estamos perdidos, pues no tenemos poder para resistir al ejército sirio». Pero, al instante, ve el monte resplandeciendo a su alrededor con guardias celestiales y cubierto con los carros de fuego del Rey de gloria. Ahora bien, ¡oh santo!, el Dios de Eliseo es tu Dios, y las fuerzas permanentes de la eternidad siguen siendo las mismas, siendo verdaderamente la legión inmortal; sí, su cometido también es el mismo, hasta que todos los santos sean llevados sanos a la gloria.
Cuando en un viaje te alojas en una posada, puedes verte obligado a tomar la peor habitación, mientras otros, que llevan gran séquito y numerosos asistentes, tienen los mejores aposentos. Pero ¿qué piensas de esto: que no solo los ángeles sean tus guardias, sino que el Señor Dios mismo sea tu centinela? ¡Cuán seguro estás, pues, viendo que tu Guardián omnipotente ni se adormece ni duerme! Si bajo tu soberano terrenal eres llamado al campo de batalla, puedes plantar tu tienda en campo abierto, mientras el general del ejército fija su espléndido pabellón en el centro; con todo, solo hombres acampan alrededor de él. Pero dondequiera que acampes, «el ángel de Jehová acampa alrededor de ti».
¿Cuál, entonces, debiera ser tu conducta, tú que eres tan favorecido del Señor? Debieras cultivar la santidad en el más alto grado, en gratitud a aquel que procede contigo de manera tan asombrosa; y la humildad, para que jamás te olvides de ti mismo y dejes de maravillarte ante la condescendencia celestial. ¿Es propio de ti, ¡oh santo!, cuando tan honrado y defendido por el Rey, sostener conferencias desleales con sus enemigos implacables: yo, el pecado, Satanás, contra quienes «el Señor ha jurado que tendrá guerra para siempre»? Cuando él, en gracia redentora, te ha levantado hasta el cielo, ¿te rebajarás por el pecado hasta el infierno? Ahora, ¡oh santo!, no eres menos dichoso, y tu condición no es menos grandiosa que esto. Vive, pues, por encima del mundo y de sus vanidades, con una grandeza de alma que evidencie tu linaje divino, hasta que llegue el día en que seas exaltado a aquella gloria de la cual eres ahora expectante, candidato y heredero.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Saints honorable
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.